capítulo 94. fuck off, amor

Joan…

Dentro, empecé a pensar en la historia que me había contado Julián. También en lo cobarde que había sido al no decirle que estaba siendo investigado por la Policía. Me senté en otro banco y cogí aire. Fijé la mirada en el suelo.

Dejé la manifestación y bajé andando por el Paseo del Prado hasta llegar a la Estación de Atocha. Una vez allí, me senté en un banco que estaba situado junto al edificio del Ministerio de Agricultura. Saqué el teléfono móvil y llamé a mi padre. No lo cogió. Volví a intentarlo sin mucha suerte. A paso lento, caminé hacia la estación. Dentro, empecé a pensar en la historia que me había contado Julián. También en lo cobarde que había sido al no decirle que estaba siendo investigado por la Policía. Me senté en otro banco y cogí aire. Fijé la mirada en el suelo. Después, cerré los ojos para relajarme. Entonces pude escuchar como Madrid rugía; como los coches de la policía subían y bajaban las calles; como los manifestantes se dispersaban entre la muchedumbre y el radio de los petardos; como los gritos de protesta se mezclaban con los de auxilio de la gente tras las cargas de la Policía Nacional.

Para cuando me disponía a levantarme del banco, una mano se posó en mi hombro. Alcé la mirada. Era Julián.   

– Sigo pensando que a ti te pasa algo más gordo. No es normal que dejes una manifestación como la que estamos viviendo así por la buenas. Además, no me has contado dónde y por qué te vas – resaltó Julián con cara de preocupación.

– Te he dicho que no. Que no me encontraba bien y que estaba cansado. Simplemente eso – respondí brusco.

– ¿Y por eso estás todavía aquí? Venga, Joan, que nos conocemos. ¿Qué cojones te pasa? ¿Es algo de tu padre o tu hermano? Puedes decírmelo con total confianza. No me voy a molestar por ello.

Hice el amago de hablar, pero algo en mi subconsciente provocó que no terminase ni la primera palabra.

– ¿Qué te pasa, Joan, joder?

– Estoy cansado. Simplemente eso.

– Veo que no quieres hablar, en fin… Por cierto – cambió la entonación – ¿no pensarás que los del grupo creemos que eres el topo? A lo mejor no debía haberte comentado esta absurdez que ni te va ni te viene.

– No. No lo pienso.  

De pronto, un ruido interrumpió la conversación. Una pareja de manifestantes entró a toda prisa al hall principal de Atocha. Tras ellos, otra pareja, aunque de la Policía Nacional, corría con las porras en la mano. Los manifestantes gritaban libertad a la vez que iban arrasando con lo que se cruzaba en su camino. Cuando llegaron a un quiosco, que estaba situado cerca de una de las puertas de acceso a los andenes, uno de los policías lanzó su porra, dando en la pierna al manifestante más rezagado. Como era de esperar, el golpe le desestabilizó, haciéndole caer al suelo de una manera bastante abrupta. Los policías pronto le alcanzaron y le esposaron. Para su fortuna, el otro manifestante huyó por el mismo lugar que había entrado. Un anciano, que leía el periódico junto a las palmeras, se acercó a los policías y, tras maldecir al detenido hasta tal punto de escupirle, les sopló por dónde había huido su compañero.

– ¡Qué asco de gente! – exclamó Julián. – Mucho, la verdad.