capítulo 28. fuck off, amor

Rodrigo…

El resultado, una condena de 50 años, un mundo entre rejas y un niño que veía a la figura masculina más importante de su vida muy de vez en cuando y de una forma muy privativa.

Durante dos meses, el trío estuvo comprobando la frecuencia con la que pasaba el personal a la sala de limpieza, lugar en el que se encontraban todas las lavadoras, cañerías y llaves de paso de la cárcel. Después hablaron con el Chula, un atracador de poca monta, feliz de estar entre rejas, y le convencieron para que reventase el grifo de su celda. El objetivo de esto último era hacer bajar a los funcionarios a la salda de limpieza para que cortasen la fuga de agua que tal faena provocaría.

Una vez ocurrido, los tres reclusos romperían el retrete de las duchas comunes, bajarían por el desagüe hasta el pozo negro y evitarían las hélices de la depuradora. Inmediatamente, y ya en la sala de limpieza, se encontrarían con los funcionarios de la cárcel que, seguro, estarían arreglando la avería provocada por el nefasto atracador. Lo siguiente sería apalearles y utilizarles como moneda de cambio, con el objetivo de huir de prisión.

Pues bien, con todos estos mimbres se fijó una hora y un día. El Chula reventó el grifo de su celda. Los tres el retrete de las duchas comunes. Después bajaron por el conducto sorteando las hélices y, llenos de mierda, se encontraron con dos policías y un fontanero. Fue ahí cuando mi padre se sacó del bolsillo una pistola, les amenazó de muerte, les molieron a palos, les robaron la ropa, les ataron y, disfrazados de maderos y de fontanero, los tres delincuentes huyeron por la puerta grande de la prisión, un 24 de diciembre, al ritmo de villancico y a ojos de todo Carabanchel. 

¿Pero de dónde cojones sacaron la pistola? Pues del tinte del pelo de uno de ellos, del jabón de lavar de otro y de las manos pasteleras de otro más, un auténtico mago de la repostería que moldeó una pipa que, a ojos de cualquiera, parecía una auténtica pistola.

Aquel 24 de diciembre mi padre cenó con mi madre. La misma que poco a poco se distanció de su familia hasta que, nuevamente, y tras huir por todo el Estado de hotel en hotel, mi padre fue detenido en una gasolinera del norte, mientras llenaba el depósito del coche. 

El resultado, una condena de 50 años, un mundo entre rejas y un niño que veía a la figura masculina más importante de su vida muy de vez en cuando y de una forma muy privativa.

Si bien era difícil esta situación, a esto había que sumar que nunca podía soltar por la boca quién y a qué se dedicaba realmente el cabeza de una familia descabezada. Daba igual el curso que estuviese, el momento que fuese, con los amigos que jugase, nuca podía decir que mi padre era un ladrón que cumplía condena por atracar un banco y por enamorarse de mi madre. Mientras mis amigos presumían de ser hijos de arquitectos, albañiles o camioneros yo tenía que cerrar la boca y mirar para otro lado, haciendo como que conmigo no iba la cosa. 

Como es más que obvio, esta situación tan particular influyó considerablemente en la que desde entonces sería mi vida, haciendo de lo que era una persona no solo controvertida, sino también cadente de cualquier tipo de afecto. Por eso me enganché en un principio al amor intermitente de mi madre y después al de la primera zorra que se cruzaba por mi vida.

Os aseguro que vivir con un padre muerto en vida es la sensación más rara que un hijo puede experimentar. He de reconocer que ni los cariños cumplidos, ni los regalos interesados, ni la atención desmesurada de mis abuelos sirvieron para tapar su falta. Por lo que, pronto, como era de esperar, le odié. Si, le odié en lo más profundo de mí ser y utilicé para ello todas las herramientas posibles a fin de llamar la atención de mi madre. Fingía estar malo, remarcaba mis fracasos en los estudios, inventaba rechazo social, le contaba mis primeros excesos con la droga y el alcohol y mis rupturas con alguna que otra mujer que se cruzaba en mi camino. Tenía que llamar la atención como fuese. Necesitaba que mi madre fuese mi madre y mi padre. Quería que ese señor que íbamos a ver de vez en cuando desapareciese y ocupase su nombre y persona también mi madre.

– ¿Me quieres, hijo?

Me preguntó un día mi padre en un bis a bis, tras un enrejado oxidado y bajo la mirada atenta de mi madre.

No le respondí nada.

– ¿Me quieres, hijo?

Me peguntó un año después sin hallar una respuesta por mi parte.

Y con ese silencio tan cómodo para ambos pasaron los años sin más, hasta que pude comprender – no entender, esto nunca –  dónde estaba verdaderamente mi padre y qué había hecho en otro momento.

– Sabes, ya tienes una edad. Sería bueno que entendieses que antes o después tu padre estará con nosotros.

– Ya, mamá

– ¿Y por qué le odias?

– No le odio, simplemente le tengo cierto rencor por no haber estado con nosotros.

– ¿Qué era lo que tenías que contarme?

– Pues nada, que he vuelto a drogarme.

– ¿Por qué haces eso hijo?