La última cena. Fuck off, amor 5

Rubén…

También se había cambiado de zapatillas para evitar que el barro que llevaba pegado en la suela de la bota se esparciese.

Rubén se estaba colocando el pelo con esmero en el servicio. Lo hacía frente al espejo. Poco antes se había perfumado la ropa para contrarrestar el olor del humo que avanzaba sigiloso por el interior de la casa. También se había cambiado de zapatillas para evitar que el barro que llevaba pegado en la suela de la bota se esparciese.

Justo cuando estaba calentándose las manos con agua del grifo, apareció Diana y le preguntó:

– Nunca me has contado como se formó el grupo.

– ¿Qué grupo? – respondió Rubén sorprendió. Acto seguido apagó el grifo y se secó las manos con una toalla de colores que hacía las veces de trapo.

– El grupo que hoy se va a reunir. Dices que son tus amigos, pero tampoco quedas de forma muy asidua con ellos. Y no recuerdo la última vez que quedamos todos juntos. Por no decirte que dudo que haya ocurrido.

– De eso hace mucho, es verdad. Y sí, ha ocurrido. ¿Vamos al sillón y te cuento?

– Claro. Pero antes dime qué hacías en el servicio. Llevas un buen rato dando vueltas. Y tampoco he escuchado que estuviese cagando o meando.

– Primero perfumándome; y segundo peinándome. También me he quitado las zapatillas del campo. Estaba liando una buena de barro en el terrazo de la casa.

– Eres don perfecto.

– Soy como soy.

La pareja intercambió una sonrisa y se fue directo al sillón. Cuando llegó, y luego de sentarse, Rubén empezó a hablar con un tono bastante didáctico.

– El grupo como tal no ha existido nunca. Bueno, la mayoría nos hemos juntado. Esteban, Rodrigo, Pedro, Miguel. Luego yo me llevaba bien con Joselu, el hermano marica de Pedro y al que Pedro no defendía a pesar del maltrato que recibía por parte de sus amigos. Y también me llevaba bien con Amparo, la hermana especial de Miguel. Amparo y Miguel no se hablaban. Ahora creo que sí después de lo ocurrido. Y luego Joan era el novio de Amparo. Joan es un tipo interesante. Siempre que puedo hablo con él.  

– Sí, eso lo sé. ¿Pero dónde os conocisteis?

– ¿Joan y yo?

– No, todos.

–  Pues no sé, en el pueblo.

– Pero, ¿cómo?

Rubén se quedó pensativo. Después, respondió:

– Pues a Rodrigo y a Pedro los conozco porque iban conmigo a clase. A Esteban de jugar los veranos. A Miguel porque jugaba con él al fútbol. Y a Joselu, pues de Madrid, la verdad. Porque en el pueblo nunca intimé más allá de respetarle cuando todo el mundo lo humillaba. Era un poco marginal. Y a Joan… ya lo sabes. Y a Amparo, pues ni idea. Me lie una vez de pequeño con ella.

– ¡No me jodas! – exclamó Diana con cierta sorna – ¿Eras un rompecorazones? ¿tú?

– Sí. Vaya, que sí que me lie. Pero nada, cuatro besos. Y no, no era un rompecorazones.

– ¿Y entre ellos se han llevado bien?

– ¿Entre quienes?

– Entre todos los del grupo.

– Sí, algunos han sido grandes amigos y otros menos amigos, además de hermanos. Pero ya sabes, en el pueblo somos cuatro y al final te acabas juntando.

– Pero entonces no eráis una banda.

– ¿Una banda? – preguntó Rubén sin saber a qué se refería Diana con aquella expresión tan chabacana.

– Sí, un equipo inseparable.

– Eso es más de las películas de Hollywood. Se puede decir que nosotros fuimos amigos circunstanciales. Algunos hermanos, otros hasta amates. Algunos se adoraban, hoy día ni se miran.

– ¿Y por qué los invitas a esta cena?

– Porque son mis amigos.

– ¿Crees que lo son?

– Si.

– ¿Crees en la amistad?

– Si. ¿Tú no? Tú tienes amigas.

– Y no crees que la amistad es lago de la adolescencia.

– ¿Qué dices, Amparo? – respondió Rubén un tanto extrañado. 

– Sí, algo que desaparece con los años cuando el ser humano entendemos que nuestra pareja, que luego es nuestra familia, o nosotros mismos como individuos, somos más importantes que esos a quienes un día consideramos una parte muy importante de nuestra vida.

– ¿Y por qué me dices esto ahora? ¿Te molesta que quede con mis amigos? – preguntó Rubén afiliando nuevamente el carácter. La mala vena le había aflorado sin ton ni son.

– Para nada.

– ¿Entonces?

– Es una reflexión.

– Ah.

En ese momento Rubén se levantó. Fue al leñero, cogió un tronco y lo arrojó al fuego. 

– Por cierto, no te lo había dicho – interrumpió Diana.

– ¿El qué?

– Cuando estabas en el baño miré tu móvil. Ni Miguel ni Amparo vendrán a la cena. Dice Amparo que están muy jodidos por lo de su madre. Dice sentirse mal después de todo lo ocurrido y más a las puertas de Navidad.

– Amparo ha hablado por Miguel. Eso es que se hablan.

– Eso es. 

– Puf, pues ya solo quedan para cenar Rodrigo, Joselu y Pedro.

– Vaya tres.

– ¿Lo sabes?

– ¿El qué de las dos cosas que tengo que saber relacionadas con estos tres tipos?

– ¡Ay!, estás en todo.

– Sí, y deja de echar leña, que son las ocho pasadas y a las nueve como muy tarde vendrán y habrá que poner las brasas. 

– No sabía que supieses de lumbres – exclamó Rubén con cierta ironía.

– Todo se aprende.