capitulo 79. fuck off, amor

Amparo…

en la ventana. En cómo, en otro tiempo, ese hueco se había convertido en la puerta de acceso cuando no teníamos llaves

Salí del estado mental en que estaba y fijé mi mirada en el rostro abatido de mi padre.

– ¿Sabes que os he echado mucho de menos, papá? – le dije casi llorando.

– Hace años que no me llamabas papá, hija – respondió -. La verdad es que me enternece bastante. Lo echaba mucho de menos.

– Hace años que no hablo contigo, papá.

Mi padre se acercó aún más a la ventana y me agarró de la mano. No se lo impedí. Tras palparla varias veces, con las yemas de los dedos, comprobó que la tenía congelada. 

– Hija, quieres pasar, ahí fuera tendrás frío. No está la mañana del todo calurosa.  

-No, prefiero estar aquí, no me encuentro con la suficiente fuerza para pasar a una casa que dejé hace años.

– Tú verás. Pero puedes pasar. Doy una voz a Miguel y que te abra. Está con el Delgado ese en el salón. No sé qué narices estarán tramando.

– No, déjalo, de verdad.

– Miguel no te va a decir nada.

– No es por eso papá, ya te he dicho por qué.

Mi padre me soltó la mano. Di un paso hacia atrás y volví a pensar en la ventana. En cómo, en otro tiempo, ese hueco se había convertido en la puerta de acceso cuando no teníamos llaves. La ventana de la habitación de mis padres era la única que no tenía rejas. Algo a lo que nunca encontré una explicación y más cuando mi madre solía guardar las pocas joyas que tenía en ese cuarto.       

– ¿Cuánto crees que la puede quedar de vida? – volví a preguntar.

– No lo sé, Dios lo dirá. Espero que todo lo que se pueda sin que tampoco sufra mucho.

– Parece mentira, quién iba a pensar que todo iba a terminar así

– ¿A qué te refieres?

– Mamá, con la fuerza que tenía… ¿Recuerdas cuando éramos pequeños y yo era la niña diez?

– Y yo no sabía ni en qué curso estabas. Pero lo que fardaba de tus notas con mis amigos. Vaya hijos inútiles que tenían comparados contigo.

– Es la mejor… mi niña todo diez… va a ser como poco ministra o médica… recuerdas como se los decías.

– Sí, sí. También decía abogada. Sí, también decía abogada.

-Y luego después de esto, cuando hablaban en la tienda de que yo era una guarra, ¿lo recuerdas?

-Sí. Aquello fue más triste.

– ¡Cómo se ponía!

– Eras su hija. ¿cómo te pondrías tú si dijesen algo similar de tu hija?

De repente mi padre se apartó de la ventana. Caminó con cierta lentitud hacia el interior de la habitación y se sentó sobre la cama. Ambos nos quedamos en silencio.

– Ah, papá – interrumpí -. Gracias por el dinero que mandáis todos los meses.

– ¿Qué dinero, hija?  

– El dinero que me pasas todos los meses.

– No tengo ni idea de qué me estás hablando.