Pedro…
Esta distancia empezó indirectamente a carcomerme, algo que me destruyó emocionalmente e hizo que aumentase el consumo de drogas y de alcohol. A todo esto, hubo que sumar que encontrar trabajo cada vez fue más complejo, por lo que el dinero del paro comenzó a acabarse. Los apuros económicos se sumaron a la lista de mis preocupaciones, y todo ello, en cascada, conformó una amalgama de pensamientos negativos que poco a poco dieron pie a un estado depresivo casi perpetuo.
Intenté contactar con mi hermano Joselu para que Paula volviese a quererme. Pensaba que de esa forma me ganaría su amor, algo que haría que estuviese más cerca de mi hijo. Quería demostrarla que, a pesar de todo lo que nos había ocurrido y de no ser así, Joselu estaba en el centro de mi corazón. Es duro decir esto, pero, en el fondo, el amor hacia mi hermano era falso. Sí. Quizás le tenía más rencor que afecto. Su presencia, como vengo diciendo, había deteriorado por muchos años mi imagen hacia el mundo. Y eso, como también vengo diciendo, nunca se lo perdonaría.
En los primeros meses tras su nacimiento veía a mi hijo Mario con mucha frecuencia. Es verdad que en este tiempo mi relación con Paula mejoró. Hicimos varios intentos de volver y de estar juntos, pero con el tiempo nos dimos cuenta de que nuestro amor se había agotado. Ella empezó a endurecer su carácter hacia mí y yo poco a poco comencé a separarme de la persona que había traído al mundo. La inercia de su mala leche creó una especie de barrera entre los tres que muchas veces me mantuvo semanas sin saber del niño, muy a pesar de vivir en el mismo pueblo y muy a pesar de tenerle a escasas calles de dónde vivía.
Esta distancia empezó indirectamente a carcomerme, algo que me destruyó emocionalmente e hizo que aumentase el consumo de drogas y de alcohol. A todo esto, hay que añadir que encontrar trabajo cada vez fue más complejo, por lo que el dinero del paro comenzó a acabarse. Los apuros económicos se sumaron a la lista de mis preocupaciones, y todo ello, en cascada, conformó una amalgama de pensamientos negativos que poco a poco dieron pie a un estado depresivo casi perpetuo.
Inmerso en este maldito caos, tomé la decisión de formalizar legalmente la situación con el poco dinero que me quedaba en el banco. No quería que los numeritos continuados de Paula dificultasen todavía más la relación con mi hijo. Conseguí algunos logros, dos vistitas a la semana y un fin de semana cada dos semanas, pero a la vez me metí en el problema añadido de cómo pagar la pensión cada mes. Los costes del abogado dilapidaron por completo mis ahorros.
Entonces, mis padres, preocupados como siempre, empezaron a sufragar mis gastos. Hasta que, un día, seguro que hartos de que gran parte de ese dinero lo emplease también en el ocio caro e inmoral de las drogas, pusieron fin a una contribución que pronto tacharon de injusta, deficitaria e irracional.
– Para salir y para las juergas no tienes problemas. Te damos el dinero con todo el gusto del mundo. Pero no, ya estamos hartos de que nos trates como gilipollas. ¿No te das cuenta de los que estás haciendo con nosotros, Pedro?
Profirió mi madre tras una fuerte discusión de mi padre, que, enfurecido, golpeaba el marco de la puerta con el puño derecho diciendo algo así como:
– Y el trabajo, te despidieron. ¿A que sí, a que te despidieron?… ¡Pues búscate un puto trabajo de una vez! ¡Joder! Vaya hijos, vaya mierda de hijos que he tenido. ¿En qué me he equivocado joder, Dios? ¿En qué cojones me he equivocado? No comprendo cómo me diste este par de calamidades.
Como era de esperar, una vez retirada la contribución de mis padres, llegaron los agobios a mi vida. No podía más, estaba sumamente apretado salarialmente. Moví currículums, pero sin conseguir nada a cambio. Hablé con mi antiguo jefe, pero me dijo que no necesitaba a nadie en su empresa. Que, si así era, me avisaría. Fui de un lado a otro. Bebiendo y dejando pellas en los bares. Ofreciéndome para lo que fuese y cuando fuese. Pasando algo de costo que me daba para pagarme los porros. Pensando en la forma más eficiente y rápida de pagar esa maldita pensión. Si no lo hacía, y los pagos se retrasaban, Paula acabaría llevándose por completo al niño y no le volvería a ver. Y no le volvería a ver no solo por mi culpa, que en parte la tenía, sino también por la intención de su familia de apartarme del chaval lo antes posible y dejar a un lado al que consideraban una mala influencia. Situación que se acrecentó el día en que Paula presentó en su casa a Ernesto, un arquitecto hijo de otro arquitecto que estaba forrado hasta las cejas.
– Vaya cambio que has dado, hija. Pobre niño, la verdad, tener un padre como el que tiene – dijo la madre de Paula a ésta.
– No hables de Pedro, no quiero saber nada de él.
– Menudo sinvergüenza.
– ¿Sabes una cosa?
– ¿Qué?
– Ernesto me ha prometido que me llevará a Roma. El sueño de mi vida, mamá. Es que es maravilloso. Siempre pensando en mí y en las cosas que me gustan. ¡Cuánto ha cambiado todo! De verdad.
– Ernesto te va a dar todo, hija. Pedro solo te daba dolor. Ernesto te va a llenar como persona, pero también como mujer. Hay que saber con quién se está.
– Olvida a Pedro, mamá.
– ¿Cómo voy a olvidarle? La que te ha hecho pasar y la que nos ha hecho pasar. ¿O es que acaso no lo recuerdas?
– Sabes, mamá, la pensión del mes me da a mí que no la va a pagar. Porque me ha dicho que los padres ya se han negado a ayudarle. Algo que comprendo, la verdad. ¡Qué pena tener un hijo tan desgraciado!
– Valiente cabrón y pobre familia. La que tienen esos padres con esos hijos: uno maricón y el otro un desgraciado.
Menudas hijas de puta, pensé mientras me contaban lo leído y la poca fuerza vital que todavía tenía se perdía entre cada una de las palabras que escuchaba.
La desesperación, el hastío, la mala praxis y, sobre todo, la intentona de no fallar con el pago de la pensión, me llevó a hablar con Juan Carlos: un inútil e incapaz donde los haya, que sobrevivía gracias a la caridad de su abuela, y del que, ante sus continuas necesidades económicas, supe que se uniría conmigo para mover coca en gran cantidad y así sacar pasta para seguir sobreviviendo.