Joselu…
Su sudor, mezclándose con mi sudor, inventaba en mi una sensación que despertaba ese animal amanerado que llevo dentro, injertándome en el punto más alto de lo que soy
En ese momento me levanté de la cama. Fui al armario y cogí una caja de preservativos que guardaba en el cajón de los calcetines. Los saqué y me coloqué uno en el pene. Volví y le besé varias veces. Estaba excitado, necesitaba metérsela lo antes posible. Aunque también sabía que, si lo hacía, en breve me correría.
Y digo esto porque sentir su cuerpo cerca del mío me producía más placer que lo que podía generarme el hecho de que miles de pollas me follasen juntas. Su sudor, mezclándose con mi sudor, inventaba en mi una sensación que despertaba ese animal amanerado que llevo dentro, injertándome en el punto más alto de lo que soy.
– Métemela ya, necesito sentir tu poya, – me susurró al oído mientras me abrazaba.
Entonces me acerqué y, con cuidado, introduje mi pene por su ano. Él empezó a gemir. A soltar un ruido extraño que pronto asocié al dolor que le producía. Con cuidado, continué la acción hasta tener casi la poya dentro.
– Así, así.
Repitió justo cuando comencé a mover el culo. A la misma vez que aumentaba la intensidad de los gemidos. Los mismos que se acompasaron al punzante e intenso chirriar de las juntas oxidadas de la cama en la que follábamos.
– ¡Reviéntame, hijo de puta! – exclamó.
Y lo hizo justo cuando sentí que no podía más y me corrí en su culo para no decirle nada y aguantar hasta que el cosquilleo del capullo rozando me hiciese parar.
– ¿Ya te has corrido?,- me preguntó mientras me lamía la oreja.
– Sí, ya me he corrido -. Le respondí.
En aquel momento me di cuenta que le había dejado a medias. Por lo que le di la vuelta y empecé a masturbarle a la vez que le comía la polla. Quería que sintiese todo lo que imagino cuando le tengo encima. Quería que todo su historial de hazañas en la cama se quedase pequeño. Quería que sintiese que nadie le hace gozar como yo.
– Para, para, me voy a correr -, gritó
– Eso es lo que quiero – le respondía frunciendo el ceño.
Sí, ese era el momento exacto en que las piernas me temblaban y mi historial de hazañas en la cama se quedaba pequeño ante la obra, la gran obra, que estaba a punto de representase.