capítulo 34. fuck off, amor

Rodrigo…

En un momento de silencio, cuando parecía que todo se acababa, sacó unos documentos de una carpeta y me dijo que estaba despedido. Sí, despedido. Tras escuchar esas palabras un escalofrío recorrió mi cuerpo.

Judit fue un parche o algo muy parecido. Fue algo así como una venganza hacia la misma sociedad que tan injustamente me trataba. Aunque, a decir verdad, yo también me consideraba una especie remiendo para ella. O más bien un ungüento para superar el amargor mutuo que Esteban y Judit se producían.

Cuando quedábamos de lo único que me hablaba era de lo mal que le iba con Esteban. También de lo enganchado que estaba a la droga y sus problemas con el alcohol. Yo mencionaba a Clara lo justo. Simplemente me limitaba a oír sus historias y aprovechar todo el tiempo que podía para follar. Porque esa era la parte que merecía la pena de todo esto. Utilizar el lugar que fuera para echar un polvo y olvidar, mutuamente, el resquemor que por aquel entonces nos producía vivir.   

Clara alternaba el trabajo de camarera con el de contable. Todo esto lo hacía mientras se encerraba en su mundo interior, intentando huir de un sinfín de burlas y reproches que, poco a poco, se acumulaban en el lugar donde acumulaba las desgracias.

En una mañana fría de finales de invierno, para cuando colaron los tres meses de encuentros con Judit, fui citado nuevamente al despacho del coordinador de la empresa. Cuando llegué me di cuenta de que casi todo el personal estaba junto a la puerta del director. Pronto me dijeron que había despidos, que iban unas quince personas. Pregunté por nombres y no hallé respuesta, por lo que supuse que yo estaba incluido.

De repente, un señor de unos cuarenta y tantos, bien vestido y bastante repeinado, con un olor a una colonia que por no sé qué detestaba, se acercó a mí y me preguntó por mi nombre.

Se lo dije.

– Venga conmigo – me respondió de forma automática, intentando ocultar la parquedad innata a su persona.

La reunión no duró más de cinco minutos. Se celebró en el despacho contiguo al despacho del director, en una especie de oficina que, de vez en cuando, hacía su labor de merendero. Hablamos de varias cosas que no venían a cuento. También me peguntó por el futuro y por mis anhelos profesionales. En un momento de silencio, cuando parecía que todo se acababa, sacó unos documentos de una carpeta y me dijo que estaba despedido. Sí, despedido. Tras escuchar esas palabras un escalofrío recorrió mi cuerpo. Estaba mal en el trabajo, es verdad. Cada día iba con menos ganas y mi productividad era muy baja, pero tengo que reconocer aquella noticia me cogió por sorpresa.

Cuando salí al pasillo central de la oficina agaché la cabeza y no dije nada. Agarré mi bolso de mano y empecé a caminar. Cogí el ascensor, bajé al último piso y continué la avenida por la acera. Caminé durante horas por distintas calles sin un rumbo aparente. Pensé en todo lo que había tragado y lo que había resistido en ese maldito sitio. Me senté en un banco y recibí un mensaje de Judit diciéndome expresamente que “todo tenía que terminar”, que lo que estábamos haciendo “era una locura que nos explotaría antes o después”. No la contesté. Continué caminando mientras pensaba en qué iba a ser de mí, sobre todo sin ingresos. Posiblemente tendría que volver a casa, me decía una vez tras otra.

Pasé a un bar bastante cutre del barrio de Lavapiés y me senté bajo una luz incidente que iluminaba intermitentemente la barra. El olor a pis y a serrín era insoportable. Y más cuando las cañerías, por lo que fuese, dejaban escapar un hedor que parecía taladrar las paredes, pintadas de gotelé descorchado.

