Joan…
Es cierto que esta chica era la antítesis del prototipo de mujer que me gustaba, pero tenía la parte positiva de hacerme transitar por realidades emocionales que nunca antes había imaginado.
Mi relación con Amparo fue un auténtico despropósito, un error histórico que me machacó durante tiempo. Estaba con una marginal como pocas conocía, que además se daba al vicio y era proclive al conflicto. Es cierto que esta chica era la antítesis del prototipo de mujer que me gustaba, pero tenía la parte positiva de hacerme transitar por realidades emocionales que nunca antes había imaginado. Amparo, era, se puede decir, la droga perfecta para olvidar todo aquello que te machaca y no te deja vivir. Era, también, una forma de mujer que se diferenciaba de muchas otras en aspectos atribuidos por cultura al género femenino. Pero, a pesar de todo, Amparo también era humana y eso mismo fue lo que la llevó a romper con lo poco – o mucho – que me hacía idealizarla. Sus celos a hacia Álvaro se convirtieron en un estimulante más para autoconvencerme de que no quería seguir a su lado. Fue tal su obsesión por el pringado de Álvaro, que un día, horas antes de un concierto, tuvimos una discusión que terminó en una ruptura temporal de nuestra relación.
Y mientras todo esto daba vueltas en mi cabeza, como si de una lavadora centrifugando se tratase, mi tío y mi padre apalabraban mi futuro como gestor cinegético de una finca de la que también iba a ser propietario. Finca que se convertía en pasaporte para dar un giro de ciento ochenta grados a mi vida y para esclarecer un tema que con el tiempo me fue preocupando: ¿cómo cojones mi tío y la gentuza de sus colaboradores sabían de las prácticas ilegales de Julián? ¿Hasta tan dentro llegaba la policía? ¿Había alguien entre nosotros que se estaba yendo de la lengua? Y la mejor de todas las preguntas: ¿debería contar a Julián hasta dónde sabían los maderos de su vida?
Fue a finales de primavera cuando visité con mi padre y mi hermano mi futuro lugar de trabajo. No había contado nada a Amparo, aunque tampoco tenía ganas de hacerlo. Para entonces acababa de restablecer la relación con ella tras un tiempo separados, y lo había hecho de una forma de convivencia un tanto peculiar. Una forma de convivencia que venía motivada por la quemazón que arrastrábamos y porque los celos hacía Álvaro no solo continuaban sino se habían incrementado hasta hacerme pensar cosas que salían de cualquier lógica establecida – ¡cómo olvidar la escenita que me montó al respecto y en la que implicó hasta mi amigo Raúl! -.
Recuerdo como a la llegada a la finca nos esperaban dos guardeses. En un todoterreno, nos acercaron a la casa de campo. Mi tío nos esperaba en la puerta. Estaba acompañado de Fernando, el responsable de gestionar hasta entonces la caza.
Tras los saludos y demás cumplidos, estuvimos caminando por los acreedores de la casa y después comimos unas migas con uvas en el portal. Fue a la caída de la tarde cuando mi tío y Fernando nos hablaron de cuales iban a ser mis funciones como gestor cinegético. Y fue el segundo quien me animó a venirme cuanto antes para empezar un trabajo que definía “como pocos otros en el mundo”. Le conté mis circunstancias y, con cierto recelo, le pedí unos meses más para ver, al menos, como terminaba el curso en la universidad. Algo que a mi tío no le cuadró y menos aún a mi padre y a mi hermano.
Horas después de este encuentro, mi tío se quedó a solas conmigo en una cuadra que había detrás de la casa, junto a uno de sus caballos favoritos. Mientras lo cepillaba con una mano y con la otra lo arcaizaba, volvió a sacarme el tema de Julián y, para mi sorpresa, me comentó alguna cosa más:
– Sabemos que os reunís en la casa de la Elpia. También sabemos que tenéis previsto hacer un escrache al ministro del Interior. Y que estáis intentando reventar una sucursal de un banco que acaba de desahuciar a uno de los vuestros. ¿Y sabes qué es lo peor de todo esto?: que sabemos.
– El qué – le respondí atónito. No podía dar crédito a lo que estaba escuchando.
– Que sabemos.
– No te entiendo.
– Que sabemos que tú también formas parte de toda esa mierda – añadió rotundo -. Sobrino, te avisé y sigues por el mismo camino. No me gustaría ver en la prensa que el hijo de mi hermano es detenido. Sería muy duro como familiar. Pero también, aunque no lo creas, como político. Nunca es grato conocer que todavía hay gente que clama contra la libertad.
