Miguel…
Lo malo del momento era que el hecho de que mi madre tuviese un tumor cerebral terminal, mi padre llevase en paro más de tres años y yo viviese de las limosnas de un cura violador no garantizaba para nada que estuviese llena.
Caminaba por la calle con la suficiente fuerza para llegar, meterme en la cama y dormir hasta el mediodía. La noche no había sido buena. Tampoco es que hubiese noches buenas y malas. Simplemente había noches en que salía, me drogaba y transitaba de un lado a otro sin un rumbo claro.
Aquella mañana, cuando llegué a casa, lo primero que hice fue pasar a la cocina y mirar en la nevera a ver si había algo para echarme a la boca. Me había hartado a porros y el estómago me pedía alimento. Lo malo del momento era que el hecho de que mi madre tuviese un tumor cerebral terminal, mi padre llevase en paro más de tres años y yo viviese de las limosnas de un cura violador no garantizaba para nada que estuviese llena. Y así fue, la nevera estaba completamente vacía. Tan solo encontré una lata de cerveza y un bote de mahonesa que había caducado meses antes.
Cerré la nevera y me fui a la cama. Una vez dentro, arropado por la humedad que proyectaban las sábanas sobre mi esqueleto, me percaté de que lo del sueño no había sido más que un pretexto inconsciente de mi subconsciente para refugiarme del frío que hacía en la calle. Ya desvelado empecé a pensar en todas las gilipolleces que daban forma por aquel entonces a mi vida. Pensé en mi soledad, en mi marginalidad, en la falta de amigos reales que tenía… Media hora después y ante la imposibilidad de conciliar el sueño, fui al salón y puse la televisión. A primera hora de la mañana no había más que informativos desgranando las noticias que iban a ser repetidas como un mantra a lo largo del día. En ese momento se abrió la puerta. Despacio, con el pijama y las zapatillas de estar en casa, apareció el rostro arrugado de mi padre. La desgracia de la crisis se había llevado por delante la fábrica de muebles donde trabajaba, y ya llevaba camino de tres años sin empleo. Es cierto que al principio el paro más o menos dio estabilidad económica al hogar, pero una vez se terminó, los únicos ingresos que entraban fueron los de las triquiñuelas y los de la pensión por incapacidad de mi madre.
– ¿Qué haces despierto tan temprano? – preguntó mi padre mientras se acercaba al sillón.
– He venido hace un rato y no me puedo dormir. ¿Y tú, ya te despiertas?
– No, tu madre ha pasado una mala noche y no he pegado ojo. Venía al sillón a ver si aquí dormía un rato.
– Si quieres me voy.
– No, no hace falta. ¿Qué ves en la televisión?
– Nada, solo hay noticias.
– Estarán hablando del paro y de la crisis. Y de lo mal que lo hacen unos y lo bien que lo hacen otros. Las gilipolleces que dirán para seguir chupando del frasco.
– Sí, seguro. Tampoco es una cosa que me interese mucho.
– A mí tampoco, he perdido la esperanza en todo.
– Pues eres joven, hijo. Si has perdido la esperanza en todo a tu edad, qué será cuando tengas la mía.
En ese momento empezamos a escuchar varios gritos. Era mi madre. Segundos después mi padre salió corriendo hacia su habitación. Le seguí como pude. Cuando llegué encontré a mi madre tumbada en la cama completamente desarropada. Sudaba con intensidad. Tenía la cara hinchada y los ojos parecían salírsele de las órbitas. Pedía algo, pero era imposible entenderla. Por lo que, tras varios intentos desafortunados, mi padre optó por acercarse, abrazarla y consolarla a base de besos y abrazos. De poco sirvió aquello, la verdad. Minutos después tuvo que aplicarle un calmante de no sé qué sustancia para reducir los dolores. A la media hora y tras varios sollozos sucesivos, volvió a dormirse.
– Lleva así toda la noche.
– ¡Joder, mamá! ¡Quién la ha visto y quién la ve! – espeté apenado.
– Le queda muy poquito de vida, pronto te quedarás sin madre – dijo mi padre tajantemente mientras se sujetaba las lágrimas.
– No seas así de duro contigo y con todo. No puedes ser tan radical con las cosas.
– Es la verdad. Pero sabes, cuando en su estado la mandan a casa, ¿qué quiere decir?
En ese momento sonó el timbre. No sabía quién podría ser a esas horas. Entonces pedí a mi padre que se quedase en la habitación, fui hacia la puerta y miré por la mirilla. Era Delgado, un tipo bastante raro y medio atontando, que hacia las labores de monaguillo en la iglesia del pueblo.
– ¿Qué cojones quieres a estas horas? – le pregunté dejando ver mi malestar.
– ¡Lo saben!, Miguel, ¡Lo saben!
– ¿El qué saben?
– Ya sabes.
– ¿Qué estás diciendo?
– Juan Carlos me dijo anoche que le habías robado la coca, que la estabas pasando y que, si no se la devolvías, contaría a todo el mundo el chanchullo que tienes con el cura. Chanchullo, por cierto, que me implica – explicó muy agitado.
– ¿Y cómo lo sabe Juan Carlos?
– No lo sé, no tengo ni idea quien se lo ha podido contar. Eso es cierto. Y lo sabe porque me lo contó en persona, ¿tú le has robado la coca?
– A ver, tranquilízate.
– ¿Tú le has robado la coca?
– ¡Te quieres tranquilizar primero! – le regañé tras cruzarle la cara.