Pedí una coca cola y empecé a degustarla con pausa. Al poco supliqué que me echasen algo de güisque. En ese momento, mientras el camarero derramaba un chorro de alcohol en el vaso y me decía que me cobraría algo menos que una copa, Joselu, uno de mis grandes amigos de la infancia, que en la actualidad triunfaba como loca en Chueca, pasó al establecimiento a comprar tabaco.

– Joselu, ¿qué coño haces aquí? – le pregunté alzando la mano mientras forzaba una sonrisa que no tenía.

Automáticamente dobló su cuerpo de casi dos metros y me devolvió la sonrisa. Después, con su pose de maricona descarriada, desplegó los brazos como si quisiese fingir un abrazo, y me gritó: 

– ¡Rodrigo!, ¡Cuánto tiempo, maricón! 

Joselu era un buen chaval, un tipo delicado, educado y muy, muy amanerado. Le gustaban los hombres, era una marica en potencia que gozaba comiendo pollas y chupando culos. También era un poco adicto a la droga, pero se sabía controlar. Siempre encontraba el punto exacto en que poner fin para que el día siguiente no fuese un sustrato de reproches como consecuencia de sus desfases nocturnos.

– ¿No te iba bien en el trabajo? – me preguntó sorprendido por lo que le contaba mientras tomábamos una cerveza.

– No, la verdad es que no – le respondí cabizbajo.  

– Y con la chica esta con la que andas, ¿qué tal con ella?

– Pues mal, tío, es…, es un camino que no lleva a ninguna parte – le aclaré como queriendo escurrir el bulto, para a continuación preguntarle: Y tú, ¿sigues comiéndote muchas pollas?

– Bueno, las que puedo – me respondió soltando una sonrisa que se escuchó en todo el local.  

La conversación se tornó lenta pero intensa. Cuando cerraron el garito fuimos a un bar bastante extraño. No era de ambiente, como en un principio supuse. Era más bien una escombrera social a la que gente desgarrada solía acudir para solapar con drogas y alcohol los problemas. Allí pronto pasamos de las penas a las alegrías. Poco a poco los malos momentos, conforme el alcohol se apoderaba de nosotros, se convirtieron en risas. Poco a poco satirizamos el amargor del contexto que, sorprendentemente, ambos respirábamos.

Me viene a la memoria como recordamos nuestra infancia, las primeras borracheras, mis idilios, todos los primeros amigos. Seguimos bebiendo hasta que el camarero nos dijo que estaba a punto de cerrar. En ese momento me derrumbé. No tenía ganas de volver a casa, no me apetecía levantarme solo en una cama y con la duda existencial de no saber qué hacer con la vida. Tampoco tenía ganas de hablar con Clara, y menos aún de las palabras de Judit. Así que, sin saber cómo, y mientras Joselu hablaba y hablaba empujado por la coca, recorrí la distancia que iba de mi boca y la suya y le besé.

– ¿Qué cojones has hecho? – me preguntó sorprendido.

– ¿Por qué no te callas y preguntas menos?

– ¿Pero si a ti no te gustan los hombres? – volvió a preguntarme sorprendido.

– ¿En algún momento te he dicho lo contrario?

– Me acabas de besar.

La noche terminó follando en su casa, un viejo piso del centro de techos altos, lleno de humedades y muy frio. A eso de las doce abrí los ojos. Me dolía mucho la cabeza. Joselu estaba en la ducha. Me levanté y fui al salón. Miré el móvil. Tenía llamadas perdidas de mi madre. Marqué su número y le conté lo del despido. Acto seguido escribí a Clara diciendo que la visitaría por la tarde. En ese momento Joselu se presentó.

– ¿Qué tal estás? Anoche te noté muy raro – me dijo.

– ¿Te gustó? – le interrumpí.

– No sé. Pero la verdad, para ser nuevo… no comes mal la polla – sentenció sonriendo.

– Eres un cabrón.

– ¿Te apetece un porro?

– Bueno.

Me fumé el porro y me marché.

Por la tarde quedé con Clara. En contra de lo que pensaba, tuvimos una fuerte discusión.