capítulo 41. fuck off, amor

Joselu…

Un piso, por cierto, situado en el centro de Madrid, por el que pagaba poco, es verdad, pero por el que también sufría problemas de ratas, ruido y cortes de luz inexplicables que muchas veces me hacían pensar que estaban motivados por fenómenos paranormales.

Así, o manos o menos así, estaba en aquel momento de aquella mañana.  Junto a los brazos robustos de un cuerpo, el de Horacio, de mediana estatura y achaparrado. Encima de una cabellera, la suya, complemente preparada para recibir mi semen. Mirando como sus ojos cansados se proyectaban en mi cuerpo flemático, al tiempo que sus manos agitaban mi pene y yo esperaba, tras haber sentido su lefa en mi culo, que la mía impactase en su rostro.

  • ¡Ah!

Grité justo cundo la acción narrada se materializó, sintiendo al poco la lengua del que, formalmente, o hasta donde llegaba la formalidad, era mi pareja: Horacio Jiménez, una marica a la que, como yo, José Luis Fernández, alias ‘Joselu’, le encantaba comer pollas. ¡Sí, pollas!

– ¡Otra vez me acaba de caer en todo el ojo!

Susurró justo cuando me desprendí y los pitidos de los coches empezaron a sonorizar un piso antiguo de techo alto y carcomido por la humedad, que además de ser propiedad de un especulador, era también mi casa. Un piso, por cierto, situado en el centro de Madrid, por el que pagaba poco, es verdad, pero por el que también sufría problemas de ratas, ruido y cortes de luz inexplicables que muchas veces me hacían pensar que estaban motivados por fenómenos paranormales. Aunque otras tantas, como es obvio, y según me llegaba de las reuniones de la comunidad, se debían a que la compañía energética olvidaba el mantenimiento de las instalaciones de todos esos bloques casi en ruinas en los que vivían gente de mi calaña: individuos de pocos recursos económicos, marginales y demás ciudadanía exclusa que poco nada aporta a los balances de las grandes multinacionales y a la imagen de su fantaseada clase media y su asquerosa obra social.

Porque yo, Joselu, además de una marica, era también una loca de clase baja que dejó el pueblo y los estudios, – con un expediente brillante -, a la edad en que las hormonas empezaron a definirme, para engancharme de por vida a trabajos precarios, con el único objetivo de poder comer pollas en paz. Trabajos de mala muerte y de difícil encaje, combinados con periodos de paro que, también, entre otras actividades de provecho, me permitían ser la loca más cliché de toda la noche de Chueca.

  • ¿Ya no te ves con ese tipo?

Me preguntó Horacio de repente mientras se restregaba el ojo. Y es que, a pesar del tiempo, todavía seguía enganchado a una vieja historia sexual rara y un tanto absurda que tuve con un colega llamado Rodrigo. Un tipo, Rodrigo, también raro y un tanto absurdo, al que tenía pendiente responder un mensaje de Facebook que me había enviado en la madrugada.

– No, cariño, ya no me veo con él.

– ¿Pero dices que no es maricón? -, me preguntó muy efusivo.

– No, nunca ha sido maricón, ni tampoco creo que lo sea.

Le respondí, para, acto seguido, explicarle que el tal Rodrigo estaba con una tal Clara, – que, por cierto, en el mensaje que me había enviado decía que se había quitado la vida -, y que la última vez que nos vimos fue en un supermercado en que reusé de saludarle porque ya había tomado la decisión de desaparecer ‘por el bien de los dos’.   

– ¿Qué bien de los dos?

Volvió a insistirme Horacio, a lo que yo le pregunté si estaba celoso, y él, con su discurso de trinchera contra la moral judeocristiana y sus preceptos de organización social, me respondió:

– Contigo no tengo nada más que sexo.

– ¿Qué gracia me haces? ¿Te apetece algo de comer? – le pregunté para cambiar de asunto.    

