Rodrigo…
mientras mi padre se encontraba en esa metamorfosis conductual, apareció en su vida la persona con la que tiempo después intercambiaría fluidos para traer al mundo lo que soy yo
La cárcel no fue fácil para mi padre. Más que nada por ser un joven de veintidós años al que todavía le quedaba mucho por aprender de ese mundo por el que había pasado tantas veces. Las compañías, los amigos y, sobre todo, el estatus adquirido en las calles de Madrid, desaparecieron en esa jaula de hormigón como lo hicieron las malas formas. Una circunstancia, ésta última, a decir verdad, complicada, que de un lado deprimió al futuro cabeza de familia, pero que, de otro, tuvo su parte positiva para mi historia vital.
Y es que, mientras mi padre se encontraba en esa metamorfosis conductual, apareció en su vida la persona con la que tiempo después intercambiaría fluidos para traer al mundo lo que soy yo. Vaya, que apareció mi madre. Una trabajadora social de la cárcel de Carabanchel recién diplomada, a la que se le podía acusar como delito estrella saltarse un examen de sociología en segundo de carrera. Una joven delicada y poco recurrente, para la que soltar un taco era una alevosía a su persona y la del bienestar de su familia.
Y digo que llegó mi madre, porque, ante la pena de mi padre, el doctor de la prisión le recomendó asistir a las terapias de conducta y bienestar que impartía la que sería su mujer. En ellas, poco a poco, las conversaciones fueron fluyendo, la asiduidad convirtiéndose en norma y la profesionalidad perdiéndose por el mismo sumidero por el que afloraba un amor imposible. Hasta que, como era de esperar, un día — lluvioso, por cierto –, mi padre sacó ese corazón que escondía al resto de la sociedad y, susurrando, dijo:
– Te quiero.
Sí, te quiero. Dos palabras que se ahogaron en el momento de recitarlas. Pero que, de la misma forma, transportaron a mi madre a la encrucijada que sufrió en aquel examen de sociología cuando no decidió asistir. O algo muy parecido pensó aquella mañana y en la tarde del mismo día mientras se arrepentía de no haber contestado. Porque no contestó hasta muchas terapias después, cuando, mientras ésta le contaba a éste que era de un pequeño pueblo del norte de Asturias e hija única de un matrimonio de agricultores, un beso en todos los morros congeló el momento marcado por la alocución. Un beso que se prolongó en el tiempo y mantuvo a los dos enganchados, derrochando toda la pasión que había ido creciendo según se sucedieron las terapias.
Lo curioso del asunto, porque era un asunto bastante curioso, es que nadie dijo nada de aquel acto de amor. Y nadie tampoco habló de un romance, el que poco a poco se hizo más extensible, que se consolidaría tiempo después fuera de esas paredes de hormigón.
– ¿Algún día podremos querernos de forma normal? – preguntó mi madre a mi padre con el corazón en un puño.
– No lo dudes – respondió mi padre.
Y así, tras estas palabras tan simples, pero tan cargadas de subtexto, mi padre volvió a ser Josele. Y digo esto porque, semanas después y ansiado por el amor, se compinchó con el Jadete, un importante atracador de Galicia cansado de estar en prisión; y con el Luismi, un pobre yonki desdentado de Argüelles; y, juntos, planearon la huida perfecta de una de las cárceles de mayor seguridad del Estado, la de Carabanchel.