Amparo…
Tras sus palabras le miré a los ojos. Lo hice durante unos segundos. Cogí aire todo lo que puede. Acto seguido hice ademán de abrazarle, pero opté por darme la vuelta. No quería más sentimentalismo.
– El cura pagaba un dinero a Miguel para que no cantase. Parte de ese dinero me lo daba todos los meses. Lo guardaba en el sobre donde también introducía las cartas de las que te he hablado – le expliqué de forma detenida; quería que lo supiese todo con pelos y señales; para que se hiciese una idea de lo que hacía su hijo -. Miguel no me odia. Miguel no os odia. Miguel no odia a nadie. Simplemente tiene una forma de ser que no le permite mostrar sus sentimientos. Quizás una forma de ser que la desgracia a moldeado – añadí.
– Pobre hijo mío – respondió mi padre limpiándose las lágrimas que abundantes le brotaban de los ojos.
– ¿Papá?
– Qué, hija.
– Me marcho. Creo que va siendo hora de dejar la casa.
– Vale. Lo que tu veas – dijo cabizbajo.
Tras sus palabras le miré a los ojos. Lo hice durante unos segundos. Cogí aire todo lo que puede. Acto seguido hice ademán de abrazarle, pero opté por darme la vuelta. No quería más sentimentalismo.
Justo cuando cruzaba el marco de la puerta, con voz trémula, inquirió:
– ¿Volveré a verte?
– Cuando quieras. Es absurdo seguir manteniendo esta situación tan… no sé cómo definirla.
Soltó una leve sonrisa. Después endureció el rostro y se marchó.
Dejé la cocina al instante y me quedé sentada en el porche fumando otro cigarrillo. Me encontraba mal, muy mal. El pasado no dejaba de taladrar mi cerebro. Los recuerdos de cómo había acontecido todo, principalmente en los últimos años, turbaban aún más la desgracia que envolvía a aquel momento.
Minutos después escuché un grito. Era mi padre. Al rato también escuché a Miguel. Hablaban de algo que no lograba entender.
Volvía a la cocina. Abrí el armario y cogí un vaso. Lo llené de agua y me lo bebí de un trago. A continuación, miré en la cafetera a ver si había algo de café. Estaba vacía. Quizás llevaba así desde que mi madre enfermó. Me senté en la mesa.
Aburrida, volví a salir al patio y di unos cuantos paseos. Nuevamente fui testigo del desastre que había montado. En uno de esos paseos me encontré con el rincón de los juegos, ahora reconvertido en vertedero improvisado. Me vino a la cabeza los días que pasé ahí. Jugando a los papás y a las mamás con mi prima. También estaban mis vecinas y el primo de mi prima, con quien solía tener muchos encontronazos. Sonreí cuando me percaté de que, justo entre la mierda, estaban los restos de mi muñeca “Solís”. No sé por qué se llamaba así. Lo que sí sé es que me acompañó desde muy temprana edad hasta los quince años. Dormía todas las noches con ella. Abrazada. Era para mí un reconfortante cuando el corazón me dolía demasiado. Con cuidado, me agaché y la cogí. Estaba casi enterrada. Palpé la textura de su plástico. Olí, incluso, el aroma que dejaba la colonia que solía usar mi madre. Al rato arrojé la muñeca al montón de basura y regresé a la cocina. En el camino me di cuenta de que Delgado estaba en la calle. Intenté ocultarme. Pero no lo conseguí. Me saludó con una sonrisa bastante agria.
Pasé a la cocina y escuché a mi padre hablar con mi hermano. Estaban en el salón. No intenté saber lo que decían. Me senté en la mesa y me quedé esperando.
Tiempo después se escuchó la puerta de la entrada cerrarse. Y al rato, a mi hermano hablar con Delgado en la calle.
Dejé el lugar y les seguí. Ellos no me podían ver. Llegamos a su casa y se despidieron. Era tan temprano que prácticamente no había nadie en la calle. Tras un tiempo, mi hermano regresó a casa. Yo me fui a la mía.
A las horas, sentada en el sillón, fui agregada a un grupo de WhatsApp.
Lo abrí. Se llamaba textualmente:
– Cena el día 23.
Cerré el teléfono sin saber quienes eran los invitados.
Fui a mi habitación y me eché sobre la cama. No me arropé. Me quedé traspuesta. No sé cuánto tiempo después me desperté y miré por la ventana. Miguel estaba dejando la carta donde siempre. No sé qué me quería contar esta vez.
Cuando se marchó, metí la mano en mi bolsillo y me encontré con una foto de carnet de Joan. La hice trizas. Acto seguido volví a la cama y me quedé dormida.