Joselu…
poco después de conocer al tipo con el que intercambiaría fluidos durante un tiempo, es decir, a Horacio, un hecho inenarrable del que no os daré cuenta cambió la percepción que tenía de lo que os cuento y los polvos pasaron a convertirse en una parte importante de mi existencia.
Horacio tenía un defecto o una virtud, según cómo se mire, maricones: le daba demasiado al alcohol. Se pasaba las noches buscando la escusa más apropiada para echar un trago – o unos cuantos – y así olvidar todo aquello que odiaba.
Esta afición a la bebida, según decía, sobre todo cuando la nostalgia le doblegaba, le venía de sus años mozos en el instituto. Años en los que su madre se divorció de su padre tras pillarle en la cama fornicando con otro hombre. Años en los que a la madre le dio por tener un novio cada semana. Tuvo tantos que Horacio no recodaba un número concreto. Lo que si le venía a la memoria era la frustración que le producía y todo el daño que le hacía el hecho de tener tan sumamente enfrentadas a las dos personas que más quería.
Yo, por mi parte, tengo que reconocer que en un principio no era ni de drogas ni de alcohol. A ver, maricones, las drogas las había probado y consumido, principalmente en fin de semana. Me sentaban bien. Muy bien. Pero no solía hartarme porque tampoco me llamaban demasiado la atención como para estar abonado a su consumo.
Por cierto, digo en un principio, porque, poco después de conocer al tipo con el que intercambiaría fluidos durante un tiempo, es decir, a Horacio, un hecho inenarrable del que no os daré cuenta cambió la percepción que tenía de lo que os cuento y los polvos pasaron a convertirse en una parte importante de mi existencia.
Después de esto Horacio y yo solíamos colocarnos los fines de semana. Algunos de ellos, sobre todo cuando cobraba, cogíamos un par de gramos al camello desdentado de turno, comprábamos el suficiente alcohol como para no salir de nuevas a la calle y consumíamos sin descanso a la vez que follábamos de las formas más extrañas imaginables.
Para Horacio esta práctica era positiva. Sobre todo, en lo que tenía que ver con afianzar nuestra relación. Decía que gracias a este ritual, nada barato y muy raro en todos los sentidos, entendíamos el sexo de una manera muy distinta a como lo hace el común de las parejas. Solía repetirme, principalmente los días posteriores a la práctica, que la acción regaba eso que la rutina acaba secando por el simple hecho de ser repetitivo.
Yo, siendo honesto, nunca lo vi con buenos ojos. Sabía que antes o después este jueguecito iba a reventar en nuestros culos. Sí, tenía claro que en cualquier momento lo que parecía algo prodigioso, sobre todo cuando se producía, iba a transformarse en un monstruo que cambiaría el sentido de nuestro ser y nos degradaría a la categoría moral que alcanza una pareja cuando se odia. Pero mientras duraba, hacía un poco oídos sordos y tiraban hacía delante con el objetivo último de no entorpecer eso que nos unía.
Recuerdo que tuve mi primer contacto con Rodrigo una noche en que Horacio estaba en su despacho haciendo unos retoques de un guion de una mini serie que nunca se estrenó. Yo intenté acercarme para echar un polvo, pero estaba muy agobiado.
– ¡Déjame trabajar tranquilo! – me dijo enfurecido, levantando las manos y elevando la voz.
– Perdona – le respondí para diezmar sus ánimos y hacerle ver que su maldito trabajo a veces destruía la química que nos unía.
– Siempre estás en medio cuando más liado estoy. Ponte una raya, o llévate algo de coca y vete a tomar algo. Pero esta noche necesito mucho tiempo. El proyecto es fundamental para mi carrera y a estas horas no hay por dónde cogerlo. Y todo por las malas artes de un puto guionista mediocre. Sí, un puto enchufe del productor ejecutivo que ha dado el resultado esperado para muchos.
Entonces di un paso hacia atrás, me detuve, le miré frunciendo el ceño y le pregunté muy enfadado:
– ¿Me estás echando?
– No, simplemente te estoy pidiendo que me dejes tranquilo. Te estoy pidiendo que necesito todo el tiempo del mundo para transformar una puta mierda en algo aceptable.
– Como veas, maricón. Todo el tiempo del mundo para tus cosas.
Luego de esto me duché, me puse algo de ropa y salí de casa dando un portazo. No sin antes ponerme un par de rayas y coger casi dos gramos, repartidos en medios, que guardábamos en un cajón secreto del salón.
Caminé durante un tiempo, arropado por el frío de la noche, mientras los efectos de la coca me hacían olvidar la escenita. Cuando sentí el primer bajón, pasé a un bar y me tomé varias cervezas. Entre tanto me puse otro par de rayas hasta agotar el primer medio gramo. Después marché a otro bar, así hasta pasar por cinco o seis.
Recuerdo que pensé en llamar a alguien, pero al día siguiente todo el mundo trabajaba y supuse que nadie me cogería el teléfono. Yo también tenía que hacerlo, es decir, trabajar, pero me habían echado de casa y encima llevaba un colocón de cocaína del quince, por lo que difícilmente podría dormir. Incluso puse algún que otro mensaje, pero nadie me contestó y el que lo hizo, se negó a salir.
