Pedro…
Por mi cabeza pasaban pensamientos acelerados que saltaban de una neurona a otra y se clavaba después en mi corazón. Pensamientos que se trasformaban en sentimientos de culpabilidad alimentados a su vez por el recuerdo de lo mal que lo había hecho a lo largo de toda mi vida
Bajar el pedo tras una noche de coca con las primeras luces del día es complicado. La verdad, que muy complicado. Jodido, vaya. Y es que: ¿cómo cojones bajas dos gramos de coca con un par de porros?
Pero es más complicado cuando a tu lado, también puesto hasta las trancas, y al lado de la casa de tus padres, está sentada la persona a la que debes pasta por drogas y te está amenazando de muerte. ¡Porque te está amenazando de muerte! Y te está diciendo que si no le pagas pronto te reventará la cabeza y empezará a sufrir gente a la que verdaderamente quieres.
Aquella noche estaba muy jodido. La cocaína no me había sentado muy bien y me encontraba alterado. Por mi cabeza pasaban pensamientos acelerados que saltaban de una neurona a otra y se clavaba en mi corazón. Pensamientos que se trasformaban en reproches, alimentados por el recuerdo de lo mal que lo había hecho a lo largo de mi vida. Era algo así como si un ser enjuiciador, sin alma y sin cuerpo aparente, estuviese sentado delante de mis narices pidiéndome cuentas y acusándome de todos y cada uno de mis errores.
– Sabes lo que te digo, ¡y no quiero escusas! – indicó el tipo con quien tenía una deuda. Un hombre de unos cuarenta años, de piel pálida, mirada moribunda, chaqueta de cuero curtido y voz ronca a quien la vida no le había tratado nada bien. Y digo esto no porque conociese todo sobre su pasado o por la pinta de sicario que envolvía su esfera social, sino por la colección de cicatrices que, repartidas por puntos dispares pero visibles de su cuerpo, mostraban lo mucho que había sufrido en otro memento de su existencia.
– Te juro que el dinero lo vas a tener, joder. ¿En algún momento te he dicho lo contrario? – respondí nervioso mientras por mi pensamiento seguían pasando ideas descoordinadas a toda velocidad.
– No, no me has dicho en ningún momento lo contrario, pero es que ya van camino de dos meses y no veo un duro. Y cuando esto pasa – dijo enseñándome un puñal de más de 20 centímetros – por lo general me pongo muy nervioso. Sea quien sea la persona que tengo delante.
– Te dije cuál fue la causa – respondí a la vez que reorientaba la posición de la melena grasienta que cubría mi rostro carcomido. Después de esto, me coloqué el vaquero desgastado, que sujeto a mi cintura tapaba la figura cenceña de mi cuerpo, y añadí -: ¿No te vale?
– ¡Y a mí que cojones me importa la causa! Así anda todo el mundo, joder. Y si hago caso a las escusas y más escusas de la gente, nadie me paga.
– Yo te he dicho que vas a tener el dinero.
Entonces el tipo al que debía pasta se dio la vuelta, miró la arboleda que crecía en un parque situado en frente de la casa de mis padres, se sacó un cigarro y, justo cuando lo iba a encender, me preguntó con una sonrisa partida por la mitad:
– ¿Quieres otra raya?, te invito a pesar de que seas un hijo de puta que no me paga.
– No, me estoy fumando el porro de dormir. Voy bastante colocado – respondí rascándome los ojos, mientras observaba también por la mitad la casa de mis padres, que solitaria y en piedra emergía en una calle situada a las afueras del pueblo. Una calle formada por otras dos casas vacías.
– ¿Me desprecias una raya? – preguntó en tono amenazante.
Y lo hizo poco después de que las primeras luces de la mañana empezasen a despertar a los primeros pájaros del día. Y de que mi vecino de la calle de abajo, sacase a su perro con la mirada clavada en nuestras siluetas, todavía mal iluminadas por la escasa luz que proyectaba el sol en su primer estadio.
– No, es que no puedo más, es que quiero dormir. Quiero dormir algo.