capitulo 81. fuck off, amor

Amparo…

Ambos nos miramos fijamente. Dimos un paso adelante y nos abrazamos con toda la fuerza que pudimos.

Por la cara de mi padre corría una lágrima mientras acariciaba el rostro devastado de mi madre. Podía observar como la pena quedaba reflejada en cada punto de su cuerpo. Era consciente de que ese organismo, el de mi padre, sucumbía al igual que el de mi madre. Nada tenía sentido en esta vida, posiblemente era la frase que continuamente cruzaba por su cabeza. Pues siendo francos, su vida, como la mía, había sido un auténtico fracaso. Su mujer a punto de morir. Él convertido en un desecho social. El máximo exponente de su proyecto terrenal, sus hijos, perdidos en la desolación de los días.

De repente, mi padre levantó la mano del rostro de mi madre y me miró a la cara.

Después, dijo:

– Voy a la cocina. Tengo que mirar una cosa que no sé si he cerrado. Vaya, el gas. Es algo que me atormenta constantemente. ¿Te importa que nos veamos en el patio? Y así no hay una pared entre nosotros.  

Me quedé en silencio durante unos segundos. No sabía qué hacer. No tenía conmigo todas.

Después le respondí.

– No hay problema.

Mi padre miró a mi madre un par de veces. Acto seguido comprobó que estuviese todo en su sitio. Miró el oxígeno, que las mantas la cubriesen, que la medicación estuviese en la mesilla… Tras esto dejó la habitación. Yo hice lo propio. Accedí al patio por la puerta trasera, puerta que siempre estaba abierta. El desorden era monumental. El césped estaba crecido, había restos de antiguos juguetes esparcidos por el suelo, los cables de la ropa colgaban casi a la altura del suelo, la pintura de las paredes estaba descorchada…

Cuando llegué al porche, me detuve. Estaba en frente de la cocina. Dentro, oía a mi padre cacharrear. También escuchaba parte de la conversación que estaban manteniendo mi hermano y Delgado. Interesada por el contenido de la misma, decidí acercarme a la ventana del salón. Pero justo cuando empecé a poner el oído, la puerta de la cocina se abrió y apareció mi padre.

– Ya estoy aquí – dijo buscándome con la mirada.

– Ya lo sé. Voy.

– ¿Qué haces?

– Nada, intentaba escuchar.

– ¿Y qué dicen?

– No tengo ni idea, no me ha dado tiempo. Justo has llegado.

– Bueno, no pasa nada.

– ¿Tenías el gas abierto?

– No, qué va. Manías de la vejez.

– ¡Ay, los años!  

Nos quedamos en silencio. En seguida me acerqué al lugar donde estaba. Ambos nos miramos fijamente. Dimos un paso adelante y nos abrazamos con toda la fuerza que pudimos.

– Cuanto tiempo hija, ¿dónde has estado? – me dijo.

– Muy lejos, pero a la vez muy cerca – respondí llorando.

– ¡Cómo se nos ha complicado la vida!

– Mucho, papá, mucho.

– ¡Cómo ha cambiado todo!

– Mucho, papá.

– Mi niña la lista. Con lo que disfrutaba yo con ella.

– Sí, papá.

– Puta vida.

– Maldita vida, sí.

– ¿Por qué cojones todo se tiene que torcer?

Nos soltamos.

Dimos un paso a atrás y miramos hacia otro lado. Lo hicimos como si estuviésemos avergonzados por lo que habíamos hecho.

Tras un rato de indecisión, mi padre preguntó:

– ¿Sabes qué puede hacer Delgado ahí? 

– No lo sé, padre, no sé nada de Miguel.

Le mentí, lo sabía todo.

– Llevan mucho tiempo hablando – dijo intrigado.

– Sí, la verdad es que sí.

– Miguel, que se nos ha hecho cristiano – bromeó.

-Sí, es curioso. Miguel cristiano.

– Buscando en Dios una respuesta a las desgracias. ¡Quién lo iba a decir!; ¡qué forma más cobarde!

– Cada uno busca la respuesta donde puede. Pero vamos, no creo que Miguel busque respuestas ahí. Sabes cómo es de raro y conoces perfectamente su manera de entender la vida. Será una forma de pasar el tiempo.

Y es que Miguel no era como todos creían. Ni mucho menos. Nada tenía que ver con esa persona fría que aparentaba cuando se movía por el mundo. Tenía sentimientos, y muchos… Sí, tenía tantos sentimientos que a veces le era difícil canalizar sus frustraciones. Prueba de ello, sin duda, era la respuesta a la pregunta que a continuación formularía mi padre.

– Oye, hija, ¿qué es eso del dinero que me habías dicho?