Capítulo 65. Fuck off, amor

Miguel…

Problemas educativos, mala conducta, abandono en casa, alcoholismo, drogadicción a temprana edad, trabajos de mierda fueron algunas de las acciones que describieron el tiempo que fue desde que salí del coño de mi madre hasta no mucho antes de que cuento esta historia.

De pequeño tienes sueños, muchos sueños. Crees que vas a conseguir grandes proezas, que vas romper las barreras por complejas que sean, que vas a ser un genio entre los genios. Pero conforme creces y según los años te van poniendo en tu sitio, te das cuenta de que la mierda de vida que jodió a tus padres, y que tanto odiabas y de la que en parte de té reías, es la misma que te maltrata sin descanso, de forma sistemática, como si de un ciclo cerrado de circunstancias adversas se tratase.  

Problemas educativos, mala conducta, abandono en casa, alcoholismo, drogadicción a temprana edad, trabajos de mierda fueron algunas de las acciones que describieron el tiempo que fue desde que salí del coño de mi madre hasta no mucho antes de que cuento esta historia. Pero, a pesar de todo, joder, mi vida, la que acompañaba a esas acciones, era como tantas otras, no lo niego. O por lo menos como tantas otras de mi entorno. Y es que tampoco hacía cosas tan distintas de las que hacían mis supuestos amigos: que si me drogaba, que si andaba buscando curro una vez sí otra también, que si odiaba el pueblo tanto como vivir donde mis padres, que si follaba de vez en cuando con quien me dejaba, que si no tenía un puto duro, que si…

Un día, más concretamente una tarde de las tantas que pasaba en el sillón aguantando los reproches y las voces de mi madre, con una edad que colaba de largo la mayoría, mi padre, desconsolado, llegó a casa con la noticia de que había sido despedido. Noticia que mi madre no encajó mal. Pero que para mi padre fue un jarro de agua fría que le llevó a una depresión primero y a no salir del bar después.

Y fue a partir de esto último cuando mi padre decidió tirar la tolla – si es que la había agarrado alguna vez con cojones – y empezó a regresar todas las noches colocado. Si, borracho hasta tal punto que muchas mañanas amanecía tirado en cualquier sitio que no era la cama donde acostumbraba a dormir con mi madre. Entonces mi madre, sin cortarse un pelo y para que se enterase todo el vecindario – si algo le jodía a mi padre era saber que sus vecinos sabían que era un fracasado -, le gritaba:

– ¡Lo ves normal, ves normal lo que estás haciendo con tu vida!

– ¡Pues no sé qué es normal! – respondía balbuceando; muchas veces agarrado a la barandilla de la entrada, tras la que, por lo general, descansaban sus vómitos. Junto a un florero, por cierto, que le había regalado su madre cuando se casó y que en parte simbolizaba el único gesto cariñoso de una familia, la suya – madre y padre y hermanos -, que le había dejado de hablar por causas que nunca supe. La verdad es que creo que fue por un reparto de una tierra. Que según una parte había sido más beneficiado y según la otra menos. Pero siempre fue un tema un poco tambú, que pronto aparté de mi vida.    

– ¿Hasta cuándo vas a estar así? ¡Búscate un trabajo de una puta vez! Tienes un hijo, tienes una mujer, facturas que pagar, un futuro por delante.

– Vete a tomar por culo.

Como era de esperar, poco a poco la paciencia de mi madre se iba agotando, a la vez que los recursos económicos de la casa fueron escaseando. Además, mi madre, que limpiaba las casas de varios conocidos en plena crisis económica, notó como el trabajo y los salarios fueron reduciéndose. Hecho que la hundió aún más psicológicamente y que fue la puerta de entrada al petardazo final que acabaría por arruinarlo todo.

Una tarde como otra cualquiera, mi madre llegó muy seria de no sé dónde. Aquel día no me contó la maldita historia de lo feliz que hubiese sido si en vez de casarse con mi padre hubiese ido a estudiar a la Universidad Laboral. Historia que repetía como un mantra desde que mi padre no hacía otra cosa más que beber y que, involuntariamente, le llevaba a recordar a sus padres, dos analfabetos recientemente fallecidos.

Aquella tarde, como decía, se metió en la cocina y no dijo nada. Después llegó mi padre y ambos se fueron a la habitación. Yo, mientras tanto, me puse a ver la televisión porque no entendía nada de lo que estaba pasando. Recuerdo ver un programa de preguntas y respuestas que pronto me aburrió. A las dos horas salieron de la habitación y me dijeron que los acompañase a la cocina. Mi madre se preparó un té en la taza preferida de la desaparecida Amparo. Después, los dos, sentados, con la cara descompuesta como si hubiesen visto a un fantasma, me dijeron que mi madre tenía un tumor. Sí, una mierda en la cabeza a la que le siguió mucho dolor, muchos vómitos, varias especulaciones, unos cuantos médicos, otros pocos ingresos y el terror que a mi padre le iba produciendo cada vez que era más consciente de que se quedaba solo en el mundo.   

– No hay marcha atrás. Está muy avanzado y será cuestión de meses o un año, según la fuerza que tenga.

Fue la frase del doctor Rodríguez – según me contaron aquella tarde – y las palabras más repetidas por mi padre cada vez que pasaban los días y curaba sus penas con una botella de ginebra entre sus manos, mientras se preguntaba: ¿por qué a ella? ¿por qué ella y no otra?

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