Capítulo 31. Fuck Off, amor

Rodrigo…

ambién recuerdo cómo con el tiempo, no tengo claro en qué contexto, me contó sus problemas del colegio. Y no hablo de sus notas, que no eran del todo malas. Hablo de algo que iba más allá. Algo que posiblemente dio volumen a su forma de ser en el futuro. Me refiero a que Clara sufrió acoso escolar.

De origen valenciano, Clara había crecido en un ambiente rural junto a los naranjos de su padre, el olor a higo del aljibe de su abuelo y el sabor del arroz con conejo que cada domingo la madre preparaba a su hermano.

De inteligencia media y piscología truncada, año a año había promocionado en la escuela de su pueblo y después en un instituto del pueblo del al lado. Todo ello lo había hecho bajo la presión de la mente resentida de su abuela, quien, con mala fe, solía repetirla que “aprovechase el tiempo; que ella no había podio ir a la universidad y que, aun así, sabía leer y escribir mucho mejor que las hijas del marqués”.   

Cuando terminó el instituto, cursó el bachillerato en Valencia, ciudad que también eligió para estudiar primero filología catalana y después una licenciatura en derecho que nunca terminó. O eso dijo en casa. Seguro para tapar los desastres de su hermano, quien, con no más de 16 años, se marchó a la capital de España a cursar una Formación Profesional y con poco más de 18 volvió a su pueblo sin título alguno.       

En lo que respecta a sus idilios profesionales — no sé si llamarlos laborales –, recuerdo cómo, cuando empezamos a conocernos, en aquellas noches de sexo y lujuria por la mitad, me contó que siempre le había rondado por la cabeza la idea de ser directora de cine. Pero también me dijo que por su escasa creatividad habían optado por una profesión, la de contable, muy alejada del talento mínimo que se requería para cumplir su sueño.

Y es que Clara, para cuando choqué con ella en aquel bar, hacía unas prácticas en una aseguradora en la que se quedó de por vida – y nunca mejor dicho -, y en la que desde el jefe al último mono de la plantilla la humillaban. O más bien la trataban como un par de tetas con gafas que, además de eficiente, tenía un don especial para inspirar las pajas de los clientes.     

Ya puestos a revelar algunas cosas más personales de la que fue mi novia, también recuerdo cómo, con el tiempo, no tengo claro en qué contexto, me contó sus problemas del colegio. Y no hablo de sus notas, que no eran del todo malas. Hablo de algo que iba más allá. Algo que posiblemente dio volumen a su forma de ser en el futuro. Me refiero a que Clara sufrió acoso escolar. Sí, acoso escolar. Ella solía decirme que sus compañeras la humillaban cuando no la apartaban de aquellas actividades que a toda niña gustan hacer.

– Mi madre me decía que fuese dura. Que pagase a mis amigas con la misma moneda. Pero no sé, yo siempre intentaba ir por las buenas y, cuando me veía dentro del grupo, alguna me la liaba.

Y por esa faena Clara lloraba cada día. Y por esa putada no quería ir al colegio. Odiaba el colegio y a la gente del colegio. Es verdad que las cosas mejoraron en el instituto. Pero lo hicieron a base de arrimarse a los marginales para poder intercambiar unas palabras con sabor constante a burla e indiferencia.

Como decía anteriormente, dejó su pueblo natal a la edad de 16 años y se marchó al instituto primero y después a la universidad, con un resultado más o menos parecido. El mundo en Valencia era muy extenso, mucho más cainita y depravado. Por lo que el único camino que encontró para evitar la burla fue la soledad. Sí, la soledad y todas las actividades que llevan a ella: el cine, la lectura y un par de carreras que no le apasionaba del todo.

– Trabajé por primera vez cuando me mudé a Madrid. Y lo hice por dos razones:  tenía que comer y relacionarme con el mundo. Tengo que reconocer que el jefe era un auténtico hijo de puta. Pero el hecho de que la gente me mirase, aunque fuese con ojos lascivos como hacían muchos, o me pidiese cualquier cosa, me daba la vida.

Recuerdo que esto mismo me lo contó una noche poco después de descubrir que aquel trabajo seguía siendo el mismo y que la que era mi novia escondía otro gran problema: ¡Clara no sentía orgasmos! Y mira que lo había intentado con gente. Había recurrido a muchos hombres e incluso a mujeres. Pero nunca, nunca había sentido el placer de un buen polvo. En su corta vida, por su vagina no había corrido el sabor real del sexo.

He de reconocer que la vida con ella fue toxica desde el principio. Pura putrefacción emocional que rodeaba como una burbuja nuestro espacio vital. Los días eran… absurdos: follábamos, ella no sentía; hablábamos, ella se ponía a la defensiva; regañábamos, ella lloraba; y así una semana tras otra. Atados a un camino de invariabilidad y podredumbre que me arrastraba en muchos momentos a los instantes más tristes vividos.

Y prueba de lo que os hablo es la historia de aquel polvo escuchando a Sabina. Completamente borrachos, mientras me corría, ella lloraba recordando algunas de las calamidades que revestían su niñez a la vez que me rogaba que no la dejase nunca, que la acompañase hasta el final de su vida – y así hice, de algún modo -.  

Con la perspectiva que da el tiempo, tengo claro que lo que empezó siendo un amor soportable, pronto se convirtió en un pasear oscuro y molesto que parecía retener los minutos del reloj. Muchas veces me preguntaba que qué cojones hacía. La chica era agradable, tierna, buena persona, es verdad, me decía para convencerme. Pero otras tantas sabía que, como me había pasado desde mis primeros rollos, estaba haciendo lo de siempre: cubrir la ausencia de un padre que, aunque estaba físicamente cerca, le sentía muy lejos.