capitulo 75. fuck off, amor

Amparo…

Soy de las pocas mujeres que piensan que las principales responsables de que exista el machismo, sobre todo en las zonas rurales, son las mujeres.

Nacer en un pueblo de la España profunda es algo complejo en todos los sentidos; y para una mujer, todavía más. Bueno, algo complejo si sigues el rol establecido, aceptado y defendido por una doctrina que se llama moral judeo-cristina.

Soy de las pocas mujeres que piensan que los principales responsables de que exista el machismo, sobre todo en las zonas rurales, son las mujeres. Sí, en muchos casos su forma de actuar y entender los conflictos entre géneros hace perpetuar una forma de comportamiento que en mayor medida denigra la condición femenina.

Por todo esto no me corto y lo digo: ¡por mucho que hablemos de libertad sexual vivimos en sociedades muy conservadoras! Tanto, que, cuando decimos que somos libres – las mujeres -, no nos damos cuenta que lo que estamos haciendo es escupir a nuestro propio género a la vez que repetir: nos resigamos ante la palabra del macho – algo muy parecido a lo que hicieron nuestras madres cuando dedicaron su vida a quitar las zurrapas a sus maridos o a ponerles el plato que muchas veces ni llenaban; o nuestras abuelas o las madres de nuestras abuelas, cuando atadas a la voluntad de un hijo de puta, que seguro sería nuestro abuelo o bisabuelo, normalizaban el maltrato psicológico y físico como se normaliza un estornudo, la falta de sueño después de beber una taza de café o el encender y apagar el televisor  -.  

También es cierto, no lo niego, que me llamasen puta nunca fue para mí algo descalificativo. Todo lo contrario. Follé desde joven. Hice lo que más me gustaba desde edades tempranas y disfruté con ello. El sexo hacía que me sintiese bien, me reconfortada, me elevaba a un estado que ni con la mejor droga alcanzaba. Gracias al sexo conseguía sumergirme en una dimisión en que lo racional quedaba de lado y lo irracional daba paso a lo primario, a lo más vulgar…. El sexo era para mí como es el sol a la tierra, la noche y el día o el más y al menos.   

Ahora bien, también es cierto que ser la puta del pueblo no era tarea fácil. El adjetivo en sí, como tal, – sí, como tal -, complicaba el normal desarrollo de la vida, haciendo muy difíciles acciones tan cotidianas como encontrar amigas dispuestas a compartir contigo unas risas, una fiesta o una simple conversación sobre el cabrón que te la ha jugado y que dice que se marcha cuando te ha hecho un bombo con dieciséis años.

En el momento que pensaba todo esto me encontraba sola en la habitación, tumbada boca arriba en la cama. Era el final de una noche más en la casa de campo en la que por aquel entonces malvivía. Había madrugado para empezar un nuevo día enfrentándome al abismo del aburrimiento. No tenía trabajo, tampoco muchos recursos económicos y pocas, por no decir ninguna, amistades. Había vuelto con Joan hacía un tiempo y, aunque mi relación era una auténtica mierda, la mantenía.   

Fui a la cocina y me abrí una lata de Coca-Cola. La pila estaba llena de platos y el ambiente dominado por el desastre. Olía a cerrado, al olor que deja la humedad que se crea cuando las ventanas llevan varios días sin abrirse. He de decir que no me tenía por una persona desordenada. Pero por entonces, cualquier intento de ser como siempre, era para mí algo imposible.

Bebí tranquilamente la lata de Coca-Cola mientras me fumaba un cigarrillo. Después la arrojé al cubo de la basura – que también rebosaba, como todo en mi vida -, y empecé a mirar por la ventana. En la calle las primeras luces de la mañana todavía no coloreaban bien los campos. Aparté la mirada de la ventana y la fijé en una fotografía que solitaria aguantaba en una parte de la encimera, junto a una pila de vasos de plástico. En la fotografía salíamos mi madre y yo en una excursión que hicimos al zoológico hace muchos años. Sonreíamos. Mirábamos con ilusión al objetivo de la cámara fotográfica. Sentíamos la complicidad que se siente cuando dos personas se aman.

Por momentos intenté retratarme al día que pasó aquello, pero la realidad se impuso al deseo. Entonces un ardor recorrió mi estómago. Empecé a sentirme mal. Llevaba años sin cruzar una palabra con ella y el hecho de que se fuese a morir en no muchos días me destrozada.

Volví a la habitación y me tiré a la cama. Miré al techo para ver si conseguía rebajar el malestar. Pero ni con esas. Pensé incluso en dar un trago a una botella de vino que guarda en el mueble del baño.

Pasados diez minutos, volví a la cocina, fijé la mirada de nuevo en el cuadro y me fui directamente al salón, donde desordenada y sobre el sillón, descansaba mi ropa. La había dejado la noche de antes. Me vestí. Después cogí las llaves de la casa, cerré la puerta por fuera y me fui a la casa de mis padres, mi antigua casa, el lugar del que un día salí huyendo.   

Caminé rápido bajo el frío de las últimas horas de la noche. Lo hice con la cabeza agachada para no tener que saludar a nadie. Llegué al pueblo, crucé las primeras calles hasta llegar a la mía, pero, una vez allí, algo me detuvo. Delgado, el curilla, estaba llamando a la puerta. Supe pronto por qué lo hacía, así que esperé hasta que mi hermano le abriese. No tardaría, me dije. Luego de esto caminé por el jardín hasta la habitación de mis padres. Me planté en la ventana y empecé a observar a través del cristal. Mi madre, que no la había visto desde que empezó con el tumor, estaba tumbada en un estado de mucha relajación. Tenía la cara muy hinchada y el cuerpo carcomido.

Me encendí un cigarrillo y empecé a observar detenidamente cada punto de su rostro. Lo hice mientras me percataba de que el marco de la ventana estaba a punto de estallar. ¡Qué desastre!, me dije. En ese momento me di cuenta que mi padre también estaba en la habitación. Con delicadeza, éste, que me había visto antes y que, por lo que intuí, se había escondido en una parte que estaba a oscuras, caminó hacia la ventana, la abrió y, con una voz suave, aunque derrotada, dijo:

– ¿Qué tal estas, hija? ¿Has visto como está tu madre?