– Manifestarse no es un delito. Y yo no clamo contra la libertad. En todo caso la proclamo para todos. Para ricos y para pobres. Que eso mismo es lo que no hacéis los de la puta derecha – le respondía malhumorado.
En ese momento mi tío dejó de cepillar al caballo y me miró fijamente a los ojos.
– Pero pasar droga si es un delito. Y tu amigo lo hace.
– ¿Y qué tengo que ver yo con mi amigo? – pregunté con cierto recochineo.
– ¿A estas alturas no sabes lo que es capaz de inventar la policía cuando un superior le dice que lo haga?
Endurecí el rostro e intenté mostrar todo el odio que sentía a través de la mirada. Segundos después giré la cabeza y escupí al suelo. Cuando me disponía a marcharme, me agarró de un brazo y me recalcó:
– No seas tonto y no te dejes engañar por ideas que han provocado hambre y la muerte de millones de personas. Ponte a trabajar como Dios manda y verás cómo cambia tu vida.
– ¿En qué estás pringando a mi padre que quieres que forme parte de tus negocios?
Mi tío frunció el ceño. Dejó en un banco el cepillo de peinar al caballo, que sostenía en sus manos, y, con un tono brusco, respondió:
– Tener mente crítica no significa sospechar de hasta quienes te cuidan. Soy tu tío. Te quiero tanto como lo hace tu padre, aunque no lo creas.
Me marché.
Dormí en una habitación situada en la parte sur de la casa. La ventana daba a un riachuelo. Por la distancia, se podía escuchar el agua correr, algo que era muy placentero y más en las últimas horas de la noche.
Por la mañana, pasadas las nueve y luego de haber escuchado a varios gallos cantar y a los pájaros no dejar de tocar las narices, me fui a caminar. Regresaríamos a la ciudad sobre las dos y para entonces no me hacía una idea real de la que en teoría sería mi propiedad.
Por el campo, a eso de las once, me encontré con Fernando. Vestía un sombrero de paja que combinaba a la perfección con su mostacho de media punta y unos pantalones de pana confeccionados a base de remiendos. Bajo un chamizo que también hacía de puesto de caza, charlamos de mi futuro trabajo mientras limpiaba dos escopetas. Horas después, en su todoterreno, me enseñó algunos lugares de la finca no muy conocidos, que, según él, merecían bastante la pena por su esplendor.
Fue al pasar junto a un estaque artificial – lugar de encuentro de los ciervos y los jabalíes, según me contó -, cuando, sin venir a cuento, dijo:
– Si te sirve de consuelo, también formé parte de un grupo de extrema derecha. Pero el trabajo me hizo darme cuenta que las ideas poco sirven cuando tienes una familia que alimentar.
– ¿Quién te ha contado eso, mi tío? – le pregunté con cierto enojo. No me gustaba que la gente, y menos aún que la gente desconocida, me diese charlas de moral. Y más cuando esas charlas no eran, para nada, de la cosecha personal de quien las daba.
– Sí, es cierto. Me habló de tu situación con la política y del favor tan grande que te están haciendo.
– ¿Favor grande? – volvía a preguntar con cierto enojo.
– Tu padre lo pasa muy mal contigo y pidió un favor a tu tío para que te sacara de esa mierda.
Me quedé reparado. No podía creer lo que acababa de soltar por la boca.
Como pude, pregunté:
– ¿Un favor?
– A lo mejor estoy metiendo la pata.
– Si lo has hecho, ya la has metido. Cuéntame. Te lo pido por favor.
El guardés aceleró el coche para llegar cuanto antes a la casa, de la que distaba menos de un kilómetro. Mientras lo hacía, con el motor todo revolucionado como consecuencia de la velocidad, relató intranquilo:
– Pues eso. Que tu padre pidió a tu tío que te sacase de la mierda y tu tío pidió a tu padre que hiciese lo mismo con algunos asuntos que de igual forma lo tenían sumido en la mierda.
– ¿Cómo?
En ese momento llegamos a la casa. Fernando apagó el contacto del coche. Acto seguido abrió la puerta y, cuando se disponía a bajar del vehículo, le agarré por la camisa y le espeté:
– Te he preguntado.
– Hablamos en otro momento – respondió poco antes de saludar a mi padre, a mi tío y a mi hermano, los cuales acaban de llegar portando un cubo repleto de huevos del gallinero y varios troncos secos para la lumbre.