Pedro…
– No sé por qué cojones estoy escuchándote, la verdad. No sé por qué cojones estoy haciendo tan desagradable e improductiva acción. ¿Será porque tengo ganas de que me des el dinero lo antes posible? ¿O simplemente porque estoy cogiendo el gustillo a tenerte cerca? – dijo el camello con cierta ironía.
El camello se había sentado en un banco que había a unos metros de donde nos encontrábamos. Después había sacado un gramo de cocaína que estaba por la mitad. Se disponía a preparar un par de rayas. No le iba a resultar nada fácil, la humedad lo hacía imposible. Mientras calentaba con un mechero el lomo de la cartera, en la que tenía previsto volcar la droga, me dijo sin motivo aparente:
– No entiendo nada.
A lo que yo le respondí en la misma línea.
– Yo tampoco, tío
– Mira, no te pongas sentimental. ¿Quieres otra raya? Había pensado preparar dos.
– Bueno. Ahora sí estoy más seguro y tengo que decirte que me apetece. Habrá sido el frescor de la puta mañana.
En ese momento sonó mi teléfono móvil. El camello alzó la mirada. Yo miré al suelo. Después saqué el aparato del bolsillo y clavé los ojos en la pantalla. Era Juan Carlos.
Me alejé unos metros y cogí el terminal.
Juan Carlos quería contarme que habían visto Miguel pasando coca por los pueblos de la zona. Le dije que estaba al tanto de todo y que seguía solucionando el problema con el camello.
Tengo que reconocer que, por primera vez en mi vida, vi a Juan Carlos desesperado y con la necesidad de tomar una decisión. Algo que me sorprendió bastante. Sobre todo, por la forma que tenía de ser.
– ¿Pero le has llamado? ¿Le has llamado de una puta vez? – pregunté a Juan Carlos bastante cabreado.
– Sí, tío, pero no hay manera de que responda. Parece que se le ha tragado la tierra. ¡Maldito hijo de puta! Si le tuviese a mano le mataba de un balazo en la cabeza.
– Pues estamos jodidos, la madre que nos parió a los dos por meternos en este puto marrón. Joder, de verdad.
– ¿Cómo está el camello? Nervioso, tranquilo, con ganas de matarnos, jodido…
– Pues imagínate – respondí, intentando con el silencio explicarle que no podía contarle mucho más. Que estaba muy cerca de mí.
– Supongo que no puedes hablar. Entiendo que le tienes cerca.
– Ni tú tampoco debes hacerlo. Venga, tío, te dejo.
Colgué el teléfono.
El camello apartó la mirada de la cartera y la clavó en mis ojos.
– El monguer del Juan Carlos nervioso: ¡quién lo iba a decir!
– ¿Has hablado con él estos días?
– Sí, claro. ¿Lo dudabas?
– ¿Y qué le has dicho?
– Lo mismo que a ti, que si no me daba las cosas que me debe, que le iba a matar. Lo que pasa que ese es más cagón que tú.
– ¿Más cagón?
– Sí. Más gilipollas, miedoso, más…
– Te entiendo.
– Saca un cigarro, que quiero fumarme un chino y no tengo el puto tabaco a mano.
– Voy a ver si me queda algo. No las tengo conmigo.
Tras mis palabras, el camello exclamó:
– ¡Eso sí que es una putada!
– Tampoco es para tanto. En mi casa mis padres fuman. Siempre puedo quitarles un cigarro.
– No me refería a eso.
– ¿A qué te referías?
– A eso…
El camello señaló a una persona mayor que se acaba de caer al lado de una fuente situada a escasos cien metros de donde nos encontrábamos.
– Vaya ostia.
– ¿Le ayudamos? – pregunté.
– Tú crees que estamos para ayudarle? – respondió con una falsa sonrisa, imposible de dibujarse por la droga.
– También es cierto.