Rubén…
La pareja había comprado panceta, chorizo, secreto, morcilla y unas hamburguesas recomendadas por el carnicero.
Rubén había salido al exterior de la casa a coger unas pinzas de metal con las que pretendía retirar los leños más grandes para dejar las ascuas listas cuando se dispusiese a empezar a calentar la carne. La pareja había comprado panceta, chorizo, secreto, morcilla y unas hamburguesas recomendadas por el carnicero. Todo estaba guardado en la vieja nevera que en otro momento hizo su apaño a la abuela de Rubén, la cual falleció meses antes a la edad de 94 años.
Camión hacia donde se encontraban las pinzas, retiró unas azadas y una pala que había en medio y las agarró. Estaban sucias y algo pringosas, por lo que se puso un guante de cuero que había colocado entre todo el material. ¡Qué desastre!, se dijo.
Caminó después a la casa. Dentro, Diana, tenía los ojos clavados en la lumbre. Parecía que estuviese viendo una película. La observaba con detenimiento, como si en ese fuego se estuviese recreando una historia. Las llamas, se mostraban como la trama de una recreación que tendría como desenlace las ascuas que calentarían la comida.
Rubén pidió a Diana que se apartase y dejó las tijeras en una posición cercana a la lumbre, en un sitio apilado junto a una pala y diferentes apeos de la chimenea. Después dijo a Diana que fuese a preparar las patatas. Aunque era pronto para meterlas en el fuego, pensaba que era mejor ir avanzando que descuidar el tiempo con banalidades. Diana se molestó en un principio. Parecía que no tenía muchas ganas de abandonar lo que estaba haciendo. Pero pronto declinó su postura y se fue a la lacena, donde estaban guardadas.
Justo cuando volvía, con una sonrisa forzada en su rostro y una bolsa enganchada a su mano derecha, volvió a sonar el teléfono móvil. Esta vez era una llamada.
Rubén lo miró con atención.
Después, respondió:
– Hola, mamá.
– Hola, hijo – contestó su madre.
– Parece que me lees el pensamiento.
– ¿Por qué?
– Porque tenía que llamarte para contarte una gran noticia y, justo, lo has hecho tú.
– ¿Cuál noticia? Si se puede saber, claro.
– He terminado la carrera, me acaban de enviar la última nota. ¡Oficialmente soy médico! – dijo alzando la voz.
– ¡Qué ilusión, hijo! – exclamó la madre – ¡Cuánto trabajo y cuántos años! Recuerdo cuando terminaste el bachillerato. Las notas tan buenas que sacaste. Las dudas que tenías si estudiar farmacia o modifican. Y al final optaste por la segunda haciendo caso a tu padre.
– Siempre se le debe hacer caso un profesor.
– Eso te dice siempre él.
– Sí.
– Has sacado su inteligencia. Él hizo exactas, tú medicina. Él acabó en un instituto siendo un gran profesor. Tú acabarás en un hospital siendo un gran médico.
– ¿Has hablado con él últimamente? – preguntó Rubén cambiando el tono de la conversación. En ese momento Diana alzó la mirada sorprendida. Sabía que aquella pregunta traería cola.
– Pues no. Desde que decidió marcharse solo hablo con él para papeleos y marrones cotidianos. La última vez hace un mes. Tenemos que cambiar el registro de la casa, si la quiere vender como dice. La verdad es que menudo trastorno. Ahora estar buscando otro sitio donde vivir. Si no fuese por el trabajo de la inmobiliaria, que no me pagan mal, platearía volverme a Madrid. Allí nací y allí quiero morir. En Toledo solo he estado por vosotros y por tu padre.
– Yo hablé esta mañana con papá. Me dijo que está viviendo la mayor parte del tiempo en el pueblo. Va todos los días a Toledo a trabajar. Lo de la casa que se alquiló creo que es agua pasada. Duerme donde la abuela. Me dijo que, a lo mejor, la arregla. Que como está les recuerda a sus padres. Y ya sabes que la abuela se murió hace dos días.
– ¡Qué valiente es cuando quiere! Yo no podría dormir en la misma cama que murió mi madre.
– Ah, también me dijo que lleva al hermano a la universidad por las mañanas.
– Está apañado tú hermano. Llevo unos días sin saber de él. ¿Está durmiendo con papá en el pueblo? Por aquí no pisa nada más que cuando quiere dinero.
– Ya sabes cómo está con su chica.
– Podría dedicar el tiempo a estudiar y dejarse de tanta chica. ¡Qué poco se parece en eso a ti!
– ¡Mamá! No seas.
– Bueno, hijo, enhorabuena por la gran noticia. Y a ver si te veo pronto.
– Estoy en el pueblo. En la casa de campo. Voy a hacer una cena con algunos amigos.
– Eso está bien. Que tengas amigos y que os juntéis.
– Si, eso espero. Que nos juntemos. Hace tiempo que no nos vemos ni nos entendemos.
– Te dejo entonces. Ven a verme cuanto antes y da un beso a Diana. Dile que me encantó el mensaje que me envió el otro día.
– ¿Qué mensaje? – preguntó Rubén sorprendido.
– Nada, cosas nuestras – respondió la madre sonriendo.
– Seguro que me pusisteis verde.
– No te tengas tanta importancia. Un beso.
– Un beso.
La madre colgó el teléfono. Diana estaba riendo mientras envolvía las patatas en papel de plata.
– ¿Qué cojones le dijiste? – preguntó Rubén con cierta ironía y una sonrisa en la cara.
– Nada especial y menos que te interese.