Luego de todo este intento fallido de encontrar compañía pasé a un bar a tomarme la última. Recuerdo que el antro era raro. La luz era muy baja y el ambiente estaba muy cargado por el humo del tabaco. Los parroquianos daban más sensación de perdedores redimiendo sus penas que de gente normal disfrutando.
Pedí un tercio y me fui directo al servicio. Allí observé mi rostro en el espejo. Tenía un ojo peído y la mandíbula dislocada. Seguidamente fui al retrete, cerré la puerta, bajé la taza y me hice otra raya. Cuando empecé a sentir bajar la droga por la garganta, me senté y empecé a pensar en la bronca que había tenido con Horacio.
Para cuando la cabeza no me dejaba cavilar, me levanté, caminé hacia la barra y di un trago largo al tercio. El camarero dijo que pensaba que me había ido. Entonces, en ese momento, tras las palabras de quien regentaba el local, escorado en una esquina, un poco achaparrado, vi a Rodrigo. Estaba también solo. Bebía un güisque o una bebida parecida. Miraba como a ninguna parte. Tenía mala cara.
Con detenimiento caminé hacia donde estaba. Cuando llegué y sin que se percatase, me senté a su lado y, con un tono simpático, influido por el pedo y la nostalgia que me producía, le dije:
– No reconoces a los viejos amigos, maricón.
Durante unos segundos se quedó parado. Como si no supiese quien eran. Después me respondió:
– Voy tan pedo que he estado a punto de romperte la cara. Y no por el hecho de no conocerte, sino por decirme maricón. Maricón tú, maricón – exclamó con una sonrisa distorsionada a consecuencia del colocón.
Nos abrazamos. Nos dijimos lo que nos echábamos de menos.
Después hablamos de nuestras cosas. De cómo le iba en la vida y el amor y cómo me iba a mí en los mismos ámbitos. Le conté por qué estaba allí a esas horas y en esas condiciones. Le expliqué mi incidente con Horacio y me repitió una vez tras otra lo hasta las narices que estaba de su relación con Clara. También me habló de cosas de Judit, la novia de Esteban. Cosas que, honestamente, nunca entendí.
Me viene al recuerdo cómo nos pusimos varias veces y cómo seguimos bebiendo. Cómo poco a poco nos fuimos acercando. Y cómo, sin pensarlo mucho, le dije que si íbamos a dar una vuelta. Él me respondió que le apetecía otro trago, pero el camarero nos dio la mala noticia de que cerraba. Eran más de las cinco de la mañana y la licencia le permitía tener abierto hasta no más de las dos.
Caminamos a través de la noche y bajo el frío. Compramos algo de alcohol en una tienda clandestina cerca de la Puerta del Sol. Después nos sentamos en un callejón muy próximo a la Calle Pez y continuamos bebiendo. No había pasado la primera hora cuando agotamos la coca y no las dos cuando estábamos llamando a un camello con el que quedamos en Lavapiés. Camello que, por cierto, nunca se presentó – seguro que tenía cosas mejores que hacer que atender a dos colgados que le iban a fiar -.
Para cuando nos íbamos a despedir, cerca de Embajadores, yo me acerqué y le comí los labios. El no mostró ninguna resistencia. Así que le impulsé contra un coche, un Renault Megane de color amarillo, le desabroché el botón, le bajé primero la cremallera y después los pantalones y empecé a comerle la polla.
Al principio no se le ponía dura. Parecía que aquello le era ajeno. Pero pronto sentí como su semen se derramaba por mi boca. Me limpié, lo volví a besar. Y le di la vuelta. Saqué un preservativo que guardaba en la cartera, me lo puse, le bajé los pantalones y, con cuidado, empecé a penetrarle. Iba tan colocado que no sentía dolor alguno. No lo hice muy rápido. Por lo que tardé en correrme. Justo cuando ocurrió, pasó una patrulla de la policía, que hizo el amago de frenar. Rápidamente se subió los pantalones, yo me retiré el condón, hice lo propio y caminamos calle abajo.
En el camino no nos dijimos nada. Solo tiramos hacia delante como queriendo obviar lo que había pasado.
Cuando llegamos a Embajadores bajamos al intercambiador, cogimos trenes enfrentados y nos separamos de la misma forma que nos habíamos encontrado.
Tengo que decir que lo que ocurrió aquella noche fue un tema tabú unos cuantos días. Hasta que, sin saber por qué y con qué motivo aparente, volvimos a quedar. Fue entonces cuando volvimos a ponernos pedo y volvimos a penetrarnos sin amor, pero con mucho gusto y deseo. Tanto que esto se repitió una vez tras otra, convirtiendo nuestros encuentros en un método para que él olvidase su precaria relación con Clara y su desagradable situación laboral, y yo completase todo aquello que Horacio no me daba y tapaba artificialmente a base de drogas.
En fin, maricones, un lío.