Rodrigo…
No se despertaba. Solía levantarse tarde; bueno, tú ya sabes. Entonces mi madre fue a su habitación, la intentó despertar, y… y se dio cuenta de que…
– ¿Cómo te encuentras?
Pregunté a Javi cuando abandonó la vidriera y se sentó en una silla de terciopelo, tapándose el rostro con la mano derecha.
– ¿Cómo me voy a encontrar? Se acaba de morir mi hermana – respondió elevando el tono y un tanto agresivo.
– No me refería a eso. Solo quería saber si necesitas hablar – concreté para intentar corregir la pregunta inicial que, por la respuesta, entendí que no era muy apropiada.
– Pues sí, necesito hablar, y mucho. Necesito hablar mucho.
En ese momento se hizo un silencio y, siendo lo más directo que pude, le pregunté:
– ¿Cuándo la han encontrado? ¿Cómo ha sido todo?
Entonces endureció el rostro, se limpió una lágrima que le brotaba del ojo derecho y, con voz pausada, dijo:
– Esta mañana. No se despertaba. Solía levantarse tarde; bueno, tú ya sabes. Mi madre fue a su habitación, la intentó despertar, y… y se dio cuenta de que…. – se quedó bloqueado. Después continuó como pudo, echándose la mano derecha a los ojos: – sobre la mesilla, había una caja de… de pastillas para dormir.
– Tranquilo, no continúes si no puedes.
Javi levantó la cabeza, frunció el ceño y, automáticamente, la volvió a bajar, para seguidamente continuar llorando.
Decidí no acercarme. Entendí que necesitaba su espacio. Así que me aparté de donde estaba, caminé por un pasillo durante unos metros y saqué un bote de Coca-Cola de una máquina de refrescos que había junto a unas escaleras. La bebí lentamente quitándome el mal sabor de boca. El líquido no me entraba mucho, pero necesitaba un poco de cafeína para soliviantar el sueño. Sin mucho sentido, empecé a contar las baldosas que componían el pavimento hasta donde perdía la vista. De sopetón, dicho cálculo matemático absurdo se mezcló con la imagen de Clara y una voz de mis adentros empezó a narrarme muchas cosas de nuestro pasado.
Para cuando regresé, con lágrimas en los ojos y ganas de devolver, Javi estaba hablando con algún familiar, por lo que decidí quedarme reparado. En ese momento me di cuenta de su aspecto, del aura de pena que le envolvía y degradaba no solo su ánimo, sino también su presencia física. Tenía las cuencas de los ojos moradas, el rostro inyectado en sangre, el pelo alborotado y grasiento. Le temblaban fuertemente las manos…
El presunto familiar, seguro con el alma congelado por el momento, se apartó del hermano de Clara, limpiándose las lágrimas que brotaban de sus ojos.
Justo cuando pasó a mi lado, caminé de nuevo hacia Javi.
– ¿Qué tal sigues?
Le pregunté para no encontrar respuesta. Por lo que entendí que debía alejarme todavía más tiempo. Pero justo cuando volví a perderme en la profundidad del pasillo, Javi me llamó y, automáticamente, accedí a dar la vuelta.
Para cuando llegué a su posición, éste, con cierta ironía, me preguntó:
– ¿No notaste algo la noche de antes?
Entonces me quedé reparado.
Cuando tenía más o menos perfilada la respuesta, Javi me interrumpió y volvió a preguntarme:
– Te preguntaba, ¿si notaste algo la noche de antes?
De nuevo se hizo el silencio. Sinceramente no sabía qué responderle.