capítulo 21. fuck off, amor

Esteban…

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Cuando me senté delante de aquello no había motivo para seguir vivo – soñé – Todos los pilares que durante años había construido se derrumbaban en una fracción de tiempo tan ínfima que venía a durar lo que se tarda en sacar una bolsita, volcar sobre un cristal parte de su contenido, aplastarlo con una tarjeta, realizar una línea perfeccionada y de inmejorable rectitud, enroscar un billete y esnifar el fracaso que modifica el malestar subjetivo para que el material, ese que te envuelve día a día, quede desfigurado cuando no apartado por momentos.

– Me voy a dormir, mañana tengo que ir a la mierda del trabajo. Me toca turno de tarde, joder.

Dijo Julio mientras se levantaba del sillón e intentaba apagar el televisor, que en ese momento daba las primeras noticias de una mañana cualquiera.   

– Yo me quedo un poco más – le respondí a la vez que sujetaba un cigarro e intentaba colocarme la mandíbula – necesito pensar – añadí aguerridamente con la misma intensidad que observé todo mi entorno.   

– Hasta mañana entonces.

Julián caminó a lo largo del salón, revisando, con una mirada furtiva, que no nos hubiésemos dejado algo comprometido sobre la mesa o cualquier espacio decorativo del lugar.

Antes de salir, y mientras observaba como el viento movía las cortinas que cubrían las cristaleras, a la altura de la puerta principal del salón, con la poca ironía que todavía me quedaba, le pregunté con una sonrisa de ficción:

– ¿Vas a dormir algo?

–  No lo sé, la verdad. Lo voy a intentar, que no es poco.  Mañana, como te decía, me espera otro puto día jodido de curro.

Después de estas palabras y una vez cerró la puerta por fuera, me quedé solo en el salón, esnifando una raya tras otra. Pensado en la mierda de vida que llevaba. Torturándome con el tema de Rodrigo. Sacando de las profundidades toda la basura del pasado. Viendo pasar con más intensidad los rayos del sol que poco a poco dejaba de palidecer. Revolviendo lo olvidado. Poniéndolo sobre la mesa para que me doliese aún más. Sintiendo cierta asfixia por el tabaco. Pero también porque ella no estuviese. Porque él me la liase, porque todos me considerasen lo que no era, porque el mundo se truncase como puede hacerlo cualquier cosa insignificante que nos rodea…

Cuando me senté delante de aquello no había motivo para seguir vivo – soñé – Todos los pilares que durante años había construido se derrumbaban en una fracción de tiempo tan ínfima que venía a durar lo que se tarda en sacar una bolsita, volcar sobre un cristal parte de su contenido, aplastarlo con una tarjeta, realizar una línea perfeccionada y de inmejorable rectitud, enroscar un billete y esnifar el fracaso que modifica el malestar subjetivo para que el material, ese que te envuelve día a día, quede desfigurado cuando no apartado por momentos.

Cantar la gallina a tiempo era la mejor expresión que había escuchado en las últimas semanas –seguí soñando -. Pero esa no era la cuestión exacta. No. No se podía reducir a algo tan simple. Mi problema se llamaba exceso de bondad. Esperar de la gente la confianza que les intento conferir a cada paso que doy. Ser consciente de que, en este mundo, castigado por la apariencia y el yo soy, el currículum o simplemente la homologación al día a día están por encima de lo que verdaderamente eres y te niegas a enseñar.

Me había quedado medio dormido. Eran alrededor de las diez de la mañana. Pronto deduje que la coca no era muy buena, pues, después de tanto tiempo y de tanta cantidad, era imposible que pudiese conciliar el sueño. La televisión estaba encendida continuando con las noticias de la mañana.

Me levanté del sillón y fui a la cocina. Por la ventana entraba un sol bastante agradable, así que me encendí un cigarro y me quedé fijo mirando el alquitrán de la calzada, que en ese momento atravesaba la calle.

A la media hora y tras cuatro cigarros, volví al salón. Miré el móvil. Tenía un par de mensajes de mi madre pidiendo que me despertase pronto. Debajo de esos mensajes había uno de Rodrigo.

No me apetecía abrirlo.

Solo pude leer:

“Atiende atentamente.”

Tiré el móvil contra el sillón. Posiblemente se había enterado de que yo lo sabía. No quería leerlo, así que, para evitarlo, caminé de un lado a otro del salón. Me hice otra raya y esperé. Pero, de repente, el bajón se apoderó de mis entrañas, agarrotándome cada músculo y transmutándome a un estado de desolación, podredumbre y mucha pena.

Sonó el móvil. Me acerqué a él y, con la poca entereza que todavía tenía, lo volví a abrir.

Se acababa de crear un grupo WhatsApp.

Se llamaba: Cena del doce.

No leí la escasa conversación, pero supuse que era para volvernos a juntar todos después de tanto tiempo.

Bajé al mensaje de Rodrigo, lo abrí. Antes miré hacia la televisión, donde aparecían imágenes que mostraban como un grupo de niños habían sido calcinado en no sé qué guerra. Pronto me dije que “eso sí que eran problemas”. Pero también pronto me di cuenta de que los problemas son problemas según el contexto.

Centré nuevamente la mirada en el móvil y leí con detenimiento: 

“Lee atentamente: Clara, la chica con la que estaba, se ha suicidado”

Lo que acababan de ver mis ojos y procesar mi cerebro, no podía ser verdad…