Capítulo 52. Fuck Off, amor

Pedro…

Para mi desgracia, todas estas afirmaciones y muchas más que obvio, en vez de despertar la pena y el respecto entre los que me rodeaban, se habían convertido en un obstáculo o arma arrojadiza que, por lo general, me conducía a la marginación.

Para mí siempre fue difícil ser alguien destacado dentro del grupo. No tenía ningún carisma, no era muy agraciado, tampoco muy listo y menos aún abierto. A esto se sumaba la presencia obligada de mi hermano Joselu, un chaval raro y distinguido entre la masa por su papel de marica y en muchos casos por ser el epicentro de la mayor parte de las burlas del pueblo.  Era algo así como un grano en el culo que un día sí y otro también te dejaba en evidencia por el simple hecho de compartir sangre. Que si a Joselu le gustan las pollas, que mira cómo anda, que si le ha hecho una paja a no sé quién, que si se mete palos por el culo del tamaño de garrotes, que si el otro día guiñó el ojo a… eran algunas de las afirmaciones con las que se calificaba diariamente a mi hermano.

Para mi desgracia, todas estas afirmaciones y muchas más que obvio, en vez de despertar la pena y el respecto entre los que me rodeaban, se habían convertido en un obstáculo o arma arrojadiza que, por lo general, me conducía a la marginación. Si había que quedar para algo era el último en enterarme, si se compraban bebidas, drogas o lo que fuese mi palabra contaba poco por no decir nada, si había algún secreto no se me decía ni lo más mínimo…. ¡Y todo, joder, por ser el hermano de… Joselu!

Poco después de cumplir los 16 años y tras varios intentos descartados, tomé la decisión de dejar los estudios y ponerme a trabajar en la construcción. Es verdad que este paso fue muy sopesado, y más tras la insistencia de muchos de mis maestros, pero para entonces tenía claro que el cálculo o la gramática lo único que estaban haciendo era interrumpir mi objetivo principal: ser alguien dentro del grupo.  

Recuerdo como la mayor parte el dinero que saqué de aquel empleo lo dediqué a comprar drogas y alcohol. En casa no me pedían ninguna contribución a cambio y, por lo general, su consumo era el único salvoconducto eficiente que tenía para alcanzar el objetivo mencionado. Y he de decir que poco a poco esta inversión fue dando su fruto y el que era el tipo que siempre se mantenía – o lo mantenían al margen -, pasó a convertirse en alguien a quien la gente respetaba y con quien se solía quedar para lo que tocase. Fue algo así como un cambio de estatus que me elevó a un punto de la esfera social que nunca antes había imaginado. Un lugar entre la gente común que me permitió ser algo más que el hermano de Joselu el marica.   

Con la distancia tengo que reconocer que la gente que habla mal de la droga está en lo cierto. Aunque es verdad que, en esta sociedad, carcomida por la imagen y el yo soy, en ciertas personas esta sustancia juega un papel muy importante como instrumento de socialización. Se convierte en algo así como una puerta que permite acceder a los segundones a un mundo en el que jamás habían pensado que tuviesen cabida. Es un billete de ida a una parte del mundo que, por lo general, muchos observan de soslayo.

Ahora bien, también está lo que viene después, la parte negativa, lo que utiliza la gente común para decir que las drogas son malas. Y con esto no estoy hablando del dolor de cabeza, del mal cuerpo, los temblores, la falta de concentración o la psicosis que tantas veces provoca. A lo que me refiero es a la dependencia y a la ruina económica, psicológica y física que en la mayor parte de los casos generan.