capítulo 55. fuck off, amor

Pedro…

En ese momento volvió a mirar hacia otro lado, aunque ahora sin desplazarse. Después dio un puñetazo al viento y soltó gran cantidad de aire. Como si quisiese demostrarme su malestar.

– La coca fue a una cuneta de la carretera – respondí nervioso -. Allí se quedó o allí pensamos que se iba a quedar. O por lo menos esa fue nuestra idea. Y es que cuando fuimos a por ella a la mañana del día siguiente, no había ni rastro del polvo. Y mira que lo buscamos. Pero nada. Parecía como si el bolsón se lo hubiese tragado la tierra.   

El camello me miró extrañado. Luego de esto frunció el ceño, hizo ademán de que buscaba algo entre la arboleda del parque y, tras encenderse un cigarro y no ofrecerme otro, me preguntó mientras soltaba con energía el humo de la primera calada:    

– ¿Cómo no iba a haber nada?

– No, no había nada.

– ¿Y no buscasteis bien?

– Sí, claro, lo hicimos. Me ayudó, incluso, mi primo “el furtivo”. Que tiene muchas actitudes para esto de la búsqueda de precisión. Estuvimos toda una mañana mirando y remirando el terreno.  Pero nada de nada.

– ¿Y entonces?

– No estaba, ya te lo he dicho. No encontramos nada. Solo basura atada a rastrojos de todo tipo.

– ¿Y no sabéis quién cojones puede tener los veinte gramos de coca? No son ninguna tontería en cuanto al peso y el espacio. Guardar eso requiere de pelotas y de conocimiento. Y digo esto porque mi mujer nunca lo haría y mi madre nunca sabría que era para hacerlo.  

– No, por esa carretera pasan muchos coches a diario. Y no solo turismos que van al pueblo. También lo hacen camioneros y todo tipo de parásitos de la vía. El carreterín conecta con la comarcal.

– ¿Qué carreterín?

– La TO-345. A la altura del Arroyo Húmedo.  

– No sé dónde hostias está, la verdad – respondió seco -. Pero uno no se encuentra veinte gramos de coca, así como así, y se lo guarda para su consumo. Y menos en un pueblo, la verdad. Dónde todo se sabe.  

– No lo sé, de verdad.

En ese momento y para mi sorpresa el camello caminó hacia un lado. Después, efusivo, se dio la vuelta y me dijo casi a modo de reproche:  

– Alguien os tuvo que ver. ¿a lo mejor fue la policía? La madera es más lista de lo que pensáis todos vosotros, gilipollas.

– No, imposible. Tengo muy claro que los maderos no vieron nada. Se marcharon sin más cuando nos vieron.  

– Es que no me cuadra nada. Alguien cercano os tuvo que ver buscando la coca y la encontró antes. O, a lo mejor, incluso, os vio el día que la tirasteis.  

– No lo creo. Tú bien has dicho que todo se sabe.

– ¿Entonces quién la tiene?

– Alguien de fuera. Te repito que pasan muchos coches por ese carreterín. El que sea una mierda no lo exime de que no tenga el suficiente tráfico para convertir una anécdota en una putada.

– Te repito nuevamente que aquí algo no cuadra.

– A nosotros tampoco.

En ese momento volvió a mirar hacia otro lado, aunque ahora sin desplazarse. Después dio un puñetazo al viento y soltó gran cantidad de aire. Como si quisiese demostrarme su malestar.

Tenía claro que el efecto de la última raya le había alterado demasiado. Cerraba y abría el puño de la mano con la que no sujetaba el cigarro. Yo también estaba nervioso. Temía por la integridad de mi cara. Por lo que me alejé e, imitándole, me encendí también un cigarro, el cual fumé con intensidad dando caladas cortas pero intensas.  

– Bueno, me da igual. Me da igual como la perdiste y como puede estar. Lo único que quiero es el dinero de una puta vez.