Esteban…
Recuerdo que estuve cuatro días en coma inducido y siete en la UCI. También recuerdo que fue un mes encamado y después… después recuerdo que me fui a casa.
Cuando desperté todo había cambiado mucho. Ella, por lo pronto, no estaba. Se había esfumado de la faz de la tierra como pájaro en mano sin jaula aparente. Recuerdo el rostro de preocupación de mi padre. La pena de mi madre aderezada con Prozac.
También recuerdo a Rodrigo y su mirada clavada en un luminoso del techo. El olor espantoso a habitación de hospital mezclado con desinfectante barato de baño. Recuerdo vagamente conversaciones absurdas de gentes absurdas y ganas de vivir que me infundían para camuflar, esconder o lo que fuese, el dolor que, poco a poco, se iba a estimulando.
Recuerdo que estuve cuatro días en coma inducido y siete en la UCI. También recuerdo que fue un mes encamado y después… después recuerdo que me fui a casa.
Días antes de que me diesen el alta, me visitó doctor Matías, un importante psiquiatra amigo del capullo de mi padre. Al principio de su audiencia pensé que todo había terminado. Que lo que iba a contarme era todo lo acontecido hasta ese momento. Pero, por desgracia para mí, la cosa no fue así. Y es que, con aquellas palabras de aquel hombre de bata blanca, comenzó un nuevo clavario que se alargó durante casi dos años.
A decir verdad – no lo tengo que negar -, éste, el doctor, muy recatado, por cierto, aunque mostrándose en todo momento claro, comenzó narrándome desde el principio lo que me había pasado y su desenlace a corto plazo:
– Ahora mismo tienes un tratamiento bastante fuerte. Lo peor no ha pasado. Siento ser tan duro, pero pronto tendrás que ingresar en un centro de desintoxicación. No descarto, para nada, problemas físicos que aparezcan en los próximos días e incluso meses, y claro está, psíquicos – me expuso con su voz bronca, que contrastada bastante con lo amanerado de su comportamiento.
– ¿Psíquicos? ¿Como cuáles? – le pregunté inquieto, intentando quitar hierro a un asunto que no me creía del todo.
– Pues problemas de concentración, posiblemente depresión, caída de la autoestima… Lo que viene siendo un proceso de desintoxicación sujeto a una más que probable fuerte depresión. ¡Pero no te deprimas, amigo! Que todavía no hemos empezado a deprimirnos – bromeó.
– Lo intentaré. No lo niego – añadí.
Y así fue: dos años convertido en dependiente. Con el alma en una maleta que viajaba del centro de desintoxicación a mi casa. Disertando de la vida. Leyendo literatura barata. Dos años con la cara hinchada y apartado de la sociedad. Viendo pasar los días con la cola blanda a todas horas. Esperando tiempos mejores que nunca llegaban y buscando sin parar el sentido de mi existencia. Siendo feliz tan solo cuando dormía, olvidando y volviendo a reconstruir todo lo que se había desquebrajado. Masacrándome y arrepintiéndome de la mierda de vida en la que me había metido y jurándome una vez tras otra no volver a caer en los mismos errores.