Rodrigo…
Años después, solía contar mi padre, en esas conversaciones con amigotes, que, al principio y tras aquellas palabras, se rieron. Pero, poco después, tras cortar la broma y conocer a Fausto, una leyenda en esto de los robos, las cosas cambiaron.
Mi padre, José Luís, Josele, era una barriobajero de Carabanchel que creció a base de la mísera pensión de viudedad de su madre y la suciedad de las escaleras de todo el vecindario.
Dejó pronto los estudios. Los libros y él nunca fueron de la mano. Prueba de ello es la leyenda que forjó sobre su persona a base de descontar horas al servicio público obligatorio de educación.
Una leyenda que poco a poco fue creciendo hasta quedar ratificada por sus méritos más o menos a la edad de dieciséis años. Pequeños robos, tráfico de drogas, atracos, alunizajes, persecuciones policiales y cárcel, mucha cárcel. Treinta y cuatro veces a la edad de veintidós años. Treinta y cuatro detenciones que hicieron de su vida una película de acción y que llevó a mi abuela a desentenderse de su hijo, su único hijo, mi padre.
Pero esto, lo de que mi abuela decidiese olvidarse de su único hijo, no fue hasta la detención número treinta y cinco, momento crucial en que toda su carrera delictiva se glorificó o vino abajo, según la óptica desde la que se mire.
Era verano. Una tarde más mi padre se reunió con Capi y Batiz a fumar yerba y a pensar cómo sobrevivir sin dar un palo al agua. Por cierto, Capi y Batiz eran sus colegas, los compañeros de trapicheos, las dos personas con las que había forjado parte de su carrera como delincuente. Mi padre acababa de salir de su treinta y cuatro detención, la misma que le había retenido durante treinta y ocho horas. Mientras contaban unas batallitas, como ellos llamaban a sus historias callejeras, Capi, el más celebrar de los tres, dijo que tenía pensado un robo de verdad, algo muy grande, un palo que les sacaría de la pobreza.
Sorprendidos con tal proposición, ambos, y con el fin de saber en qué consistía, intentaron indagar más en sus palabras. Entonces, éste, soltó por su boquita desdentada:
– Robar el Banco Central de Fuenlabrada.
Sí, el banco central de Fuenlabrada. Una sucursal para entonces alejada de la policía que atesoraba gran parte de la pasta de los obreros que jornada a jornada malvivía al sur de Madrid.
Años después, solía contar mi padre, en esas conversaciones con amigotes, que, al principio y tras aquellas palabras, se rieron. Pero, poco después, tras cortar la broma y conocer a Fausto, una leyenda en esto de los robos, las cosas cambiaron. Y es que el tal Fausto, además de ser un auténtico hijo de puta, planteó un plan claro y asequible, ajustado a sus intendentes posibilidades: aprovechar las doce de la mañana de un jueves, momento posterior a la hora de reponer la caja fuerte, reventar la puerta, apuntar con una recortada a los empleados y decir muy, muy alto:
– ¡Esto es un atraco, cojones, dadme todo lo que tengáis!
El coche para el atraco sería un Renault 21. Capi se quedaría vigilando. Los tres, ataviados de una peluca y un bigote postizo, entrarían a la hora dada y robarían, según el plan, un millón de pesetas.
Y así fue como sucedió todo. Bueno, en parte. Mi padre entró el primero y clavó una recortada a un calvo que había en la recepción y le gritó muy, muy alto:
– ¡Si no me das la pasta, te reviento la puta cabeza, puto calvo de mierda!
El hombre, acojonado, sacó todo el dinero al tiempo que pulsó un interruptor secreto y la policía, la puta policía, se presentó al poco, esbozando el siguiente retrato de los hechos: un guardia de seguridad muerto, tres clientes heridos, varios cristales rotos, un policía en coma, una persecución de película por las calles de Fuenlabrada y un coche accidente en la estación central de la ciudad madrileña.
Pero todo no quedó ahí, claro, cómo iba a quedar ahí. Mi padre salió como pudo del vehículo destrozado y corrió por las calles de la ciudad hasta llegar a un bar de unos chinos, a los que conocía por una historia de unos pasaportes falsos. Con tan mala suerte que el reguero de sangre de su rodilla derecha llevó a los maderos a este rinconcito de orientales en el que los rollitos se vendían al ritmo que se traficaba con putas.
Y lo demás, pues… justicia, o eso gritaban los maderos cuando aplicaban la ley.
En la detención murió un chino, caso que nunca reclamó y ni juzgó nadie. Reventaron el local, caso que nunca reclamó ni juzgó nadie. Y molieron a palos al propietario, a mi padre y a la mujer del propietario. Y recuerdo a la china porque, a pesar de poder pasar desapercibida en la historia, mi padre solía contar a sus amigos cómo un madero le empujó contra una mesa y le hizo comerle la polla. Caso, por cierto, que tampoco reclamó y juzgó nadie.
Por desgracia, o por suerte para mí, y ya entenderán por qué, no ocurrió lo mismo con el guardia de seguridad muerto, el madero en coma y el atraco en su conjunto.
No, no ocurrió lo mismo.
Como era de esperar, según dictó la santa ley de nuestro querido Estado, llegó la cárcel, La maldita cárcel para mi padre, culpando a la persona que en breve me engendraría a más de veinte años de condena.