Esteban…
protegiéndome de la tormenta terrenal gracias a la calma del océano de la pintura. Saboreando el olor a agua salada henchida a base de acuarela. Navegando por una inmensidad tan amplia como el precipicio que separaba mi mal estar y la realidad diaria. Sintiendo la brisa de una creación etérea y cadente de arte, que rellenaba una pared sin pintura y sobrada de pinturas.
– ¿Se te ha pasado un poco lo del hijo de puta de Rodrigo? – Me preguntó Julio intentando sacarme del estado de cataclismo en que me encontraba.
– Pues no, porque ahora su faena se ha mezclado con el recuerdo del jefe de la hija de puta de Judit.
– Joder, intenta olvidarlo, de verdad. No soy el mejor ejemplo para nada. Pero mierda tengo un rato. Y más o menos la he sorteado a base de palos, no lo niego.
– ¿Has pensado en todo lo que hemos dejado atrás? – Le pregunté, de forma desafiante, para cambiar el sentido de la conversación.
– ¿A qué te refieres? – me preguntó extrañado. No tenía claro el significado de unas palabras que guardaban cierta presuntuosidad.
– No sé, de repente me han entrado unas ganas tremendas de ponerme una raya – le dije para su asombro.
Entonces Julio miró para otro lado, cogió aire y, como queriendo ser todo lo pedagógico que podía ser en ese momento tan oportuno, más que nada por el estado de embriaguez que le dominaba física y emocionalmente, me dijo mientras me devolvía la mirada:
– No creo que sea el momento, olvídalo. Además, ¿no recuerdas lo que te ocurrió en el pasado?
– Un día es un día – le contesté proyectando una falsa sonrisa en mi rostro.
Julio se quedó pensativo.
Después miró nuevamente para otro lado y susurró algo para sus adentros, como si estuviese recitando una escritura sagrada. A simple vista parecía que recapacitaba la propuesta. Pero por otro lado también parecía que era algo impensable. Más que nada porque mi amigo nunca me dejaría caer en el pozo que años atrás me destrozó la vida. Pero para mi asombro y quizás para el de cualquiera que le conociese, pronto me di cuenta, sobre todo por la expresión de su rostro, que iba a aceptar el planeamiento tan salido de tono y perjudicial que le había planteado.
– Vas a hacer una locura, ¿pero sabes lo peor? ¡Que a mí también me apetece mucho!
– ¿Entonces, pillamos algo? –le pregunté impaciente, mientras dirigía la mirada a todos los puntos del local, que en ese momento se encontraba a rebosar de gente, de humo y de ruido.
– Sí. Creo que estamos haciendo los auténticos gilipollas, no lo niego y más con quien tengo delante. Es decir, contigo. Pero sí, vamos a ponernos. Vamos a colocarnos un ratito y que el sol salga por donde salga cuando tenga que salir.
– Eso, eso.
– Ahora vengo. Ya me ha comido la intranquilidad.
Julio se levantó de la mesa y se acercó a la barra. Estuvo un rato charlando con el camarero. También lo hizo con la camarera. Seguro que les estaba preguntando por quién era el camello. Hacía años que no pasábamos por allí, por lo que desconocíamos quién era la persona concreta del local – si estaba -, que pasaba mierda.
Mientras mi amigo hacía todas estas gestiones, volví a introducirme en el barco que navegaba en la acuarela. Ahí, encerrado, protegiéndome de la tormenta terrenal gracias a la calma del océano de la pintura. Saboreando el olor a agua salada henchida a base de acuarela. Navegando por una inmensidad tan amplia como el precipicio que separaba mi mal estar de la realidad diaria. Sintiendo la brisa de una creación etérea y cadente de arte, que rellenaba una pared sin pintura y sobrada de pinturas.
Tras un rato de abstracción, y una vez me había bebido lo que quedaba del tercio, Julio regresó e, intentando disimular – algo muy típico cuando hay drogas de por medio -, me preguntó:
– ¿Tienes 50 euros?, un camello que está al final de la barra, junto a la cabina de música. El del pelo largo, vaya.
– Si, le veo.
– Pues ese lo tiene y nos lo vende más barato.
– ¡A saber cómo es!
– Seguro que una mierda. Pero me apetece tanto esa mierda.