capítulo 32. fuck off, amor

Rodrigo…

Acabé en un bar de mala muerte bebiendo sin tino. Cuando iba más o menos borracho, miré el teléfono móvil en un acto de hacerme el interesante y disimular el estado de embriaguez cada vez más palpable. Para mi sorpresa tenía un mensaje de Judit,

Íbamos camino de un año como novios. La mañana era lluviosa. Algo no muy normal en mitad de un invierno frío pero alejado de las nubes. Cuando llegué a mi puesto de trabajo, en la empresa de diseño en que curraba, lo primero que hice fue encender el ordenador y mirar las redes sociales. Que si fulanito de tal cuelga eso, que si menganito de tal da a me gusta a aquello. Ese sería el cometido que tenía previsto, por lo menos, para la primera hora de la mañana. No tenía muchas ganas de hacer nada. Odiaba mi trabajo y cualquier excusa era buena para restarlo unos minutos.  

En un momento de indecisión, cuando parecía que ya me ponía a hacer unas plantillas para unos folletos, una mano se posó sobre mi espalda. Miré para atrás, era el coordinador de área. Al principio me quedé reparado, pensando que me había pillado tocándome lo cojones, por lo que temí un expediente de baja productividad. Pero casi sin pestañear y sin que a ninguno nos diese tiempo a cruzar un saludo, me citó en su despacho.

Me acerqué a la media hora, no quería ser un pelota de manual. La conversación empezó lenta, bastante agradable para lo normal. Pero pronto supe que no eran buenas noticias. Según me dijo, habían decidido apartarme de todo aquello que me daba un poco vida. Es decir, me dejaban en una segunda posición de la segunda posición haciendo todo lo que me hundía aún más en la miseria. Vamos, lo que coloquialmente en la empresa se conoce como chico de los cafés

Recuerdo que cuando volví al ordenador, una lágrima corrió por mi mejilla. No lograba entender por qué habían hecho eso. Por lo que me quedé pensando mientras observaba cada rincón de la sala. Pensaba en lo mal que me salía todo, en lo torcida que estaba mi vida: Clara, un trabajo de mierda, mi padre, la ausencia de éste, mi madre… 

Tras un par de reflexiones banales, pues cada vez había menos en que pensar, empecé con las tareas que tenía pendientes y marché de mi puesto media hora antes de finalizar la jornada.

Acabé en un bar de mala muerte bebiendo sin tino. Cuando iba más o menos borracho, miré el teléfono móvil en un acto de hacerme el interesante y disimular el estado de embriaguez cada vez más palpable. Para mi sorpresa tenía un mensaje de Judit, la novia de Esteban. Decía que quería verme, que hacía mucho tiempo que no charlábamos. La contesté que era un poco tarde, pero pronto me respondió que estaba sola en casa. Insistió diciéndome que todavía había Metro.

Finalmente, tras otros ruegos más, acepté, no sin antes regañar con Clara en una conversación telefónica que duró el trayecto desde el lugar en que me encontraba hasta la casa de Esteban. O lo que viene a ser en términos absolutos: treinta y tres minutos.

Esa noche Judit y yo estuvimos bebiendo, riendo y, por desgracia, fruto de nuestra mutua depresión, o del estado de enajenación que dominaba nuestros cuerpos, acabamos follando.

Cuando me desperté no podría creer donde estaba. No podía concebir que mi culo sudado se encontraba en las mismas sábanas donde días antes estaría el culo sudado de Esteban. En el mismo sitio donde este pobre yonqui solía dormir con la que en teoría era su novia.

Aquél día no fui a trabajar y tampoco lo hice al siguiente. Fingí estar enfermo.

La razón de mi ausencia no fue otra que pasar el tiempo con Clara. Sí, con Clara. Quería curar, a base de supuesto amor adulterado, la traición a una persona que, sinceramente, cada día me costaba más entender. Pero de la misma forma quería limpiar mi alma de un encuentro en el que había estafado a un amigo.