Pedro…
Con ella las cosas de mi día a día cambiaron mucho. Sobre todo, en lo que tiene que ver con las acciones concernientes a andar por el mundo como un animal que no rinde cuentas nada más que a sus exigencias. Pero otras tantas se mantuvieron o, incluso, empeoraron. A lo que me refiero es a mi adicción a las drogas o a los problemas casi continuados con mi hermano y su jodido entorno
Fueron unos años desequilibradísimos: mujeres, drogas, fiesta, amigos, falsas compañías que, por lo general, molaban, más drogas, más fiesta, desastre en lo laboral, problemas en casa, otro poco más de fiesta… más drogas…. Amores pasajeros que nunca cuajaban, pequeños viajes a ninguna parte… más drogas. Todo un coctel de acciones y decisiones perfectamente agitado y repartido hasta que, un día como otro cualquiera, en un lugar que no recuerdo bien, conocí a Paula. Sí, a Paula. La mujer de mi vida hasta ese momento. La chica diferente entre las distintas. Ese prototipo de belleza femenina que te entra por los ojos, el olfato, los oídos y la piel. El tipo de novia que todo el mundo ansía cuando lo que quiere es un poco de control dentro de caos.
Con ella de pareja las cosas de mi día a día cambiaron mucho. Sobre todo, en lo que tiene que ver con las acciones concernientes a andar por el mundo como un animal que no rinde cuentas nada más que a sus exigencias. Pero otras tantas se mantuvieron o, incluso, empeoraron. A lo que me refiero es a mi adicción a las drogas o a los problemas casi continuados con mi hermano y su jodido entorno. En ambos supuestos, la presencia del marica solo hizo atascar un engranaje que de un tiempo a esa parte no funcionaba del todo bien.
En lo personal nuestra relación fue bastante sana – tomando como términos mensurables los estándares que todo el mundo conoce -. No abusábamos el uno del otro y siempre sabíamos poner los límites oportunos a todas nuestras acciones. Además, era frecuente entre nosotros delimitar hasta donde llega nuestro espacio para que la libertad fuese proporcional al hecho de estar juntos. Éramos, si se puede decir, una especie de binomio que con el tiempo fue creciendo como pareja tanto en cuanto nuestras acciones se trasformaron en momentos compartidos y recordables.
Aunque tengo que decir que todo esto en parte se desquebrajó, y más segundos después del beso en los morros de mi hermano a mi colega Pablo. Sí, aquella triste, pero no por ello valiente escena, que cambió mi relación con mi hermano y con parte del conjunto de los individuos que me acompañaban en mi día a día.
Paula siempre había defendido a Joselu. Me recriminaba continuadamente que no hiciese nada por protegerlo y que no pusiese a la gente en su sitio cuando le dejaban en ridículo. Pero yo era incapaz. Es verdad que sufría mucho, seguramente el que más, pero mi reputación, lo tengo que reconocer y aunque mi postura sea muy egoísta, estaba en juego.
Recuerdo como una hora después de que dejase sangrando a mi hermano en el baño, Paula se acercó y, bruscamente, me pidió que nos marchásemos.
Yo le hice caso, por lo que cogí mis cosas, que había dejado sobre una silla escorada en el otro extremo del garito, salimos a la calle y, pocos metros más allá de donde nos encontrábamos, empezó a gritarme como una auténtica histérica:
– ¡Te has portado como un maldito cobarde! Has preferido dejar a tu hermano humillado y sangrando por no quedar mal con tus amigos. ¡Tanto te cuesta ser tú mismo y amar un poco más a los que verdaderamente te quieren y no pensar tanto ti y en lo que dirán de ti los demás!
– No es así – supliqué condescendientemente.
– ¿Entonces cómo es?, joder.
-No lo sé. No me agobies, ahora no puedo pensar, bastante dolor tengo.
– Si tuvieses dolor te darías ahora mismo la vuelta, le echarías pelotas, recogerías a tu hermano y hablarías con Pablo. Vaya, catarías de una puta vez la gallina a Pablo y sus amigos.
Agaché la mirada. Después fruncí el ceño y, con un tono enfurecido, grité a escasos metros del coche del cura:
– Mira, guapa, por qué no me dejas en paz.
– ¿Sabes una cosa? Sé que todo parece muy de color de rosas, pero en el fondo esa actitud que demuestras me mata.
– ¿A qué viene eso ahora?
– Pues si te soy sincera, a que muchas veces pienso que no sé si tienes corazón, viendo cómo te comportas con tu hermano. Muchas veces me pregunto si, alguna vez, te dará por hacerlo conmigo si algo de mi les molesta a tus amigos, conocidos o compañeros de rayas