La ciudad…
Nunca supe lo que es sentir el miedo. La razón de los días acorralado en un paradigma de intelectualidad, ha dado paso a un vacío macabro.
Es parte de la vida la congoja; es algo congénito al ser humano que, desde el mismo instante que agota un segundo de tu existencia, se convierte en un constituyente más asociado al resto de tu vida.
Esa congoja es combinada con desentonos leves que tímidamente te vacunan contra una infección de sufrimiento. Pero cuando se manifiesta en su máximo esplendor, cuando te recorre cada parte de tu desquebrajado organismo, ¿para qué sirven las vacunas sino es para agravar, a causa de la impotencia allí presente, esa alevosía a tu ser más débil?
He despertado muchas mañanas atado a un sufrimiento atroz y lo único placido que he encontrado ha sido el vacuo consuelo de la expectativa. Ese consuelo que no llega, ese consuelo que destroza aún más cada minuto que pasa. Ahora sé, tras de todo, que la mejor forma de afrontar una dependencia es dudar de los pensamientos de bien estar. Porque para superar cada dolor que te aflige, es mejor ser un pesimista que encuentra su positivismo en una hipotética salvación que un positivista hipócrita