Rodrigo…
Y, sobre todo, ver el cuerpo de Clara. Ahí, metido en una caja de madera perfectamente acolchada y decorada. Con la cara hinchada y pintada con un blanco marfil, que desdibujaba aún más su rostro inerte.
No sé qué es la pena. ¿Es quizás una mierda con sabor a todo lo que me rodeaba día a día? ¿O quizás aquello que saboreaba en esos degradables momentos cuando llega? Pero, ¿a qué cojones sabe la puta pena? Tampoco sabría decirlo. ¿Es algo así como una mezcla de felicidad que se combinaba en perfectas dosis con derrota, podredumbre y sinsentido? ¿O quizás es una masa inconexa que te recuerda que estás vivo al tiempo que te mantiene enterrado con los ojos abiertos?
No sé qué es la pena. Lo reconozco. Pero aquella escena debería ser una representación de más o menos cómo se manifiesta.
Ver a su madre sentada en una silla con los ojos cubiertos de lágrimas mientras sostiene una foto de la familia. A su hermano pasear de un lado a otro sin un rumbo claro y embutido en un pensamiento reconvertido en rabia. A sus tíos abrazándose a conocidos que se acercaban a dar el pésame a la familia. A su abuela adormecida por los efectos de la santa química mientras el pesar de los años, el déficit de salud y el silencio violado por el llanto se apoderaban de su ser más longevo. Y, sobre todo, ver el cuerpo de Clara. Ahí, metido en una caja de madera perfectamente acolchada y decorada. Con la cara hinchada y pintada con un blanco marfil, que desdibujaba aún más su rostro inerte. Arropado por una suave tela de seda condenada a pudrirse junto a sus vísceras y todas las flores que atestaban la sala que emergía tras una pantalla de cristal.
¿Qué es la puta pena?, me volví a preguntar.