capítulo 92. fuck off, amor

Joan…

Paramos al lado de una plaza situada muy cerca de la Puerta del Sol. Un señor con barba, delgado y de pelo largo desaliñado, estaba subido en poyete de una fuente de granito. Con megáfono en mano, gritaba.

La manifestación continuaba su curso. Los canticos, las protestas y la lucha se mezclaban con mis pensamientos. Había comunicado a Julián mi marcha y pronto lo tendría que hacer con el resto. Esto me preocupaba bastante y más cuando tenía una razón que nadie entendería por irracional.    

Paramos al lado de una plaza situada muy cerca de la Puerta del Sol. Un señor con barba, delgado y de pelo largo desaliñado, estaba subido en poyete de una fuente de granito. Con megáfono en mano, gritaba:

– Los mercados han secuestrado al parlamento. La voluntad popular ha sido masacrada. El contrato social es hoy pasto de las llamas. Ha sido incendiado por los mismos que guardan nuestro dinero, por aquellos que gestionan nuestra sanidad, nuestra educación, nuestras pensiones. Ha sido secuestrado por todos los que controlan nuestra voluntad a través de logaritmos computados con un programa informático. Y no hablo de la clase política, esos no son más que los peones de la partida. Hablo de aquellos que atentan contra la voluntad popular en la bolsa. En esa especie de casino que es hoy el invento por antonomasia del capitalismo. Porque, señoras y señores, la casta, de esa que tanto hablamos, no son solo los políticos, también lo son los mercados.  

– ¿Y qué solución propones? – preguntó un viandante trajeado y de mirada altiva, que pasaba por la calle agarrado de la mano de su mujer.

– ¡Organizarnos! Sí, levantarnos de una vez por todas. Ser un poco desobedientes y decir a los que verdaderamente determinan el futuro de nuestras vidas: ¡basta!, que somos mayoría. Ellos son minoría.

– ¡Venga ya, hombre! – respondió con una sonrisa bastante provocadora -. Deja de decir gilipolleces y de ocultar que los socialistas han vuelto a hundir la economía. ¿A que no te levantas todos los días a las siete de la mañana para ir al curro?

– No, no lo hago, porque, por desgracia, no tengo trabajo.

De repente la gente empezó a abuchear al viandante. El tipo del megáfono pidió calma, pero, en contra de su voluntad, la intensidad de los gritos creció. Pronto, la policía, necesitada de violencia, se presentó. Venía con ganas de liarla. Pero para su desdicha no fue así. La gente implicada dejó de abuchear al viandante y se dispersó entre la multitud. Seguidamente el señor de megáfono continuó con su discurso.    

Continuamos caminado. Llegando a Puerta del Sol Julián me agarró de un brazo y me llevó a una bocacalle en la que no había casi manifestantes.

Endureciendo el rostro, me dijo:  

– Tío, antes de que comentes lo de la marcha, quiero contarte una cosa. Me decía Enrique que debe de haber algún topo o alguien cercano entre nosotros que pasa regularmente información a los guarros.

– ¿Por qué dices eso? – le pregunté sorprendido. Empecé a sentir cierto cosquilleo en mi estómago.  

– ¿Recuerdas la asamblea que hicimos el otro día en Vallecas?

– Sí – respondí mirando para todos los lados.

– Enrique tiene amigos en la madera y le han dicho que saben que nos reunimos. Además, también le han comentado que conocen a la perfección muchas acciones que tenemos previstas. Y se las han comentado…

– Algún hijo de puta que se está yendo un poco de la lengua. No puede ser otra – espeté con cierta incertidumbre y sin saber realmente qué decir.  

-Sí, la verdad es que sí. Y lo curioso es que ha pasado más veces. No sé, tengo la sensación de que es alguien muy cercano a nosotros. En esto de la política no te puedes fiar de nadie. Cuando menos te lo esperas, pun, puñalada en la espalda. La izquierda siempre con los mismos problemas.

Esta última reflexión me hizo dudar por momentos. Por la forma de expresarla, parecía que me estuviese avisando o queriendo decir que, de quien se sospechaba, era de mí.  

– ¿Y quién crees que puede ser el topo? – pregunté para tantear por dónde iban los tiros.   

– Pues no lo sé. Pero tengo el presentimiento que es alguien muy cercano a nosotros – el usar la palabra nosotros me tranquilizó, parecía que no me metía en el saco -. Oye, una cosa, venga, dime ¿por qué te marchas?

No le respondí. Me di la vuelta y miré hacia otro lado. Julián se quedó reparado e, insistente, volvió a preguntarme:

– ¿Qué te pasa, cojones? Estás muy raro.

– No me pasa nada.

– Me estás preocupando mucho, Joan.

Intenté argumentar algo racional, pero no fui capaz. Por primera vez en todo este tiempo sentí miedo de que pensasen que era el chivato. Aunque en el fondo me daba igual. Bastante tenía mi cabeza como para tales gilipolleces. Menudo culebrón había conocido no hace mucho tiempo. Decidí irme. Como excusa, le expliqué que no me encontraba bien, que estaba un poco cansado y que necesitaba volver a casa. A Julián no le cuadró. Y más cuando mi intento de dejar la manifestación, pensé, se produjo después de haberme dicho que estaban buscando un topo entre nosotros.