Esteban…
Las últimas palabras de ese hijo de puta me acabaron de destrozar por dentro. ¿Cómo cojones podía pintarme como un auténtico cabrón si era todo lo contrario? Había estado viviendo con una persona olvidada por la sociedad. Una auténtica arpía que jugó con la pena para mantenerme a su lado.
«Es un poco retrasado, vamos, no lo es, pero las drogas lo están dejando tonto.”
“Entonces te vas con unas amigas. Sí, me voy con unas amigas. Y el idiota se lo cree. No te pases tampoco. Tranquila.”
“Hoy me ha dicho que hago muy bien en irme. Que me va a venir muy bien. ¡Si supiese la verdad de todo!, jajaja. Si supiese la verdad de todo pues no sé cómo reaccionaría. Seguramente se fumaría un porro y luego se podría triste cuando el bajón de la coca le derrotase».
«Pero, ¿¿¿con qué clase de perdido estás????”
Las últimas palabras de ese hijo de puta me acabaron de destrozar por dentro. ¿Cómo cojones podía pintarme como un auténtico cabrón si era todo lo contrario? Había estado viviendo con una persona olvidada por la sociedad. Una auténtica arpía que jugó con la pena para mantenerme a su lado. Me había generado multitud de problemas con mis amigos. Me había hecho sentir como una mierda para que cada vez estuviese más aislado y más cerca de ella… y esas palabras. ¡Esas malditas palabras de ese grandísimo hijo de puta estaban alimentadas por la boca de la que decía ser mi compañera hasta el final de los tiempos! Pensé mientras clavaba la mirada en el ordenador.
“Sabes lo que es aguantar a una persona así”.
“Tranquila que ahora me tienes a mí”
Dejé el ordenador y volví al sillón. Me hice una raya. Después otra y así sucesivamente hasta terminar con el tercer gramo. Apuré el poco alcohol que quedaba en una botella que encontré en la despensa y cerré los ojos posando la cabeza sobre el respaldo. En ese momento mi cerebro se llenó de recuerdos pasados. Recuerdos en los que estaba ella. Recuerdos dulces y acalorados conformados a base de sonrisas, adjetivos esplendorosos y acciones emotivas. Y ahí, sin más, sentí un agobio extraño que gobernó cada parte de mi cuerpo. Una especie de agarrotamiento que poco a poco fue durmiéndome los brazos, el cuello y las piernas.
Intenté levantarme, pero no fui capaz. Justo en el intento devolví a la misma vez que la nariz me volvió a sangrar. No podía más. Así que me dejé llevar hasta caer desmayado golpeándome la cabeza con fuerza contra la mesa.
A las dos horas desperté por el ruido del televisor, que escuchaba de fondo. Tenía un fuerte dolor de cabeza y un charco de sangre seca rodeaba mi rostro. No podía casi moverme. Es verdad que había recuperado algo de movilidad, pero todavía los movimientos que llevaba a cabo era demasiado torpes. Con mucho esfuerzo conseguí desplazar una mano. Me agarré al sillón y empecé a arrastrarme hasta llegar al teléfono. Lo descolgué y cuando escuché la señal marqué el número de urgencias. Al principio no me respondía nadie, pero pronto una voz femenina me tranquilizó. Como pude expliqué lo que me había sucedido y di la dirección.
– Seguro que tendréis que forzar la puerta – dije antes de colgar.
Intenté mantenerme consciente cerca del teléfono, pero unos cinco minutos después, o eso me pareció, pues tenía bastante dañadas las nociones del espacio y del tiempo, volví a caer desmayado. Aunque a decir verdad eso es lo que creí en aquel momento porque a día de hoy puedo recordar cómo no dejaba de pensar en ella, en todo lo que había pasado, en lo que había escrito, en ese hombre, en lo que había soportado solo por pena. Y es que no dejaba de pensar en ella, en ella, en ella. Y ella era el centro cardinal de mis neuronas, mi cerebro y la realidad paradójica que estaba sobrellevando en esos momentos de tanta pavura.