Esteban…
Volver a ser, en resumidas cuentas, persona o ciudadano con pleno derecho a la socialización, fue lo mejor que le puede pasar a cualquiera cuando en mucho tiempo no le pasa gran cosa.
Volver a salir a la vida normal, tras años postergado en un sillón de mimbre mezclando crema de chocolate con nicotina de contrabando, fue algo más que duro. Volver a dejar de oler a pis, a pesar menos de 100 kilogramos, a sentirme gustado por alguien que no fuese mi madre o a ponerme la cola dura mientras me la meneaba fue algo más que duro, emocionante. Volver a ser, en resumidas cuentas, persona o ciudadano con pleno derecho a la socialización fue lo mejor que le puede pasar a cualquiera cuando en mucho tiempo no le pasa gran cosa.
Ahora bien, todo esto que os cuento lo hice a base de esfuerzo y de mucha dedicación. Aprendí a vivir con las secuelas que deja la resaca postergada y, poco a poco, me convertí en un tipo homologado al día a día. Terminé mis estudios de sociología, empecé a trabajar en un curro de mierda redactando informes que nadie leía pero que había que preparar a toda ostia, olvidé a Judit, al alcohol, a las drogas y caminé pasivo arropado por la santa inquisición que vienen a ser hoy las boticarias. Viví una falsa felicidad creando una barrera construida con los mismos ladrillos que sustentan los grandes nombres de la sagrada psicología. Una barrera subjetiva que rebotaba todas y cada una de las preocupaciones que, con frecuencia, rondaban como intrusas por mi cabeza atormentada.
Y así pasaron los días, los meses, más días, los años, más meses. Y así empezó una nueva forma de subsistir, banal, no lo niego, pero tranquila. Una forma que me permitía caminar sin mirar al frente, tras ser éste secuestrado por el dogma de la psicoterapia.
Hasta que, poco a poco, nuevamente, y como era propio de una conducta obsesiva compulsiva tendente al vicio, volvieron a aparecer los errores. No sé si porque la erosión de los problemas desgastó las barreras levantadas o porque la vida en sí carecía de sentido, pero todo, y digo todo, regresó a su origen. Es decir, al punto de partida que, para mi puta desdicha, había partido en dos mi vida