capítulo 37. fuck off, amor

Rodrigo…

En ese momento él, yo y el cuerpo inerte de Clara, respondiendo a un principio metafísico inexplicable, pasamos a ser un conjunto, una totalidad que generó cierto conflicto donde la que era mi novia se transformó en el punto central y nosotros dos en un par de astros que oscilábamos en torno a su historia.

Acababa de levantarme y recuperar la conciencia. El golpe había sido fuerte. La hemorragia ya se había cortado. Como pude, caminé hacia la puerta del tanatorio y subí las escaleras hasta llegar a una sala por la que no recordaba haber pasado. Un fino halo de aire, procedente del climatizador central del edificio, refrescó mi rostro.

Me detuve durante unos segundos delante de un espejo que partía el pasillo en dos. Tenía el rostro magullado y la ropa sucia. Me recompuse como pude y miré el indicador que mostraba el camino al velatorio. Sabía que si entraba se liaría, pero también sabía que Javi no volvería a montar un numerito a ojos de todos. 

A pesar de esto, recapacité durante unos segundos. Cerré los ojos y, con la poca fuerza que me quedaba, caminé hasta plantarme delante de la puerta. Agarré el pomo con delicadeza y lo giré. Al otro lado, los allí presentes dirigieron su mirada alertados por mi presencia. Un paso adelante significaba entrar con todas las consecuencias; uno atrás, marcharme y olvidar la tragedia.

De repente, mientras me encontraba embutido en mis pensamientos, la mirada penetrante de Javi se clavó en mi rostro, deteniendo sin razón el tiempo y el espacio de la sala. En ese momento él, yo y el cuerpo inerte de Clara, respondiendo a un principio metafísico inexplicable, pasamos a ser un conjunto, una totalidad que generó cierto conflicto donde la que era mi novia se transformó en el punto central y nosotros dos en un par de astros que oscilábamos en torno a su historia.

Entonces mi respiración empezó a acelerarse. La de Javi igual. Ambos corrimos desenfrenados al encuentro, con tan mala suerte que, un ujier, que traía café y pastas, se cruzó en nuestro camino, haciendo tropezar a Javi y mandando los dulces y el líquido al suelo.

Una vez se recompuso, y tras pedir disculpas, decidimos marchar fuera de la sala.

A los allí presentes les quedó más que claro que estaba pasando algo que iba más allá de la bronca que poco antes había tenido lugar, pero nadie dijo nada. Era tal el dolor que se respiraba, que no había fuerzas ni para eso. No así su madre, que, enfadada, levantó el rostro del suelo y clavó sus ojos en el espacio que recorrimos hasta dejar el lugar.

De camino a la cafetería, destino que decidimos casi sin palabras, la atmósfera que nos envolvió fue espantosa. Yo ensayaba el discurso más coherente posible que pudiese contener la cada vez mayor ira de Javi. Colocaba las palabras perfectas y buscaba situaciones concretas.

– ¿Qué quieres beber? – me preguntó para mi sorpresa, ya sentados en unas banquetas que había situadas junto a la barra.

– No lo sé.

En ese momento Javi me miró a los ojos. Después, para sorpresa hasta del camarero, me agarró de la pechera y me recriminó incisivo:

– ¿Por qué has vuelto, hijo de puta?

– ¡Porque quiero estar con tu hermana, disculparme de todo lo que la hice, y contarte eso que tanto te interesa y que yo solo sé!