capitulo 76. fuck off, amor

Amparo…

Porque era la lista, así me decía todo el mundo y así me dejaba claro la gente que conocía mi talento en cualquiera de las disciplinas a las que me enfrentaba.

Desde muy pequeña tuve un interés especial por las cosas que daban forma a la vida. La sabiduría era algo que caracterizaba a la persona que poco a poco me fui haciendo. Era, se puede decir, una chica con un coeficiente intelectual que estaba muy por encima de la media. Mi padre solía repetir – y más cuando llegaban mis notas y fardaba de ellas con sus amigos -, que me parecía a su tía Justa, la hermana de mi abuelo, una mujer que sumaba y leía como pocos lo hacían en su época. Mientras, mi madre, con esa actitud machista que le caracterizaba, quitaba hierro al asunto para dejarme claro que a lo máximo que podría aspirar, muy a pesar de mis brillantes calificaciones, era a una vida parecida a la suya, en que lo más transgresor había sido soñar con ir a la Universidad Laboral y follarse, por desgracia y sin estar casada, a mi padre.

Recuerdo el día que nació mi hermano Miguel. Por aquel entonces solía pedir un hermanito que no llegaba. También recuerdo cómo creció y cómo fue haciéndose un hombrecillo al lado de su hermana la lista. Porque era la lista, así me decía todo el mundo y así me dejaba claro la gente que conocía mi talento en cualquiera de las disciplinas a las que me enfrentaba. Matemáticas, deportes, letras, artes, daba igual lo que hiciese, siempre brillaba, era la niña perfecta, la lista; la tipa que llegaría al cielo, la tipa que conquistaría todo… hasta el maldito día en que, esa tipa tan prometedora, descubrió, quizás, la razón verdadera que movería su vida. Y no fueron los números, menos aún las letras o el arte. Tampoco el deporte. Fue algo que estaba entre mis muslos, que apareció poco después de venirme la regla y que, tras tocarlo varias veces – en una tarde de otoño en el cuarto de baño a eso de las ocho -, despertó un deseo que movería todas las decisiones que desde entonces tomaría.

Hablo de mi sexualidad, por si no os habéis percatado, y de la necesidad continuada y casi obsesiva de necesitar una polla – o un coño – a todas horas del día. Porque la necesitaba. Primero la de mis compañeros de clase. A quienes se la meneaba a cambio de nada.  Después la de los chicos de los pueblos de al lado. A estos incluso se la chupaba. Y luego la de aquel profesor de matemáticas, José Luis Alonso, con quien me fugué recién cumplidos los dieciséis años. Una locura que entonces hice y que me llevó a dejar el puebo donde vivía e emigrar a la gran ciudad.

Al principio de la relación con José Luis en el pueblo, no hubo ningún problema reseñable. Nadie sabía que nos enrollábamos. Pero conforme esto se fue alargando, el amor subiendo en intensidad y la noticia conociéndose por todo el mundo, el claustro del centro decidió consultar el caso a la autoridad educativa, quien dictó abrir un expediente al profesor, expulsándole de la función docente al menos en la comunidad autónoma. Y ese al menos, que de primeras y según lo interpuesto parecía permisivo, no le permitió reengancharse en la educación pública, es cierto, pero sí en la privada. En concreto, un colegio del sur de la capital lo contrató como profesor de física, contrato que nos permitió vivir durante un tiempo en el conocido barrio de Vallecas.

Al principio, la convivencia con José Luís fue maravillosa – como todo -: follábamos, nos divertíamos, conocíamos Madrid siempre que podíamos, nos perdíamos en su noche y en sus bares… Pero conforme el tiempo fue transcurriendo, aquel idilio pasó a transformarse en reproches primero y en horrores después. Horrores, por cierto, tan jodidos como los que provoqué en mi casa y que a mi madre le hicieron bórrame de su vida tanto como lo hizo mi padre e incluso mi hermano. Era raro que éste, cuando hablaba de su familia, mencionase que tenía una hermana con quien había compartido más de la mitad de su vida.   

