Rodrigo…
El paro es muy duro, sí. Y más en aquellos años en que casi toda la juventud veía pasar los días de la misma forma que las noches. Pero caer en un trabajo equivocado, haciendo las cosas que más odiadas, te da para plantearte muchas cosas.
Hacía tiempo que la vida me iba bastante mal. No es que me hubiese ido nunca del todo bien, pero en los últimos cuatro o cinco años, sobre todo tras encontrar aquel trabajo como reponedor de un supermercado, mi autoestima y ganas de vivir se fueron disipando poco a poco hasta casi desaparecer.
El paro es muy duro, sí. Y más en aquellos años en que casi toda la juventud veía pasar los días de la misma forma que las noches. Pero caer en un trabajo equivocado, haciendo las cosas que más detestas, te da para plantearte muchas cosas.
En algunos momentos piensas si verdaderamente no sirves para nada. En otros te percatas de que los que te rodean tampoco. Entonces, abatido, te preguntas: ¿Qué parte de la historia no entendido? ¿En qué me he equivocado? Sí, ¿en qué parte me he equivocado?
Porque, saben, es muy duro levantarse por la mañana, ducharse, coger el metro y entrar a tu puesto de trabajo con ganas de matar a alguien. Pero es aún más duro aún salir llorando, mientras saboreas la derrota a cada paso y en cada puto día del maldito año en que vives.
Y así, por cierto, inmerso en esta coyuntura vital tan peculiar, como un tren descarrilado, vagando de un lado a otro de la ciudad en mis horas libres, perdiendo la dignidad en cada jornada de trabajo, conocí a Clara.
Aunque, a decir verdad, el hecho de conocer a Clara y los putos problemas laborales que acabo de narrar no son el principio de esta historia, ni mucho menos. Y es que si por algún casual quieren saber de verdad quién soy, hay que irse mucho más atrás. Más o menos a cuando estaba en los huevos de mi padre o era el espermatozoide que paja a paja esperaba el momento para engendrar lo que sería mucho después.