Rubén…
La genética es tan genial que condiciona nuestra forma de comportarnos, de relacionarnos con el grupo, de crecer como personas.
Dicen que cada uno somos de nuestro padre y de nuestra madre. Del mismo modo, cuentan que no tenemos que ver nada con nuestros hermanos. La genética es tan genial que condiciona nuestra forma de comportarnos, de relacionarnos con el grupo, de crecer como personas. La genética es tan importante que hace, incluso, que el mundo gire unas veces a un lado y otras al otro. La genética dice que tú mañana acabarás siendo un importante abogado o un desgraciado enganchado a cualquier porquería de diseño. La genética es tan puñetera, que, por mucho que la construcción cultural lo impida, acaba provocando fisuras en el sistema que cambian la manera de pensar de los pueblos y la arrojan a precipicios como si de escombros se tratase.
Todo esto lo tenía muy claro Rubén. En parte porque todo lo relacionado con este campo era lo que más le apasionaba y lo que le permitía discutir horas y horas con Diana. Lo genes eran para Rubén, muchas veces, lo que para Amparo era Rubén.
En todas las asignaturas que cursó en la carrera sobre este tema, Rubén fue el mejor. Lo estudiaba con tesón. Habla de ello como si no hubiese un mañana. Y en esa tarde del día 23, como no, también lo hacía. Lo hacía después de analizar cómo le había ido en la vida a cada uno de los invitados a la cena y de determinar qué parte del fracaso o del éxito de los mencionados dependía de los genes. Sí, aunque en el caso de Esteban le hacía dudar. Vaya, le hizo dudar Diana, que decía que ahí más influía la situación social del compañero que la genética. También en el caso de Joan. Aunque aquí tampoco lo tenían tan claro. No, que va. Dónde si lo tenían claro era en el supuesto resultante de su hermano Miguel y él. También en el supuesto de Diana y su hermana Estefanía.
– ¡Qué distinto has sido siempre a tu hermano! – exclamó Diana.
– La verdad es que sí, no te lo voy a negar. Él era más pequeño y siempre creció bajo la sombra de la perfección que yo proyectaba donde iba.
– Sí. Es evidente. Y por eso, en parte, te odia. Un odio sano, claro – matizó la novia de Rubén, como queriendo restar importancia a lo que acaba de decir.
– ¿Tú lo crees? – preguntó éste sorprendió.
– Si.
– La verdad es que puede ser. Y más porque, sin creérmelo demasiado, en el deporte era el mejor, era el que mejor dibujaba, era el mejor en la música, era el que mejores notas sacaba de clase. Joder, sacaba todo diez, sabes. Mis padres me regañaban para que me fuese a acostar y dejase de estudiar en días cuando mis amigos todavía no habían tocado un libro. Las cosas se me quedaban rápido. Pero, aun así, no dejaba de estudiar. Me encantaba ser el mejor.
– Es sorprendente: ver tu habitación llena de copas.
– Sí, era el mejor. Aunque hay una cosa que no me gustaba de mí. Y que seguro que sigo repitiendo.
– ¿El qué? – preguntó Diana intrigada.
– Lo poco solidario que era.
– No te entiendo.
– Siempre he sido muy individualista; y eso no está bien.
– Pues cambia.
– Lo intento, pero no puedo.
Rubén agachó la cabeza y la clavó en la madera rasgada de la mesa que había junto a la chimenea.
– ¿Crees que mi hermano me odia? – preguntó Rubén con una pose cabizbaja.
Diana se quedó en silencio. Pensó durante unos segundos la respuesta.
– A ver, no como tal. Pero entiende que has sido ese ejemplo que nunca ha conseguido batir.
– Él es más ligón que yo.
– Rubén.
– Joder, hace sentirme mal. No lo voy a negar.
– Pues no lo puedes cambiar. Es la genética.
– Ahí sí que se ve bien.
– Oye, ¿por qué no le invitas a que se pase?
– No sé nada de él desde hace unos días.
– Llámale.
– No sé, es que…
– Venga.
Rubén se quedó pensativo. Miró con atención a Diana. Después se levantó, cogió la copa de vino y la volvió a llenar. Una vez lo hizo, la dejó sobre la mesa, la volvió a agarrar y dio un trago largo. Lo genes, se dijo para sí. Lo genes lo condiciona todo, pero a veces, nuestro comportamiento, puede cambiarlo todo, se volvió a decir. Entonces dejó la copa sobre la mesa, sacó el teléfono móvil y llamó a su hermano. No sin antes ponerse la chaqueta y salir, para sorpresa de Diana, a la calle.
– Hola, hermano – dijo Rubén con el teléfono en la mesa y tras escuchar unos tonos.
– Hola, Rubén, ¿qué quieres? – contestó Miguel desganado.
– Nada, saber qué tal estás.
– Bien, espero que tú también.
– ¿Sabes qué ya soy médico?
– Joder, qué bueno – apostilló Miguel.
– Sí, la verdad.
– Otro más para tu imparable carrera.
– ¿Por qué me dices eso? – preguntó de una forma un tanto rara Rubén.
– No, por nada.
– ¿Te molesta?
– No, por favor, Rubén, me alegra. No todo el mundo tiene un hermano como tú. Eres un orgullo para mamá, para papá y, sobre todo, para mí.
– ¿De verdad? – inquirió Rubén sorprendido
– De verdad.
– Siempre me has causado admiración. Lo que he fardado de ti con mis amigos.
– Me sorprende.
– ¿El qué?
– Lo que me dices.
– ¿No lo creías?
– Si, sí, claro.
– Ah.
– ¿Te quieres pasar a cenar? Había quedado con algunos de los del pueblo, pero parece que no viene casi nadie.
– Pues no lo sé, la verdad. Estoy en Toledo en casa de un ligue. Si me da el vinazo, voy.
– ¿Cómo que en casa de un ligue? ¿Y la novia? – subrayo Rubén con cierto recochineo.
– Ya sabes que no están las cosas bien.
– En eso siempre te he admirado.
– ¿En qué?
– En cómo te mueves con la gente. En cómo gestionas el amor.
– Anda, capulín. Te doy un toque.
– Vale.
– Hasta ahora.
– Hasta ahora.
Miguel colgó el teléfono. Rubén se quedó mirándolo mientras el frio le congelaba.