Rodrigo…
Pero también sentía como el mío, mi corazón, destrozado, empezaba a cobijarse en un vergel de podredumbre y malestar, en un espacio oscuro, lejano y frío donde nada, absolutamente nada, tenía sentido
Recuerdo perfectamente la última vez que quedé con Clara. Para entonces me sentía inútil. No encontraba el rumbo y cada vez estaba más encerrado en mi interior. Ya no solo porque tenía las fuerzas emocionales justas para pasar el día, sino porque en lo monetario, ir hacia delante venía a ser todo un reto.
Algo que no era porque llevase una vida basada en el derroche, sino porque, para entonces, eran más de seis los meses en paro, mis historias con Judit y Joselu se habían derretido y mi relación con Clara estaba en punto muerto.
Aunque, a decir verdad, con el tiempo y la sabiduría que aporta, tengo que reconocer que lo que os cuento no era lo transcendental de aquella coyuntura. No, para nada. Lo verdaderamente transcendental era…
… era mirar a Clara a los ojos sin cruzar palabra y pasar así más de una hora. Sin nada que hacer, sin nada que decir, solo pensar y reflexionar que aquello no tenía rumbo, que juntos, éramos una composición imperfecta que nos enterraba cada vez más en la desesperación, fruto de una depresión, la suya, que había robado a bocados toda su integridad.
– ¿Sabes una cosa? – me preguntó apartando la mirada de mi rostro, mientras se escurría por las sábanas de su cama.
– ¿Qué? – la pregunté con un tono que inspiraba cierta sospecha.
– ¿Nunca has tenido la sensación de querer morirte?
– ¿Por qué preguntas eso, Clara? – inquirí sorprendido. Aquella afirmación me alertó. Nunca antes me había pasado por la cabeza que por la suya transitasen esos pensamientos.
– No sé, mi vida es una auténtica mierda y siempre ha sido una auténtica… mierda. Y el tiempo que llevo a tu lado…
Clara dejó de hablar. Parecía como si hubiese perdido la voz por no decir también el norte.
Entonces, con cierta energía, la pregunté:
– ¿El tiempo que llevo a tu lado, qué?
– El tiempo que llevo a tu lado… – dudó – ha sido… una mierda…una auténtica mierda – me dijo con resquemor, utilizando el leguaje para dar salida a un odio que seguro llevaba escondido durante mucho tiempo. Después, siguió -: Fracasaste en el trabajo, porque fracasaste. Llevas más de seis meses en paro y no haces por buscar nada. Me olvidas de la misma forma que te acuerdas de mí y, lo peor de todo, follas con otros.
Me quedé pasmado. Al principio creía que había confundido el género al conjugar la frase. Pero luego, según continuó con la alocución, supe que había articulado con propiedad.
– Tu amigo, el maricón. Me lo contó todo hace un tiempo.
Cogí aire.
Lo solté.
Acto seguido no fui capaz de dar respuesta. No sabía cómo explicar aquello. Temía que las palabras de Joselu pudiesen ensombrecer aún más nuestra historia.
– Me quiero morir, ¿sabes? – exclamó de nuevo mientras estaba absorto en mis pensamientos.
– Pero, ¿por qué te quieres morir? ¿Por lo de Joselu? ¿Por cómo soy? ¿Por qué? – la pregunté intentando contrarrestar lo negativo de una afirmación que cada vez tomaba más peso.
– Por todo: por haber nacido de esta forma y con este cuerpo. Por haber vivido 26 años siendo nada. Por haberte conocido y haber creído lo que no era. Por haber sentido la humillación a cada paso y en cada lugar en que he estado. Por ser…
Clara rompió a llorar.
Después, me abrazó.
– Por haber…
No pudo seguir.
Con la distancia, tengo que reconocer que nunca pensé que la que era mi novia fuese tan profunda. Tampoco que alguien podría darme un abrazo con una carga de amor tan truncada por la pena. Sentía como su corazón se acompasaba al ritmo del mío. Pero también sentía como el mío, mi corazón, destrozado, empezaba a cobijarse en un vergel de podredumbre y malestar, en un espacio oscuro, lejano y frío donde nada, absolutamente nada, tenía sentido.
“¿Era el sabor de la derrota aquella escena?” Me pregunté intrigado.
“¿O simplemente el color del sinsentido?” Volví a preguntarme con las mismas dudas.
No, pronto llegué a la conclusión de que lo único que mostraba ser aquella escena, o lo que fuese, no era otra cosa más que la vida en su estado puro.
Clara se apartó de mí y se marchó a la cocina. Al poco regresó con un vaso de agua y una caja de pastillas.
– ¿Qué es eso? – la pregunté nada más llegar, justo cuando volvía a sentarse en la cama, encajada en una habitación de niña de diez años a la que el tiempo la había pasado factura.
– Son pastillas para dormir, últimamente no pego ojo.
– Yo estoy igual, debería tomarlas – afirmé mirando a un cuadro que había sobre la mesilla, en el que Clara aparecía con su familia en una boda o un evento similar.
– La verdad es que no van mal – me dijo.
Entonces, una pequeña sonrisa se coló en su rostro.
Después, con cierto temor, me preguntó:
– ¿Te quedas a dormir?
– ¡Y qué van a decir en tu casa! – respondí para salir del paso.
– Me da igual.
– ¿Te puedo decir una cosa? – la pregunté tras endurecer el rostro.
– Sí.
– Me prometes que vas a olvidar lo de la muerte.
– Claro que lo voy a olvidar, solo ha sido un episodio motivado por el bajón.
Tras esto me lancé y la besé. La comí los morros con pasión. La quité la ropa y la comí los pechos, después el coño y después follamos. Follamos una y otra vez hasta que nuestros cuerpos dijeron basta y caímos dormidos.
Por la mañana, a eso de las cinco de la madrugada, abrí los ojos. Me levanté cuidadosamente de la cama y dejé la habitación sin despedirme. Cuando estaba dispuesto a salir, una sombra tapó la poca luz que entraba por la ventana. Entonces giré la cabeza y vi el cuerpo completamente desnudo de la que era mi novia.
– ¿Dónde vas? Ni siquiera te has despedido – me preguntó.
– Si te digo la verdad, no lo sé.
– Así llevo yo toda la vida – me dijo descubriendo una leve sonrisa.
Escuché la voz de su madre. Por lo que, sin responderla, me di la vuelta, dejé la habitación y cerré la puerta con cuidado.
Caminé bajo la luz de las farolas hasta que salió el sol. Después fui a una cafetería y desayuné café con churros. A eso de la once, llegué a casa.