– Sí, pero cuando me respondas que es lo de: “por el bien de los dos” -. Subrayó sonriendo mientras se levantaba y se retiraba el semen que todavía tenía en su pene.

– Mira, cariño, Rodrigo estaba lleno de problemas -, le expliqué un poco enfadado -. Pero el problema radical de Rodrigo era que él siempre se metía en problemas. Y lo hacía para llamar la atención por un problema familiar. Y, por desgracia, y a pesar de mis pesares, yo era otro de esos problemas. Vaya lío, joder.  

– ¿Y por qué a pesar de tus pesares?

– Estás celoso, maricona -. Le interrumpí, quitándole la almohada y golpeándole con todas mis fuerzas.

Entonces Horacio se levantó de la cama, se puso los calzoncillos y se fue al salón. Cuando llegó, encendió la televisión y empezó a ver un programa de cocina creativa con el fin de inspirarse. O eso creí, porque Horacio, además de gustarle la televisión, también trabajaba en ella. Allí era una persona creativa y delicada que destacaba por sus dotes con la cámara y su capacidad para generar espectáculo. O eso más o menos decían los que entendían, porque yo, la verdad, pasaba de la televisión y de entender la televisión. Desde mi punto de vista, siempre me había parecido la dinamita perfecta que tiene el poder para volar por los aires cualquier conciencia crítica que pueda cuestionar el orden imperante. El placebo de la ciudadanía moderna ante los problemas diarios. Además, siempre, sinceramente, había pensado que quien conquistase la televisión, haría lo propio con el poder. Y esto mismo se lo repetía una y otra vez a Horacio. Pero para él, eran auténticas gilipolleces.

– ¡El poder!

Por desgracia, para Horacio el mundo se regía por la moda, por la tendencia, por lo cult, por lo que marcaba, por los LIKE de Facebook, por las reproducciones en una canal de internet que, siempre y digo siempre, y según repetía, servía de antesala a un gran formato.

– Tengo que contestar a Rodrigo, – me dije mientras dejaba aparcadas mis abstracciones.

Entonces me levanté de la cama, fui a por el portátil y le escribí un privado dándole el pésame por lo de Clara, diciéndole que le visitaría pronto y añadiéndole, en clave de humor, algo así como que: ‘tu rollo me va a costar el amor’.  

Veintitantos minutos después de aquello y, para mi sorpresa, escuché como se abría un cajón. Al principio no hice mucho caso, vi imposible que Horacio estuviese buscando entre mis cosas. Aunque, a decir verdad, los celos que había mostrado en la cama hicieron dudar. Entonces me levanté y fui a su encuentro. Cuando llegué, Horacio estaba tumbado en el sillón.  

– ¿Sigues viendo el programa de cocina?,- le pregunté mientras me acurrucaba a su lado con cierto rechazo por su parte.

– Sí – me respondió con una actitud muy parca que complementaba su rostro serio.

– ¿Te pasa algo?  

– No.

– Te veo un poco raro.  

– Tengo algo de sueño. Quizás no he dormido todo lo que necesitaba.

– ¿Está bien este programa? – Le pregunté para romper un poco el hielo ante la posición de impasividad que estaba mostrando.   

– Pensé que la televisión no te interesaba.

– La cocina me gusta. Quería ver si eran capaces de retratar su esencia con las cámaras esas que tanto te gustan.

– Dicen que todo se pega menos la hermosura. Pero con esto me estoy quedando alucinado – subrayó con cierta ironía.

– ¿No me puede interesar la televisión?

– No, nunca lo ha hecho.

En ese momento Horacio se dio la vuelta y se frotó los ojos hasta casi ser desagradable.

– Por cierto, ¿qué vas a querer comer? El no trabajar hoy me ha despertado las ganas de cocinar – le pregunté con cierta sonroja.

– No sé, me acabo de despertar. Quizás es un poco pronto para hacer esa pregunta – volvió a responderme cortante.

– Bueno, voy a ver que hay en la nevera.