Joan…
Entonces, en un destello de sinceridad, reconocí a Amparo que la madre de Álvaro no había visto nada.
Fue tiempo después de meter en cintura a Amparo de que tenía que hablar con su madre, cuando me llamó para reconocerme que estaba convencida de ello. También me agradeció mis palabras y aprovechó para pedirme un favor que implicaba a su hermano. La cosa es que en dicho favor Amparo me pedía – ahora sí – que hablase con mi amigo Álvaro para que le dijese a su vez a Juan Carlos que toda la historia sentimental de Delgado y el cura del pueblo era mentira. Historia que, en teoría, le había contado su madre a Álvaro tras pillar al par de pervertidos en pleno acto sexual mientras limpiaba la iglesia.
Entonces, en un destello de sinceridad, reconocí a Amparo que la madre de Álvaro no había visto nada. Que todo este embrollo se lo había contado yo a Álvaro porque entendía que no pasaba nada. De primeras Aurora se enfadó mucho, porque, entre otras cosas, había hundido aún más en la miseria a su hermano de lo que estaba. Yo, la verdad, nunca entendí el porqué de aquello. Pero también es verdad que tiempo después la ira de Aurora se trasformó en desánimo y aquello pasó a ser una anécdota intranscendente.
Horas después de aquella conversación barra discusión, al filo de las tres de la tarde, mi padre llegó a casa. Como venía siendo habitual desde que regañamos, no nos dijimos nada. Tan solo nos saludamos con un movimiento de cabeza intrascendente para el común de los mortales. Justo cuando se disponía a pasar a su habitación, se encontró con una carta certificada. Estaba sobre la mesa del salón. La cogió y la observó detenidamente. Después la abrió. Según la fue leyendo le fue cambiando la expresión de la cara. Parecía que algo le estaba sacando de sus casillas. Con mala leche la cerró y la metió en un bolsillo de su chaqueta. A continuación, con cierto descaro, se acercó y me preguntó:
– ¿Quién ha traído la carta?, y, por favor, respóndeme. Es más serio de lo que puedas imaginar.
– Un cartero – respondí un tanto descolocado. No entendía esa afirmación tan categórica.
– ¿Cuándo?
– No hace mucho.
– Gracias.
Tras estas palabras se fue a su habitación y cerró la puerta con el pestillo. Después llamó por teléfono. Ante la curiosidad que me despertó su comportamiento, puse el oído sobre la madera de la puerta. Quería saber con quién hablaba tan acaloradamente y por qué lo hacía de una forma tan oportuna. No pude escuchar nada más allá de unos cuantos tacos, de varios lamentos y de la frase repetida de “esto no es lo hablado”.
Cuando supe que colgó, corrí hacia el salón y le esperé sentado. Mi padre llegó con la cara desencajada y algo nervioso. Sin preguntar, abrió el mueble bar y se sirvió una copa de güisqui barato que guarda intacta de la boda de mi hermano – algo que daba cuenta de su poca afición a esta bebida -. Se la bebió de un trago. Seguidamente me preguntó que qué miraba, a lo que le respondí que nada. Unos segundos después dejó el salón de una forma brusca, se puso la chaqueta, no se despidió y se marchó dando un portazo. Yo me quedé pasmado. No entendía nada de lo que acaba de suceder.
Eran las diez de la noche cuando recibí una llamada de mi hermano. Estaba en el sillón rematando la botella que había empezado mi padre. Me dijo que papá no vendría a dormir y que fuese al día siguiente a su casa. Le escuché atentamente y colgué el teléfono. Intrigado, busqué por toda la casa a ver si se había dejado la carta certificada en algún sitio. Pero no tuve suerte. También busqué entre sus documentos cualquier información sensible. Pero nada. Cansado, empecé a hacerme varias preguntas. Pronto encontré respuestas en el chanchullero de mi tío y sus políticas, en mi nuevo trabajo como capataz y en la puta finca de la que mi padre iba a ser accionista. Eran cerca de las tres de la madrugada cuando caí dormido agarrado a un tercio de cerveza que había rescatado de la nevera.
A la mañana siguiente, a eso de las diez, salté de la cama y preparé el desayuno. Tenía una resaca de muerte. Me preparé unas tostadas con huevos fritos que encontré en la nevera. También tomé un café solo. Una vez lo acabé, me fui directo a la ducha, me duché, me vestí y me fumé un canuto que guardaba en un cajón oculto de mi habitación.
Me presenté a las 11 en la casa de mi hermano. Llamé al timbre varias veces hasta que me abrió la puerta. Mi padre estaba sentado en el sillón del salón con la cara desencajada. Mi hermano tampoco tenía el rostro para tirar cohetes: una expresión de susto, daba cuenta de que lo que se cocía dentro no era una historia típica de este par de gilipollas.
