capitulo 84. fuck off, amor

Amparo…

Agobiada, días después, conté la historia a Joan. me animó a que volviese a casa y pasase los últimos días con mi madre.

Mi relación con Joan siguió el camino que nos habíamos marcado. Follábamos, nos dábamos compañía, pasábamos el tiempo igual que lo hacían las semanas… Días después de nuestro reencuentro, Álvaro se marchó al extranjero. He de decir que me quedé más tranquila, pero en el fondo le seguí odiando. No dejaba de pensar en que ese cabrón se corría pensando en el que de un tiempo a esa parte era mi chico.   

Una tarde de esas que pasaba sin hacer nada, recibí en una carta de mi hermano la triste noticia de que mi madre tenía un cáncer terminal. Entonces me tiré unos días apartada del mundo. Pensando en si comerme el orgullo o por el contrario mantenerme al margen.

Agobiada, días después, conté la historia a Joan. Me animó a que volviese a casa y pasase los últimos días con mi madre. Él hablaba desde la voz de la experiencia, me dijo. En momentos así, me contó, nada es más importante que dar calor a quienes de verdad son tu familia, por mucho que en un tiempo y por diversas circunstancias se hayan convertido en extraños.

– Aunque no os habléis, tu madre siempre será tu madre. Su pasado siempre será su pasado. La persona que te trajo al mundo y un día te hizo feliz, siempre será la persona que te trajo al mundo y un día te hizo feliz. 

No le hice caso. Me mantuve en mis trece y no volví con mi familia. Es cierto que caminaba de vez en cuando junto a la que un día fue mi casa. También es cierto que intentaba, a través de terceros, entre ellos de mi hermano, conocer cómo se iba desarrollando el que se aventuraba como un final trágico anunciado. Pero en ningún momento di mi brazo a torcer.

Tiempo después de conocer la triste noticia, me llegó la información de que Juan Carlos tenía previsto amenazar a mi hermano con contar lo del cura y Delgado, si éste no le devolvía la coca. Coca que al parecer habían perdido Juan Carlos y que mi hermano, tras encontrarla, la andaba vendiendo. También supe que había sido Álvaro, en uno de sus viajes de regreso del extranjero, quien se había chivado de toda la historia. Según entendí, Álvaro supo esta historia de boca de su madre, encargada de limpiar la iglesia del pueblo y testigo casual de una de las escenas sexuales.

Toda esta mierda de la relación del cura y Delegado me la había contado Miguel. Yo, a su vez, se la había ido contando a Joan, quien me aconsejó que no me metiese en nada. Cuando supe lo de las amenazas de Juan Carlos, fui consciente de que, de salir la historia de la relación sexual a la luz, pondría poner punto final al dinero que daba el párroco a mi hermano. Por ello, presioné a Joan para que dijese a Álvaro que a su vez dijese a Juan Carlos que se lo había inventado todo. Que lo único que quería, le indiqué que dijese, era joder a mi hermano, para, con esto, joderme, de alguna forma, a mí.

Entonces, para mi sorpresa, Joan me confesó algo que sinceramente no esperaba y que me descolocó del todo:     

– Sí, se lo dije yo. Fui yo quien contó todo a Álvaro. Su madre no vio nada.

– Eres un cabrón, eres lo peor – le respondí enfadada. No podía entender cómo había hecho esto y más sabiendo el odio que profesaba a Álvaro.

– Lo siento. ¿Pero qué te molesta? – preguntó sorprendió.

– Pues que has jodido a mi hermano. ¿No te das cuenta que con esto le has hundido más todavía?

– Pero si ni le miras.

– Sabes perfectamente que hablo con él regularmente.

Aquella conversación no llegó a más. Ya bastante quemada estaba nuestra relación para seguir azuzándola. Así que opté por buscar otro camino.

Quedé con Álvaro en un bar de su pueblo y, con un pincho de tortilla en la boca y un par de jarras de cerveza sobre la mesa, le pregunté:  

– ¿Por qué contaste todo a Juan Carlos?

Rápido intentó defenderse y puso como excusa a su madre. Pero pronto desmonté los argumentos. No era muy complicado. El tipo, en el fondo, era un pringado.  

– Sé que te lo contó Joan, me lo ha reconocido, ¿por qué le contaste todo a Juan Carlos? – pregunté muy enfadada.

Se quedó en silencio.

Después, con rabia, me respondió:

– Lo hice por joderte. Joan me había contado que seguías manteniendo una relación oculta con tu hermano. Por lo que deduje que tu hermano para ti seguía siendo importante. Así que pensé que, si sacaba a la luz lo del cura, se cortaría la ayuda. Algo que perjudicaría a tu hermano; al igual que al resto de tu familia. Y más, con la situación que están viviendo con lo del cáncer.  

– ¿Cómo tienes la sangre fría de decirme esto? – pregunté todavía más enfadada.

– No lo sé – respondió fríamente.

– Eres un cabrón.

– Ya lo sé.

– Te voy a romper la cabeza – dije mordiéndome el labio.   

– Haz lo que quieras.

 – ¿Por qué lo hiciste? ¿Dime por qué hiciste esta cosa tan retorcida?

– Porque lo hice.

– Tú quieres a Joan.

– ¿Qué dices?

– ¿Tú quieres comer el rabo a Joan? – pregunté chillando. Esto hizo que todo el bar fijase su mirada en nuestra mesa.

– ¿Qué dices, loca?

– ¿Tú quieres hacer lo que le hago yo a Joan? – dije bajando el tono de la voz. 

– A mí no me gustan los hombres.

– Pero sí Joan.

Entonces Álvaro se levantó de la mesa y se marchó. Me quedé sola terminado el pincho de tortilla y la cerveza.

Dos horas después cogí el autobús de línea, volví a mi casa y llamé por teléfono a Joan. No le conté nada. Hablamos durante una hora. Mientras lo hacíamos, no dejaba de pensar en lo sucio que puede llegar a ser el amor.