Rodrigo…
Al cabo de un tiempo intenté recomponerme. Cuando estaba más o menos de pie, me di cuenta que Javi no estaba. Tan solo me acompañaba un matrimonio formado por dos personas mayores. Me observaban preocupados.
La pregunta de Javi me dejó nuevamente detenido.
Después, con cierta vehemencia, aunque sin mucho tino, tampoco voy a mentir, le dije:
– Yo no soy responsable de nada, estábamos mal y ya está. Además, tu hermana no se encontraba muy bien psicológicamente – apunté señalándome la cabeza – Era una chica muy triste a la que, constantemente, de algún modo u otro le dolía la vida.
Hubo un silencio bastante incómodo. Luego de esto Javi empezó a preguntarme:
– ¿Cómo eres capaz de decir eso? ¿Cómo eres capaz de decir eso? ¿Cómo eres capaz de decir eso?…
En una fracción de segundos analicé la frase que acaba de soltar por mi maldita boca. Pronto me di cuenta que le había sometido a una dosis de realidad muy fuerte, en un momento complicado para la integridad de su piscología.
– Lo siento, quizás me he equivocado – le expresé intentando retractarme.
– No pases por el tanatorio. Porque te juro que, como lo hagas, va a haber una segunda muerte – recalcó enfurecido -. Márchate de una puta vez, maldito cabrón.
– Voy a entrar te pongas como te pongas, solo quiero despedirme de tu hermana. Solo quiero eso.
Javi se acercó adonde estaba y me empujó contra la pared. El impacto me desestabilizó. Tras varios traspiés fui a parar a una jardinera, con la que me golpeé la cabeza. El dolor se apoderó de mis pensamientos y pronto la sangre empezó a teñirme el pelo.
Desde el suelo, completamente mareado, miré al hermano de Clara. No se movía, solo clavaba sus ojos en el charco de sangre que creía junto a mi cabeza. Súbitamente se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la puerta del tanatorio.
– ¿Vas a dejarme así? – le pregunté para intentar interrumpir su camino.
Javi se paró. Lentamente giró la cabeza y volvió a clavar la mirada en mi rostro. Sacó de su bolsillo derecho un paquete de tabaco y se encendió un cigarrillo. Para cuando intentaba ponerme en pie, ya con el cuerpo totalmente erguido, me preguntó:
– ¿Por qué dices que mi hermana tenía problemas psicológicos? Te lo pregunto por última vez: ¿qué le pasó verdaderamente? ¿Por qué cojones se quitó la vida?
– Pues porque no era muy estable – le volví a responder de sopetón -. Pero déjalo. Eso ha sido algo que no deberías haber dicho y que no venía a cuento.
– Rodrigo, me tienes hasta los cojones. Eres un asesino, tú has matado directa o indirectamente a mi hermana – sentenció señalándome con el dedo.
En aquel momento, tras limpiarme la sangre con la manga de la chaqueta, le respondí:
– Yo no soy un asesino. Deja de acusarme de una puta vez de algo que no he hecho.
– Eres un auténtico hijo de puta – me gritó al mismo tiempo que armó la pierna y me golpeó en toda la tripa, devolviéndome de nuevo al suelo.
Perdí el conocimiento.
Al cabo de un tiempo intenté recomponerme. Cuando estaba más o menos de pie, me di cuenta que Javi no estaba. Tan solo me acompañaba un matrimonio formado por dos personas mayores. Me observaban preocupados.
Caminé hacia el parque de pinos que había justo delante de la puerta principal del tanatorio e intenté cortar la hemorragia que brotaba de mi pelo con un pañuelo y un poco de agua. Cuando lo conseguí, saqué un cigarrillo y empecé a fumar. Entonces miré al frente. Vi que Javi me observaba desde una cristalera. Fruncí el ceño y le miré desafiante, pero empecé a sentir un mareo que, poco a poco, se apoderó de mí. Acto seguido me fallaron los brazos y las piernas, a la vez que un sudor frío me doblegó. Lo último que recuerdo fue a un chaval golpeando una pelota de plástico poco antes de volver a caer desplomado.