La ciudad…
Las horas pasan y el tiempo espera a los pasos que no doy. El olor a orines se mezcla con el recuerdo a fracaso ante una taza de váter. El acéifar del ventanuco sostiene el último gramo de podredumbre, mientras sabores huraños purifican los restos de lo que un día fue mi rostro. No queda nada, solo el pellejo que remarca la vena por donde el frío del metal fecunda la necesidad que me mueve.
Un grado de levitación me domina. Siento como a cada momento relojes inertes me hacen hereje del propio tiempo, transitando realidades lejanas dotadas de dosis con porciones extasiadas que rezuman por los resquicios que componen el contexto. Siento como mi corazón se desborda, mientras mis sentidos se desactivaban dejando mi vista vacua de todo espasmo que pueda formar imágenes coherentes en mi retina; cuando, de repente, dos golpes secos ponen punto y seguido.
Mis anhelos vuelven a mostrarme ante ti. Creo superarlo rodeado por humos de cigarros que calientan el poco espacio que crea tu ausencia. Tu rostro se muestra cuando pensaba que no te vería. Estoy desaliñado, confuso, pero creo llamar tu atención solo por la intranquilidad que representan mis sentidos. Miro a otro lado y pienso. No cabe duda, tanta palabra quedará en un papel en blanco, simplemente en un papel en blanco.