Historias de urinario VII

La ciudad…

¿Qué puedo pedirle al mundo cuando solo me ha dado penitencia?

¿Dónde quedan mis pecados si la objeción en su parte más banal se convierte en yerro divino?

Tú redentor, que viniste a salvarnos de los males que nos afligían y nos prometiste en Tierra el Reino de los Cielos, te pido misericordia. Y lo hago con el deseo de que tu omnipresencia se manifieste ante mi persona, librándome de los demonios que a día de hoy me dominan, me acorralan…

¿Será la flagelación la parte más coherente de toda justificación ante mis males?

¿Será la paupérrima pregunta de cuestionarme el qué me aflige el camino que me conduzca de nuevo a tu esencia?

Pero dime, Padre, si tu mesías, nuestro mesías, lo supo, ¿por qué no soy capaz de interpretar, aunque solo sea parcialmente, la manera más concreta de librarme y cabalgar hasta tu Reino?

Hoy ha llamado a mi casa. Hoy mi lívido ha vuelto a florecer. Hoy mis pecados se han vuelto a posar en mi conciencia, para que la parte de mi esencia, se corrompa con el potencial erótico de los senos de esa criatura.

Nuevamente me ha pedido agua, ¿y no debemos dar de beber a los sedientos? He intentado cotejar las diferentes formas de poder satisfacer su sed sin caer en la tentación de Belcebú. Pero el agua es agua, y mojado de todo pecado he quedado tras mi ofrenda.

¿Qué puedo pedir a esta maldita falta de piedad?, ¿qué más puedo rezarle a usted?, Padre, ¿si ni siquiera en la presencia de tus Santos soy capaz de redimir mis impulsos?

Ya no soy razón, o mejor, mi razón ya no es fe. Solo soy instinto descabellado.

Y si le digo, Padre, que le ofrecí agua y ambos quedamos mojados.

Dios te salve María, llena eres de gracia, el señor es contigo, bendita tu eres entre todas las mujeres, bendito es el fruto de tu vientre Jesús. Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.

Amén.