capítulo 62. fuck off, amor

Pedro…

No nos quedaba otra que cantar ante nuestras familias, si no tendríamos movidas muy gordas con el camello. El tipo había estado dos veces en la cárcel y se rumoreaba que había matado. Sí, decían que se había cargado a un rumano que después arrojó al río. Por eso, durante años, estuvo viviendo en Venezuela.

No encontrábamos la cocaína. La buscamos durante días, pero no apareció. Incluso preguntamos a los posibles sospechosos de haberla hallado, pero nada de nada. La desesperación pobló nuestros pensamientos. Las sospechas solo nos llevaron a la confusión. El camello nos había amenazado de muerte. La fecha del pago de la pensión había llegado y Paula empezó a presionarme sin descanso. No sabía qué hacer. Bueno, no sabíamos qué hacer y nuestras discusiones crecieron. Crecieron hasta tal punto que un día casi llegamos a las manos. Pedí dinero a mis padres, pero mi padre, a pesar del llanto continuado de mi madre, se negó a dármelo. Incluso me echó de casa, aunque horas después rectificó y me llamó para que volviese.

No había salida. No nos quedaba otra que cantar ante nuestras familias, si no tendríamos movidas muy gordas con el camello. El tipo había estado dos veces en la cárcel y se rumoreaba que había matado. Sí, decían que se había cargado a un rumano que después arrojó al río. Por eso, durante años, estuvo viviendo en Venezuela.  

Recuerdo que en mitad de una tarde de aquellos días llamé a Juan Carlos. Le dije que se llevase los porros, que teníamos que determinar la idoneidad de un plan que se me había ocurrido. Una vez allí le conté cómo podríamos sacar la pasta. Era una locura, pero la ferretería de mi padre se solía quedar de tres a cinco de la tarde vacía con la caja registradora llena. Le dije que solía guardar en torno a tres mil euros, dinero suficiente para pagar al camello. Además, le comenté que sería muy raro que sospechase de nosotros, más que nada porque tenía prevista una visita a la ciudad que él conocería y que haría coincidir con el momento del robo.       

– No lo veo tío, no lo veo – repetía Juan Carlos una vez tras otra.

– ¿Y qué hacemos entonces, eh, dime tú algo?

– Pues no lo sé.

– Mira, tío, es lo mejor, ya no podemos chafarla más, y si la chafamos, pues no sé, cogemos una escopeta y nos tiramos un tiro.

Y eso hubiese sido lo más coherente, tirarnos un tiro. La tarde que entramos a la tienda fue un auténtico desastre. Lo preparamos todo a conciencia para que pareciese un robo realizado por profesionales, pero olvidamos el detalle de la obsesión de mi padre por la seguridad. Había instalado cámara y éstas nos delataron.

La mañana siguiente al robo, justo cuando hablábamos por teléfono con el camello para determinar el lugar donde hacer la entrega de la pasta, mi padre llamó a Juan Carlos. Entonces interrumpí al camello y le dije que luego seguiría hablando con él, que era una llamada muy importante de un familiar del que temía por su vida. Me respondió que le llamase lo antes posible. Que, si no lo hacía, me cortaba los huevos. Fui yo quien respondió directamente a mi padre.

– Ah, eres tú, Pedro – respondió sin mucha sorpresa, algo que de primeras me extrañó.

– Sí, papá, soy yo. ¿qué quieres?

– ¿Por qué respondes tú?

– ¿Qué quieres, papá?

– Que, ¿qué quiero?

– Sí, papá.  

– Que eres un gilipollas, hijo. Haz el favor de traer ahora mismo el dinero o llamo a la policía y vais tú y tu amigo a la puta cárcel.

– No sé qué dices, papá.

– Te he grabado, hijo, o lo que quieras ser.

Juan Carlos me miró fijamente a los ojos. Había escuchado lo que acababa de soltarme por su boca. Después se apartó y, nervioso, se encendió un cigarrillo.

– ¿Qué estás diciendo, papá?

– Cómo no me devuelvas el dinero en un par de horas, juro que llamo a la policía. ¿Te queda claro? Y deja de tratarme como si fuese un tonto. Te vuelvo a repetir que te he grabado.   

Colgué el teléfono.

A continuación, marqué el número del camello. No me lo cogió.

– ¿Qué hacemos? – preguntó Juan Carlos muy nervioso.

– Lo que hagamos nos va a salir mal. Voy a devolver la pasta a mi padre. Nunca le he visto tan enfurecido. Parece que va en serio. Y solo faltaba que ahora nos enchironasen.

– ¿Cómo no va a ir en serio? ¡La madre que nos parió!

Miré para otro lado. Después pensé. Mi hermano Joselu, el hombre que tanto había odiado y que tanto mal me había hecho, o eso pensaba, era el último recurso. Nunca creí que volvería a hablar con él, pero no me quedaba otra. Juan Carlos no daba soluciones y las que daban eran una auténtica mierda.

Horas después de aquella llamada, luego de haber pasado el trago de devolver el dinero a mis padres y que mis padres me hubiesen permitido quedarme en casa y darme la parte correspondiente de la pensión que debía a la madre de mi hijo, cogí el teléfono y marqué el número del lugar donde en teoría vivía mi hermano. No me contestó nadie. Insistí una vez tras otra, pero no hubo repuesta aparente. Entonces dejé un mensaje en el contestador. Decía algo así como que «quería volver a verle. Que me había equivocado. Que le quería.»

No me quedaba otra, pensé. Necesitaba contactar con él, arreglar la relación como fuese y que me dejase la pasta. Sabía que lo haría, él era así.