capitulo 77. fuck off, amor

Amparo…

Su conducta y el hecho de no cambiar escenarios que en un principio parecían jodidos para la familia, le llevó a pensar que aquel cáncer era consecuencia de su comportamiento y, más todavía, de su forma de ser

Mi padre estaba apoyado sobre el alcatifar de la ventana. Tenía los ojos cansados y la mirada perdida en un punto que no ubicaba. La cara en sí era la representación de un cuerpo destruido por el cansancio. Los movimientos de sus manos dejaban patente el nerviosismo que envolvía a su silueta.     

– ¿Cuánto la queda de vida? – le pregunté pensando cada palabra. 

– No lo sé, pero no mucho. La verdad. Puede ser cuestión de días. En el hospital la mandaron a casa hace una semana más o menos.  

– ¿Está con paliativos?

– Sí, desde entonces. Nos dijeron que no había hueco y que se fuese a casa.

– ¡Qué frío!

– También nos comentaron que, si quería una muerte más digna, había centros donde la podrían atender hasta el final. E intuirás cómo estamos tu hermano y yo de dinero…. – asentí mostrando cierta preocupación –. En números rojos, por no decir arruinados completamente.   

– ¿No habéis pedido alguna ayuda?

– Pero si no llegan, hija. Con estos putos políticos que solo prometen. ¡Qué ayuda va a llegar!     

– ¿Y tú qué tal estás? – pregunté para intentar abstraerle del agobio que le producía hablar de todo aquello.  

– No muy bien – respondió. Seguidamente apartó la mirada del punto en que la tenía centrada y la clavó en la cama de mi madre.

– ¿Sigues en paro y bebiendo?

– Sí, hago las dos cosas.

– Papá – dije regañándole. En un tono como cuando vivía en casa y ambos teníamos una conversación todo lo cordial que se puede tener. 

– Intento buscar trabajo, pero nadie me contrata. Y el alcohol, sinceramente, pues me hace sentir bien cuando todo se desmorona.    

Tras estas palabras se le encogió el estómago, o eso deduje. Estaba claro que se sentía culpable de la enfermedad de su mujer, mi madre. Su conducta y el hecho de no cambiar escenarios que en un principio parecían jodidos para la familia, le llevó a pensar que aquel cáncer era consecuencia de su comportamiento y, más todavía, de su forma de ser.  

– ¿Y tú, has encontrado el amor?

– Pues no lo sé.

– Durante mucho tiempo se ha hablado de ti. Que si habías vuelto. Que si te prostituías. Recuerdo cuando volviste y te instalaste en la casa del primo. Las malas lenguas decían que te habías ido de Madrid huyendo de un tipo que, al parecer, había intentado matarte con un cuchillo jamonero.

– Malas lenguas. A mí nadie ha intentado matarme con un cuchillo jamonero. Dejé Madrid por un asunto que nada tiene que ver con esa historia.  

– ¿Sigues con…?

– Joan.

– Ese.

– Ahí sigo.

– ¿Qué cosas tiene la vida?, tú con novio. ¿quién lo iba a decir?

– ¿Por qué dices eso?

– ¡Hija!

Me quedé pensativa.

Después agaché la mirada y dije: 

– Si te digo la verdad, no tengo novio. Vaya, sí como tal. Pero la cosa es que hace tiempo que dejé de quererle, si es que alguna vez lo he hecho. ¡Qué contradicción! A día de hoy únicamente le utilizo para no estar sola. Porque estar sola es algo muy duro. Y desde que me marché de casa, he tenido muchos momentos en los que lo he estado.

– ¡Qué complicada has sido siempre, hija! – exclamó mi padre con una medio sonrisa.

– Sí, mucho. Pero vosotros tampoco habéis sido nada fáciles. Como padres habéis tenido muchos fallos.

– La verdad que intentamos hacerlo lo mejor que pudimos. Nadie nace sabiendo. Tampoco a uno le dan un manual cuando se casa o tiene un hijo.

No me apetecía seguir hablando sobre los errores del pasado. Y menos aún inventar una conversación que seguro no iría a ningún sitio. Así que me acerqué un poco más a la ventana, pedí a mi padre que se apartase y volví a céntrame en el rostro de mi madre. De repente me abstraje de todo y me vi inmersa en su cerebro, atrapada en un espacio oscuro y vacío que se derrumbaba. Después caminé por sus neuronas mientras cuchillas afiladas me cortaron las extremidades, desgarrando cada uno de los dedos, provocándome heridas profundas que no dejaban de sangrar, siendo partícipe de un final, el suyo, que lo era también de todos los que en mayor o menor medida la hacíamos existir.