capitulo 80. fuck off, amor

Amparo…

Pero como en toda historia de mi vida, la realidad se impuso a la ficción y apareció el pigmento que oscureció la calidad que proyectaba todo aquello

Mi vida junto a Joan lo cambió todo. Mis costumbres, mis manías, mi forma de relacionarme… dieron una vuelta de ciento ochenta grados a mi personalidad, llevándome a entender ciertos conceptos vitales de una forma que nunca antes había conocido. No sé si existirá el amor, pero poco a poco fui entendiendo lo que era al menos el cariño. Tener a una persona ajena a tu casa que se preocupa por ti, era algo más que increíble para alguien que solo había querido a ratos. Algo que salía de la realidad a la que llevaba expuesta durante años. Algo que me hacía soñar despierta más de la cuenta.

Joan siguió viviendo en la ciudad junto a su padre, aunque pasaba la mayor parte del tiempo en el pueblo conmigo. Por aquel entonces estaba supuestamente estudiando ingeniería química y su paso por la universidad, a pesar de estar becado y depender en gran parte de esta ayuda, era mínimo.  Muchas veces le anima a que volviese a la ciudad, a que dedicase más tiempo al estudio y terminase la carrera, que era su principal obligación. Pero él sorteaba rápido la conversación y la centraba en cualquier tema por poco recurrente y entretenido que fuese.     

Pero como en toda historia de mi vida, la realidad se impuso a la ficción y apareció el pigmento que oscureció la calidad que proyectaba todo aquello. Su gran amigo, Álvaro, empezó a meterse demasiado en nuestra relación. Hasta tal punto que se generó entre nosotros una guerra muy particular. Una especie de combate por la figura de Joan, por el cuerpo de Joan, que tenía una dirección muy clara: la tragedia. Ahora bien, la razón de su presencia incondicional nunca la tuve clara. He de decir que tenía sospechas. Sospechas de muchos tipos. Sospechas que no eran otra que Álvaro sentía por Joan algo más que una amistad.

-Y este tío, ¿por qué tiene que venir hoy? – pregunté, con cierto mosqueo, una tarde antes de ir a un concierto de unos amigos de Joan. Concierto al que no me apetecía ir.

– Porque es mi amigo y me apetece – me respondió enfadado, sabiendo que volvía a la conversación de siempre que tanto odiaba y tan poco entendía.     

– ¿Tu amigo?

– Si.

– Pues parece algo más que tu amigo – exclamé con recochineo.

– ¿Qué estas insinuando? – preguntó enfadado.

– Nada.  

– La verdad es que no te entiendo. Siempre estás igual con él.

– Lo que no entiendo es como ese tío siempre tiene que estar ahí, en medio de todo.

– De verdad, me estás dejado flipado. Parece que tienes celos de Álvaro.

– ¿Celos? No, simplemente estoy cansada.

– Pero ¿de qué?

No le contesté, mis sospechas eran difíciles de explicar. Y más si lo hacía desde el punto de vista en que las entendía. Así que cogí el pintalabios, terminé de pintármelos y me acerqué a él. En su cara le dije que iría andando al concierto. Que me daba lo mismo que estuviese lejos. Que no me apetecía compartir mucho tiempo con él. Entonces Joan endureció el rostro, dio un par de puñetazos al sillón, cogió la puerta, dio un portazo y se largó.  Horas después nos encontramos en el concierto. Los dos bailando y saltando, los dos disfrutando. Pero a la vez sabiendo que algo raro estaba a punto de empezar entre nosotros. Teniendo muy presentes que lo que había insinuado era un hecho que marcaba un antes y un después en nuestra relación.   

Y así fue. Esas palabras provocaron una sucesión de malos rollos, que poco a poco fueron alimentando nuestro mal estar. Cuando estaba él, mi actitud empeoraba; un odio inexplicable surgía de mis adentros. Un odio que solo controlaba en aquellos momentos en que andaba perdida. Pero esos eran los menos, por no decir que no eran.

Recuerdo perfectamente como un día, harta, me acerqué a Joan de muy malas formas y, sin que esperase nada, le solté:

– Se terminó.

– ¿Pero por qué? – me preguntó sorprendido.

– Porque se ha terminado el amor.

– No lo logro entender.

– Pues entiéndelo.