Pasé a la casa con paso firme y me senté en una silla arrinconada del salón.
Pedí un vaso de agua. Mi hermano me dijo que fuese a buscarlo. Me negué. Por lo que me quedé con la lengua reseca.
– ¿Qué cojones está pasando? – pregunté ante la ausencia de una explicación coherente por parte de los dos gilipollas.
– Algo jodido – respondió mi hermano a la vez que endurecía el rostro. Su cara era todo un poema.
Entonces, mi padre, compungido, levantó la mirada del suelo, endureció también el rostro y empezó a relatar, de una forma bastante poco común en su persona, lo siguiente:
– Tú madre no murió atropellada por un borracho cuando apenas tenías dos años. Esa historia no es real. Nos la inventamos para no joderte la vida como se la jodimos a tu hermano – éste asintió reafirmando con ello las palabras de mi padre -. Tu madre se tiró por la ventana.
Me quedé petrificado. No podía creer lo que estaba escuchando. Lo que acababa de soltar mi padre por su boca estaba por encima de cualquier final macabro que hubiese podido imaginar para mi madre. Era, sin duda, la constatación de que nada es absoluto por mucho que la verdad que compramos parezca eso, verdad.
Cogí aire y miré para otro lado. Clavé los ojos en el cuadro de la boda de mis padres que colgaba de una de las paredes del salón – llevábamos años pidiéndole que lo quitase -. Me rasqué los cuatro pelos que tenía por bigote. Después, mi padre, con una voz todavía más extraña, continuó narrándome:
– Lo hizo después de una depresión que la llevó a odiarnos a los tres. A ti, a tu hermano y a mí. Ese día no había ido a trabajar. Tenía un dolor de muelas acojonante. Recuerdo perfectamente como el accidente ocurrió tras una fuerte discusión – subrayó mi padre mientras una lágrima corría por su mejilla -. Una más de las tantas que teníamos. Un vecino escuchó el regaño, las voces, el jaleo desconsolado. El psiquiatra dijo que tenía un cuadro depresivo claro, pero que no era lo suficientemente determinante para suicidarse. Ambos declaramientos, unido a lo extraño de lo sucedido, provocaron que se abriese un proceso judicial en que se me acusó de la muerte de tu madre. El contexto social de la época hizo que los medios no se hiciesen eco de la noticia. Pero sí todo nuestro entorno más cercano. En el pueblo lo conseguimos tapar. Contamos la misma historia que años después te contamos a ti. ¡La mujer del Juanito atropellada!, decían los del pueblo. ¡la moza que trajo de la capital al barranco!, repetían.
– ¿Cómo? – pregunté sorprendido. Mi padre agachó la cabeza y empezó a llorar. Con un gesto que hizo con el ojo derecho, indicó a mi hermano que no podía seguir narrándome aquella historia tan irracional para ambos.
– Tras un proceso judicial que se extendió a lo largo de casi dos años, se dictaminó, como era de esperar, que papá no había sido el asesino. Que no había pruebas concluyentes para juzgarlo de tan macabro acto. Que, a pesar de la objeción del psiquiatra en cuanto a su estado de salud mental, el contexto y la falta de coherencia de mamá no eran pruebas suficientes para entender que se había tirado desde un piso 11 – explicó mi hermano de forma ordenada, algo no muy común en él dada su escasa inteligencia.
– Pero su familia, como es obvio, nunca se dio por vencida – continuó mi padre -. Su hermana Catalina, tu tía, la hermana de tu madre, con quien no nos hablamos, ya entiendes el porqué, dijo que no descansaría hasta demostrar la verdad de lo sucedido. Repetía una vez tras otra que su hermana había sido asesinada por el cabrón de su marido. Y con esa idea en la cabeza movió cielo y tierra hasta que el caso, por suerte, fue definitivamente archivado. También prometió que haría todo lo posible para que te enterases de lo que le había pasado a tu madre. Algo que nunca consiguió, gracias, entre otras cosas, al ahínco de tu otra tía, la misma con la que vivimos hasta que se murió.
– Vaya culebrón más hijo de puta – interrumpí.
– Y todo fue así hasta que, hace más de un año, tu tía consiguió que una prueba obviada en el pasado pasase a ser determinante en el presente: unos moratones en los brazos de tu madre que podrían demostrar que la había agarrado con fuerza y forzado hasta caer por aquella ventana. Estos moratones se los hice en la cocina después de un ataque de ira. Y se los hice para evitar que me golpease con una sartén en la cabeza como ya había hecho en otra ocasión.
– Y desde entonces vivimos en un continuo infierno – interrumpió mi hermano. En ese momento mi padre se levantó del sillón y fue directo a la ventana del salón. Acto seguido, sacó un cigarro y lo encendió. Me sorprendió verle fumar y más cuando llevaba años sin hacerlo -. Un infierno que en parte dejó de serlo cuando apareció tu tío.