Recuerdo que era agosto y hacía mucho calor. No sé si había Juegos Olímpicos o qué, pero un acontecimiento deportivo o similar ocupaba toda la programación televisiva y la mayor parte de los comentarios de la gente. Estaba en la terraza de un bar tomando un refresco con limón, con una vecina que de un tiempo a esa parte se había convertido en lo más parecido a una amiga. Entonces sonó el teléfono. Era José Luis, por lo que no le di la mayor importancia. Lo cogí y empezó a contarme una historia que no entendí. Así que me levanté de la silla, dije a mi compañera que en enseguida volvía y me fui a un parque que había contiguo a la terraza donde estábamos. Con tacto, le dije que no estaba entendiendo nada, y él, me respondió:

– Te dejo. Te dejo porque no quiero estar más contigo.

– ¿Cómo que me dejas? – le pregunté sorprendida, sintiendo como el limón se me revolvía en las tripas a la vez que una amalgama de ideas rondaba mi cabeza.

– Porque te dejo. Porque el amor como las matemáticas tiene límites, aunque nos pensemos que es infinito.

– ¿Cómo puedes hacerme esto? – le pregunté aún más sorprendida – ¿qué voy a hacer yo ahora? En esta ciudad, en este momento de mi vida.  

José Luis me respondió que había guardado un fondo de dinero para que me pudiese mantener hasta que encontrase trabajo. También me dijo que pagaría el alquiler del piso durante seis meses. 

La tarde que hizo las maletas lloré desconsoladamente. Los siguientes días fueron para mí peores. La pena y el recuerdo empezaron a ocupar la mayor parte del tiempo. Y el alcohol y la droga, de algún modo, a actuar como analgésico contra estos dos males.

Hasta que, de igual forma que se fue, tres meses después y en un bar cochambroso del centro, apareció José Ramón. Cincuentón, de barba blanca, fumador, alcohólico y catedrático de Literatura Comparada en la Universidad Complutense de Madrid. José Ramón vivía cerca de Moncloa en un piso al que pronto me mudé. Era grande, con vistas al Ministerio del Aire, con unos muebles bastante modernos. Tenía todas las prestaciones que a una casa del centro se le pueden pedir. Era una herencia de su difunta abuela, una acaudalada mujer, descendiente de una importante familia industrial madrileña, que a la edad de setenta y tres años falleció en un accidente de avión. En su testamento, que firmó poco antes de morir, había dejado escrito que la casa mencionada sería para su nieto favorito. Eso y una cantidad enorme de dinero y otras muchas propiedades en la ciudad, en localidades del norte de España y alguna que otra finca en Ciudad Real, Cáceres y Toledo.

A los meses de estar con él, el catedrático se desnudó de verdad y me confesó que no trabajaba como tal. Que hacía muchos años había renunciado a la plaza para vivir exclusivamente de las rentas. También me dijo que estaba pensando en cambiarse de ciudad para vivir más cerca de sus hijos, que al parecer criaba su exmujer en una ciudad del norte de Castilla. Yo no me ofendí por nada y acepté lo dicho. En el fondo tenía que tragar si quería seguir viviendo en la capital, huelga que no había encontrado trabajo y no tenía intención de hacerlo.

Con el tiempo tengo que reconocer que anduve un poco lenta con todo. De la misma forma que yo me aprovechaba, el catedrático me estaba utilizado para dar celos a su exmujer, quien le había dejado poco antes de que le conociese. Estrategia, por cierto, que le funcionó y que le llevó a decirme que se iba de la ciudad, como me había soltado años atrás, pero, para mi desgracia, que lo hacía sin mí.

Al igual que me pasó con José Luis, José Ramón me dejó una importante herencia. Fue nada menos que sesenta mil euros. Un dinero que había sacado de no sé dónde y que no quería que su mujer supiese que lo tenía.

En un principio no lo acepté. Pero al tiempo, cansada de dar tumbos por la ciudad, decidí reclamárselo para comprarme una casa en el pueblo. Concretamente una casa situada en una finca ubicada a las afueras, la cual pertenecía a un primo lejano de mi padre con quien todavía guardaba algo de amistad.      

Y ahí me quedé, sola, avutardada, alejada del resto de la sociedad. Escuchando historias como que había vuelto al pueblo porque con quien vivía en Madrid me había intentado matar con un cuchillo jamonero. Con mi familia a escasos kilómetros, pero alejada de ella. Compartiendo noches frías para ganar dinero con hombres que solo venían a buscar un poco de calor y de sexo. Bebiendo mucho, de vez en cuando drogándome… Y así pasaron los días, hasta que, una noche, de esas que andaba como una perra olvidada por el mundo, en un bar de un pueblo cercano al que había acudido para hacer, se puede decir, un servicio, Joan se cruzó en mi vida.