Joan…
estaba preparando con esmero la maleta. Tenía que llevarme todo lo imprescindible y contaba con muy poco espacio para guardarlo.
Terminada la escena del anciano nos sentamos junto a un restaurante de comida rápida. Estaba repleto de clientes y el ruido era ensordecedor. Por lo que tuvimos que subir el tono de la conversación. La policía todavía buscaba al otro manifestante huido mientras grupos de gente poco a poco iban abarrotando el lugar. Eso quería decir dos cosas: que la manifestación había terminado en su mayor parte – algo que no era cierto – o que la gente se estaba escondiendo para evitar las cargas policiales – algo más coherente -.
Con descaro, Julián se encendió un cigarrillo. Le pedí que lo apagase, que no estaba el horno para bollos. Pero no me hizo caso. Mientras fumaba, me volvió a formular la pregunta que llevaba repitiendo durante toda la manifestación y quizás mucho antes. Desvié la conversación varias veces hasta que una lágrima corrió por mi mejilla. Entonces, él, consciente de la escena, me preguntó con mucho tacto:
– ¿Qué te pasa?
– Nada.
– Sí, te pasa algo, Joan, y creo que no tiene que ver con Amparo. Tampoco con nada relativo a la manifestación y menos aún al grupo.
– De verdad que no, amigo. Solo es que no estoy pasando un buen momento y, a veces, pues se me caen las lágrimas. Se llama depresión, por si no lo sabes.
– Bueno, tú verás. Tampoco me has contado dónde te vas.
– Ya.
– Oye, Joan, creo que voy volverme con esta gente. La manifestación sigue. Vete a casa y descansa. Ya mañana nos vemos con mejor humor y mejor salud.
Casi susurrando, y para su asombro, le dije:
– Hasta siempre.
– ¿Por qué me dices eso? ¿No vas a volver jamás del sitio que vas?
– Puede ser – respondí generándole aún más incertidumbre.
– ¿Qué te pasa, Joan? Cuéntame qué cojones te está pasando para que estés de esa forma.
Cogí todo el aire que puede, después miré al forjado del techo y con los ojos cerrados, le respondí:
– No soy el topo. Pero quien sea te está jodiendo. La historia es larga y creo que no te corresponde saberlo; es algo más familiar. Pero tengo que decirte que la policía te está siguiendo por lo de la droga. Sabe a quién vendes, cuándo vendes, qué cantidades vendes y el qué vendes. Y si no lo saben, se lo van a inventar para follarte el culo. Eso tenlo claro. Hace una semana creí que, si hacía algo que me habían encargado, te quitaría este problema de encima. Pero a día de hoy no las tengo todas conmigo. Por desgracia, las cosas no han sucedido como pensaba y como ciertos hijos de puta me había prometido.
– ¿Qué cojones me estás contando? – preguntó con cierto mosqueo y bastante terror. El color amarillento de su cara había tornado a blanco.
– Lo que estás escuchando. Y, por favor, no insistas, no voy a contarte nada más.
– ¿Y quién es el topo?
– No lo sé.
– ¿Y cómo sabe eso?
– No te lo puedo decir.
Julián tiró el cigarrillo al suelo. Lo pisó con fuerza ante la atenta mirada de un madero que pasaba con escudo en mano a nuestro lado.
Después, casi tartamudeando, me preguntó:
– Pero, ¿qué tiene que ver eso con lo de que te vas de la ciudad? Es que no entiendo nada.
– Esa es la segunda cosa que te quería contar y que no te he contado. Me marcho a vivir a Barcelona para no volver jamás.
– Para no volver jamás
– Voy a buscarme la vida. Tengo un par de contactos en la ciudad que seguro me ayudarán. Y, por qué, pues lo dicho, es una cosa familiar que no te interesa. Además, es muy largo de contar.
– ¿No eres el topo? – preguntó totalmente perdido.
– Deja de decir tonterías. Y ahora, por favor, márchate a la estación. Yo tengo que volver a casa para preparar el equipaje. Mañana cojo un tren a Barcelona.
– ¿Y tu padre y tu hermano? ¿qué cojones dicen? Les tiene que haber pillado por sorpresa eso de que no vas a volver jamás. ¿O no se los has contado? ¿No se lo has contado, a que no?
– A mí sí que me han pillado por sorpresa muchas cosas de ese par de gilipollas – estrechándole la mano, le dije: – buena suerte, amigo.
– No entiendo nada -. Me respondió tras hacer el mismo gesto y tras levantarse de donde estaba sentado.
Acto seguido hice lo mismo. Retiré la mirada de su rostro y caminé hacia la vía del tren. Bajé al andén y cogí un Cercanías hasta la parada más cercana. De camino Julián me escribió varios mensajes diciéndome que no entendía nada. No le respondí. Solo en uno de esos mensajes le dije que tuviese cuidado con la policía; que lo que le había contado real.
Cuando llegué a casa, me metí en la cama a pesar de no ser más de las diez de la noche. Mi padre estaba viendo los disturbios en la televisión. Ni siquiera se había percatado de que lo había llamado.
Cuatro horas después, me levanté, me di una ducha y empecé a preparar con esmero la maleta. Tenía que llevarme todo lo imprescindible y contaba con muy poco espacio para guardarlo. Tenía, se puede decir, que guardar una vida.
Cuando la terminé, escribí una carta a mi padre para despedirme, carta que dejé encima de la mesa del salón junto a la citación del juzgado.
Serían las seis de la mañana cuando cogí el metro y las ocho cuando estaba subiendo, en la estación del norte de la ciudad, al tren que me llevaría a Barcelona.
De camino, por los campos de Teruel, escribí a Amparo para despedirme de ella. No tenía intención de volver a verla nunca más. No lo leyó. Me pregunté si habría ido a ver a su madre o el orgullo seguía teniéndola recluida en su casa. También volví a despedirme de Joan y me salí del grupo de la gente con quien iba a las manifestaciones.
Al rato recibí un mensaje. Me habían metido en un grupo nuevo que se llamaba textualmente:
– Cena el día 23.
Era de gente del pueblo de Amparo. Esperaría al final de la mañana para luego salirme.
Un rato después, justo cuando iba a bloquear el teléfono de mi padre, no quería hablar con él nunca más, una voz bronca me preguntó:
– Hola, caballero, ¿va usted a Barcelona?
Era el revisor. Iba vestido como tal.
– Sí – respondí.
– ¿Le importaría enseñarme el billete? – pregunto con un tono muy educado.
– Sí, claro, lo tengo en la mochila. ¡Espera!
Me agaché, abrí el bolsillo pequeño de la mochila y lo saqué.
– ¿Es este? – pregunté enseñándolo.
El revisor lo agarró.
– Así es.
Se quedó observándolo durante unos segundos.
– ¿Está todo correcto? – pregunté.
– Así es.
– Pues perfecto.
– Que tenga un buen viaje.
– Muchas gracias.
– Hasta la vista – dijo saludándome con la mano, simulando un saludo militar.
– Hasta la vista – respondí.