– ¡Sabía que estaba implicado! – exclamé -. ¿Qué haces fumando, papá? -. No me respondió.
– Agobiado con lo que estaba pasando y temiendo lo peor, pedí a tu tío un favor, sí, un favor: que me ayudase a parar todo esto. Él era político y, por lo tanto, amigo de los jueces. Tu tío me recibió en su despacho y accedió a hacer todo lo posible para solucionar el embrollo.
– ¿Y lo hizo con condiciones? – pregunté.
– Sí. Ser el accionista de una finca que le estaba dando un buen dolor de cabeza y más si seguía a nombre a su nombre. Accionista con otros dos hermanos. Nos dio hasta el dinero para realizar la compra a través de un lío de una empresa pantalla que nunca logré entender del todo.
– Yo sí, pero no es el momento – puntualizó mi hermano.
– ¿Y por qué me metisteis en todo esto?
– Se lo pedí por tres razones – empezó a explicar mi padre -: la primera: para alejarte de la mierda de tu familia y sus decisiones. La segunda: para alejarte, también, pero del mundo en que te mueves. Y la tercera: para a asegurarte un futuro.
– ¿En una finca que era el resultado de las corruptelas del tío y que en cualquier momento podría volar por los aires si las corruptelas saltaban a la opinión pública?
– Eso no es así – aclaró mi padre -. Ya te lo cuento en otro momento de una forma más distendida. Es muy largo para hacerlo en este momento.
– ¡No me lo puedo creer, papá! – exclamé -. No me puedo creer lo que me estás contado – susurré para mí.
– La cosa es que todo iba de acuerdo a lo hablado con tu tío. Según nos contó, y a pesar de no ser de su cuerda, el juez parecía que estaba dando su brazo a torcer. Y así fue por lo menos hasta la carta que leí en la tarde de ayer.
– ¿La que abriste?
– Sí. Una citación judicial en que se me volvía a llamar a declarar. El caso volvía a estar abierto. El tema de los moratones había sido tomado en consideración como prueba lo suficientemente contundente para celebrar una vista judicial.
No podía creer el lío que estaba escuchando. A simple vista parecía sacado de un culebrón venezolano. Había muchas partes que no se sostenían por sí solas y otras que carecían de cierta coherencia. Me puse en pie y me acerqué a mi padre. Le pedí un cigarrillo. Me lo dio. Lo encendí. Mientras echaba el humo, le pregunté.
– ¿Papá, tú no mataste a mamá?
– ¡Cómo dices eso! – respondió mi hermano con un tono enfadado.
– ¿Papá, tú no mataste a mamá? – volvía a insistir elevando el tono de la voz.
– No, hijo, no maté a tu madre. ¿Me ves capaz de hacer una cosa tan macabra?
– No lo sé. ¿Y tú nunca dudaste de que lo hiciese? – pregunté a mi hermano.
– Joan, por favor. Cómo iba a matar papá a mamá. Está claro que tu no viviste la locura que yo sufrí junto a ella. Está claro que no eres consciente como se le fue la pelota.
– Y con el tío, ¿qué pasó?
– Que no pudo hacer nada – respondió mi padre. El juez no era de su cuerda y eso tuvo que ver. Dice que lo intentó a través de multitud de contactos y de horas de teléfono. Pero nada de nada.
– ¿Pero tú si has participado de la corruptela? Corruptela en la que querías implicarme.
– No es así, hijo. De verdad que no es tan extremo como lo ves todo.
– No me creo nada de lo que estoy escuchando, papá. Así que voy a marcharme de aquí y ya veré lo que hago con mi vida desde ahora en adelante.
– Hijo, por favor.
– ¿Papá?
– ¿Qué?
– Espero que, si mataste a mamá, como sugiere la tía, te metan cuanto antes en la cárcel. Y si no lo hiciste, te metan también por encubrir al chorizo del tío. Y dos cosas más, hermano. La primera es que no creas tanto a papá. Miente más que habla. Y la segunda es que, si le crees solo por algún interés personal, espero que también vayas cuanto antes a la cárcel por ser cómplice de un asesinato. Y ahora me marcho. Mañana te comunicaré lo que hago con mi vida de mierda gracias a mierdas como vosotros.
Tiré el cigarro por la ventana y me marché. Aquel día estuve caminado hasta bien entrada la noche. Sin un rumbo claro. Sin un destino aparente. Tan solo hice unas cuantas paradas para arreglar ciertos chanchullos que tenía pendientes con algunos amigos. También charlé al finalizar la tarde con Amparo. No le conté nada en especial. Hablamos durante una hora.