Esteban…
No era una práctica muy habitual encerrarme a solas y consumir por consumir. Pero en esos momentos, sin una razón clara, no solo lo había decidido así, sino que lo había llevado al extremo
Fue una tarde de primavera dominada por la apatía y el aburrimiento. Judit no estaba en casa. Se había marchado con unas amigas de vacaciones a un lugar desconocido. Aunque creo recordar que su compañera de trabajo me diría años después, tras encontrármela en un semáforo, que estuvieron en las Islas Canarios por no sé qué movida de un primo que compartían.
Ante la soledad provocada por su ausencia, que con lentitud se apoderó de mis entrañas, pillé dos gramos de coca y unos cuantos litros de cerveza. No era una práctica muy habitual encerrarme a solas y consumir por consumir. Pero en esos momentos, sin una razón clara, había tomado esa decisión llevándola al extremo.
De aquella tarde me viene a la memoria un estado de excitación y agobio. También el instante en que el alcohol y la coca se terminaron, momento en que un bajón bastante jodido se hizo dueño de mi estabilidad emocional, trasportándome, con poca dilación, hacia una fase de mal estar que empezó con síntomas físicos – estaba muy mareado – y terminó con una necesidad tremenda – mis neuronas no hacían más que revolver mi conciencia – de volver a consumir.
Así que, sin pensarlo – o no sé si lo pensé -, fui a la cocina y busqué algo más de alcohol. No quedaban más que restos de un cartón de vino blanco.
Lo apuré.
Después volví al salón y me lie un porro. Poco a poco los efectos del THC consiguieron diezmar los malos pensamientos, al mismo tiempo que los malos pensamientos volvieron a apoderarse de mis entrañas. Entonces me lie otro porro y lo fumé con tranquilidad; calada a calada, intentando que el humo se impregnase en mi interior; buscando que su efecto adormeciese mis tentaciones equivocadas.
Tras esto, y sin una explicación lógica – llámese coincidencia o fruto de la enajenación -, cogí el ordenador de Judit, lo conecté, puse la clave – que recordaba malamente – y empecé a rebuscar entre sus archivos.
Pronto la exploración se tornó en rastreo y pronto también el rastreo pasó a ser una obsesión que transitó por todos los rincones digitales del aparato. Y lo más curioso: ¡no sabía por qué estaba haciendo todo eso! Tampoco sabía por qué, de repente, y por primera vez en mucho tiempo, empezaba a tener sospechas de que Judit estuviese con otro tipo. Y es que, en el fondo, intuía que había algo raro en su conducta; sí, algo muy raro: Judit nunca se había despegado de mí en los últimos años: entonces ¿por qué cojones no solo estaba distanciándose, sino que se estaba marchado?
De improvisto, me detuve en un correo electrónico. Era una reserva de una habitación doble de hotel a nombre de su jefe. Ella contestaba diciéndole que tenía “muchas ganas del viaje”.