capítulo 17. fuck off, amor

Esteban…

¿Tiene sentido vivir cuando nada te sale bien? Cuando siempre te enamoras de las personas equivocadas. Cuando compartes sin amor y encima te estafan. Cuando nadie te considera y los que te consideran no conocen verdaderamente la mierda que eres.

– ¿Tiene sentido vivir cuando nada te sale bien? Cuando siempre te enamoras de las personas equivocadas. Cuando compartes sin amor y encima te estafan. Cuando nadie te considera y los que te consideran no conocen verdaderamente la mierda que eres. Tiene sentido ser correcto, cuidarte, tener ilusiones y sueños cuando tras cada esquina, tras cada paso no hay más que podredumbre y desolación. Cuando eres una piltrafa a la que la gente absorbe, cuando sabes que todos los sueños que conformaste de pequeño, a base de imaginación y tranquilidad, se van por la taza del váter de la misma forma que se puede ir una mierda.

– Ponte y deja de filosofar -. Me interrumpió Julio señalando una raya de cocaína que había perfilada sobre la tapa del váter, la misma que tenía importantes quemones en la cubierta.

– ¡Voy!

Nos encontrábamos en el baño del bar. El recinto era pequeño, muy pequeño. Olía mal. La luz, amarilla e intermitente, era tan escasa que dificultaba la visión. Las paredes estaban repletas de pintadas, en las que se podían leer proclamas absurdas escritas por fracasados como nosotros. Seguro que algún escritor, me dije, en una posición física muy similar a la que ostentábamos, las recogerá algún día. Seguro que compondrá un recital de improperios para publicar en una editorial cochambrosa. Como también seguro que lo presentará a concursos de segunda, donde pensadores fracasados hablarán en tono pedante de las virtudes lingüísticas y metafísicas insertadas entre los entresijos de esos textos carcomidos.

– Esteban, te quieres poner de una puta vez – me cortó de repente mi amigo.       

– ¿Sabes lo que estoy haciendo? – le pregunté apoyando mi cuerpo excedido de peso sobre la puerta.  

– Una locura de la que no me quiero sentir culpable. Así que ponte de una puta vez y no lo pienses más, joder.

– Después de aquel día, – le dije reflexivo, rascándome los cuatro pelos que tenía por barba –  el último que me puse de coca – continúe diciéndole mientras me colocaba el cinturón blanco que ataba mis pantalones y que quedaba escondido entre la sudadera que vestía – y el mismo que me dio el pelotazo, me convertí en un ser inservible. En una piedra que pasó las noches y los días esperando una cura que no llegaba. En un enterrador que sepultaba todos sus problemas en el hoyo que crecía debajo de su cama.  Y ahora, y ahora vuelvo a caer en lo mismo que me llevó de cabeza al pozo.

– Ponte, por favor. No hagas sentirme mal, Esteban. ¡Y ten cuidado con la melena al colocarte, no vayas a esparcir la coca! ¡Qué, por cierto, está bastante cortada!

Agaché la cabeza, puse el billete de diez euros enroscado sobre la raya y esnifé toda la mierda que contenía. Y ahí, en ese mismo instante, volví a sentir el fracaso atravesar mis fosas nasales, introduciéndose en mis adentros y mandándome de un bofetón al principio de ese final. Al lugar donde habita el olvido, a la posada del fracaso, a la mierda que años atrás me había condenado a ser una auténtica puta mierda. Al reducto en que habité para dejar de vivir por un tiempo el mundo donde las personas transitan.

– ¡Ya está!, otra vez.

Dije en voz alta mirando fijamente a los ojos Julio, para que, con el tiempo, recordase que, de la mano, habíamos tropezado con misma piedra.

Éste pronto me retiró la mirada y, justo cuando iba a abrir la puerta del servicio, en el mismo instante en que de fondo se escuchaba ‘Locura transitoria’ de Extremoduro, me preguntó con la voz apagada y relamiéndose con intensidad los labios:

 – ¿Pedimos otras cervezas?

– Sí, será lo más coherente. Empiezo a sentir el sabor de la mierda bajar por mi garganta.